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    El jockey es una película difícil de clasificar pero de una fortaleza visual y actoral muy singulares. Dirigida por el argentino Luis Ortega (El Ángel) y coproducida por el mexicano Julio Chavezmontes (El triángulo de la tristeza), la historia sigue al jockey Remo Manfredini (Nahuel Pérez Biscayart), quien ha ganado todo pero se encuentra en una situación en la que ya no quiere seguir mientras su pareja, la también jinete Abril (Úrsula Corberó), parece estar tomando su lugar como ganadora absoluta.

    Un día Remo sufre un accidente, desaparece del hospital y deambula sin rumbo por las calles de Buenos Aires enfundado en un abrigo de pieles y un vendaje que lo hace parecer que lleva una sandía sobre la cabeza. 

    Sirena (Daniel Giménez Cacho), empresario que es el jefe de Remo y Abril, lo manda a buscar con sus matones pues Remo lo ha hecho perder millones. La búsqueda se complica y los derroteros que toma la historia son poderosamente fantásticos, llevándola al tema de la maternidad de un modo sorpresivo.

    Así surgió ‘El jockey’ 

    Nahuel Pérez Biscayart, dice en entrevista con Forbes, llegó de manera tradicional a El jockey. Luis Ortega, a quien conoce desde hace unos 20 años y es el único director con quien ha trabajado más de una vez en su prolífica carrera internacional (Nahuel se ha posicionado muy bien en el cine francés desde el film de 2017 120 BPM, de Robin Campillo), le pidió una foto en 2018 mientras él filmaba Persian Lessons, de Vadim Perelman, en Bielorrusia. Como la historia de ese filme se desarrolla en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, Nahuel envió una foto maquillado, con tierra, sucio. A los dos días recibió la respuesta: “un dibujo con esa misma cara de mi foto, pero con un turbante de venda. Y me dice, este es Cabeza de Sandía, quiero que hagamos una peli sobre él”. En la primera versión de guion, Cabeza de Sandía deambulaba por la ciudad. Luego, Luis Ortega añadió la parte del jockey y un mes y medio antes de empezar el rodaje, “aparece la idea de que en la cárcel no es Cabeza de Sandía, sino Dolores, en versión mujer, madre de los presos. Así que el acercamiento duró cuatro años hasta que logramos filmar. Y como todo, es una especie de devenir orgánico”. 

    El jockey compitió por el León de Oro (máximo premio otorgado a una película en el Festival de Cine de Venecia) en septiembre pasado, y se presentó en una gala en el Festival Internacional de Cine de Morelia. “Es una película que no está interesada en ningún tipo de discurso paternalista o juicios de moral o de valor –le dijo Julio Chavezmontes, de Piano Films, a la revista Sky view–. Creo que las cosas que aborda lo hace como retrato y lo expresa y lo manifiesta sin juicios ni opiniones al respecto. Eso va a permitir que mucha gente se sienta reflejada en esas realidades”.

    El reto actoral de Nahuel

    “Los actores somos soldaditos del aprendizaje”, dice Nahuel. Para El jockey tuvo clases para cabalgar como jinete de carreras. “Es una manera muy diferente de cabalgar, porque el culo no toca la montura, entonces hay que ejercitar mucho las piernas, porque operan como amortiguador, lo cual fue muy revelador y muy nuevo. Sabía cabalgar de manera mucho más clásica. Después tuvimos unos ensayos de danza con Úrsula. No muchos, y ninguno fue en pos de coreografiar la escena (casi al principio de la película), sino que fueron encuentros más libres, de poder encontrar un diálogo, un lenguaje para improvisar el día del rodaje esa música. Y luego te diría que no hubo mucha preparación. Con Luis no se trabaja de una manera definitoria. Es más una apertura, una disponibilidad para que el dulce juego pueda ocurrir a la hora de filmar. Hicimos una lectura general de guion con todo el equipo, y después nos tiramos a la pileta de una”. 

    Donde sí hubo trabajo de búsqueda del personaje fue a través del maquillaje y el vestuario. “Eso, para un personaje como este, tiene bastante peso, porque aunque uno lo vea como una etapa técnica, como actor inevitablemente ya estás trabajando y encontrando maneras, modismos, gestos, texturas, todo lo que el vestuario empieza a dar inevitablemente, y el maquillaje”. 

    Añade: “Fue un diálogo muy abierto, muy franco y muy creativo también. Pasamos mucho tiempo juntos hasta poder afilar y encontrar el personaje. En ese diálogo también yo supongo que hubo un trabajo interno bastante claro, aunque vuelvo a repetir, no fue un trabajo definitorio. Fue un rodaje muy dulce y muy orgánico, en el cual el ambiente era muy propicio para que las cosas pudieran ir encontrando su cauce natural”.

    Nahuel sostiene que el trabajo con Luis es fluido. “Te diría que a veces se habla muy poco, o se habla mucho pero se dice muy poco. Hay como una especie de autoentendimiento un poco telepático. Luis genera vínculos en los cuales el entendimiento va más allá de lo concreto. Hay un entendimiento más de la lógica del proyecto, del universo en el que nos estamos metiendo, del tono, de la textura de la película. Entonces yo creo que uno ya empieza como a dejar que la película habite en uno, y el proceso es, más que anteponerse con un personaje, dejar que ese personaje también sea la resultante de un espacio mayor, que es lo que la película propone. Y Luis sí está muy abierto a que lo que uno naturalmente quiera proponer esté al servicio de la película. Y él después lo va afinando, lo va limando, lo va acomodando, lo va encuadrando y nos va guiando con mucha paciencia y mucha dulzura”.

    Buenos Aires y la maternidad 

    Nahuel trabajó una buena parte de la película con su personaje deambulando por las calles de Buenos Aires. “A veces teníamos la base de rodaje en un lugar y el set estaba a diez minutos caminando. Y en vez de ir en auto, porque había mucho tránsito, yo me iba caminando por la ciudad de Buenos Aires vestido así. Y creo que lo hacía un poco a propósito también, como para poder vivir lo que era caminar mi ciudad vestido de cabeza de sandía sin la presión o la presencia de la cámara. Esos son los lugares en los que uno prepara el personaje. El trabajo no es un proceso que uno hace en casa antes del primer día de rodaje y después ese trabajo ya está hecho. Es un trabajo constante que se reactualiza día a día”.

    Además, está el tema de la mirada. Remo tiene la mirada muy abierta cuando deambula por las calles. “Tiene que ver con ese ojo vivo, con ese ojo nuevo, con ese ojo fresco, con un ojo que no juzga, con un ojo que todo absorbe. El humo, el coche, la mujer, el cielo, la nube, el pajarito. Todo tiene igual importancia, ¿no? Entonces es como si fueran esas escenas una especie de registro sobre Nahuel, actor, intentando abrir sus sentidos al máximo posible”.

    El jockey toca el tema de la maternidad en muchos sentidos a lo largo de la película. Es principio y fin. Detonante y resultado. En el caso de Remo, el filón materno comienza cuando camina por la ciudad y un grupo de niños lo llama mamá y lo sigue. Luego continúa en la cárcel. En Abril es el arco del personaje y lo que sacude la historia. E incluso en Sirena, con esos misteriosos bebés de subcontexto truculento, está presente.

    “Como que hay algo de la maternidad que empieza a activarse con la aparición de esos niños”, dice Nahuel. Añade que es parte de la identidad, “como una construcción que parece ser imperceptible y, a la vez, si uno se despierta, uno puede también tomar parte en ese juego de lo que es la representación y el teatro de la vida, ¿no? Y ese es un poco en lo que Remo decide meterse de lleno, de cabeza. ¿Quién soy? ¿Quién somos? ¿Quién sos? Y empieza a darle todas las vueltas posibles. Y por eso también se permite realmente llevarlo a la práctica y transformarse, ¿no? Y pasar por todos esos estadios hasta que la fibra final es volver a ser bebé, de alguna manera”.  –¿Qué te motiva a contar historias? 

    –Te diría que va cambiando con la vida. Pero el deseo últimamente me viene muy atravesado por la idea de vivir experiencias y de practicar la humanidad con la que uno carga. Como si las películas pudieran ser este terreno en el que soñamos despiertos, en el que podemos vivir lo indecible y lo impracticable. Como que las películas que más goce me producen son en general las que tocan puntos más imposibles y que no intentan reproducir la realidad y que no intentan explicarme cosas… Lo que digo puede parecer un poco egoísta en el sentido de que hago solo películas que a mí me transforman o que a mí me sirvan o que a mí me provean con una experiencia. Pero yo creo que cuando uno como actor se involucra desde ese lugar hay mucha generosidad porque ver un actor atravesado en pantalla no es lo mismo que ver un actor haciendo un oficio y operando de manera profesional. Como que hay un nivel de involucramiento que yo creo que es muy diferente.

    *Javier Pérez hace reportaje, crónica y entrevista, así como crítica de cine y cobertura de temas culturales. Dirige ForoFoco. Nadie quiere acompañarlo al cine: no para de comer palomitas ni de hablar de otra cosa.

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