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    Entre rituales mayas, caminos verdes y una mesa compartida en casa maya, mi estadía en el complejo de Chablé Yucatán, fue un regreso a lo simple: naturaleza, cultura y gratitud. Desde lo profundo de mi ser quiero confesar que fui a este viaje sin ninguna expectativa. Y creo que eso fue lo mejor: llegar con la mente abierta, sin esperar nada, para dejarme sorprender, al final, cuando uno se permite regresar a lo básico y al contacto con la naturaleza, es más fácil abrazar lo que aparece con gratitud.

    El viaje estuvo marcado por un temporal en la carretera; llegué cansada y agobiada. Sin embargo, lo que me encontré no me lo imaginaba: caminos iluminados en la noche, piedras y adoquines mojados brillando bajo la lluvia, árboles resplandecientes en medio del casco histórico de una hacienda que guardaba historias en cada rincón. Me trasladaron en un carrito de golf hasta la casita donde me hospedaría. Y al entrar me sorprendí: un espacio amplio, lleno de detalles cuidados, un closet vintage con dulces de la región, agua en botellas de vidrio de su propia planta —porque aquí no hay plásticos—, música ambiental, un iPad para controlar las luces y el sonido, una cama inmensa. Y lo mejor: una alberca privada de agua cálida. Aunque como es sabido en Mérida siempre hace calor, en esa noche lluviosa fue como un abrazo después del estrés del viaje. Sentí que la selva misma me estaba dando la bienvenida.

    No es casualidad que ese mismo espíritu haya colocado a Chablé Yucatán en la élite de la hospitalidad mundial: en 2024 fue reconocido como The Best Hotel in North America por The World’s 50 Best Hotels, además de figurar en las listas de los mejores resorts del planeta.

    Al amanecer, salí a hacer ejercicio y me esperaba una actividad especial: plantar semillas a los ancestros. Fue una ceremonia guiada por un chamán. Me limpiaron con hierbas, sonó el caracol y recorrimos un laberinto de piedras alrededor de una ceiba, el árbol sagrado de los mayas. En mi habitación me habían dejado semillas para sembrar intenciones. Saber que esas semillas crecerán allí y que otros huéspedes han dejado también sus huellas en forma de árboles vivos, me conmovió. Era un acto de continuidad, de permanecer en la tierra más allá del instante.

    Esta filosofía de continuidad también se refleja en la operación: Chablé es referente en turismo de lujo responsable, con programas que han reducido más de 84 mil botellas plásticas y más de mil toneladas de CO₂ mediante energía solar. Una visión que conecta con la tendencia global de viajeros que buscan experiencias transformadoras y sostenibles.

    Luego vino el Camino Verde en bicicleta, que me devolvió a mi infancia en Uruguay. Hacía años que no montaba una bicicleta y ese recorrido fue una reconexión con mis raíces: los aromas del ambiente, el sonido de los árboles, la libertad del pedaleo. Incluso me encontré con un fruto que en mi país llamamos “oreja de elefante”, algo que no veía desde hacía mucho. Todo adquirió un sentido simbólico; cuando uno se sumerge por completo en la experiencia, las señales aparecen.

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    Conoce Chablé, un refugio moderno en Yucatán donde la memoria maya sigue viva

    Dentro del recorrido, que prefiero dejar en parte reservado para que cada persona pueda descubrirlo por sí misma cuando visite este maravilloso lugar, me encontré con muchas sorpresas. En un sector especial estaba el Jardín del Hombre Maya, llamado W’Winik. Allí había esculturas de hombrecitos sentados o recostados bajo los árboles, y en su cuerpo llevaban inscritas palabras en maya. Por ejemplo: Wìnik – Yaah (amor).

    Otro podía mostrar Wìnik – Toj óolal (felicidad). Era como un paseo simbólico entre árboles y emociones, donde cada figura transmitía un valor universal desde la mirada maya.

    Ese balance entre cultura ancestral y diseño contemporáneo fue precisamente lo que llevó al resort a ganar el Prix Versailles en 2017, considerado el “Premio Mundial de la Arquitectura”, consolidando a Chablé como un caso de éxito en la recuperación de haciendas históricas.

    También había sectores con plantaciones de hierbas y plantas medicinales, organizados en parcelas llamadas canché. Los mayas las cultivaban elevadas del suelo para protegerlas de las plagas y aún hoy ahí crecen especias y plantas que se usan tanto en la cocina como en sus rituales.

    Fotos cortesía.

    Dentro de todo este recorrido comprendí que la verdadera experiencia es darse un espacio de pausa en medio del ruido, para apreciar el milagro de la naturaleza. Chablé ofrece numerosas formas de vivirlo: desde su bella granja, avistamiento de animales libres, el bienestar del spa hasta actividades que tocan cuerpo, mente y alma.

    Como cierre de mi estadía, me invitaron a compartir una comida en una casa maya. Era un espacio adaptado a las chozas tradicionales, como muchas que aún se conservan. Allí me recibió una mujer maya, acompañada de otra joven conocedora de su cultura.

    Prepararon para mí los platillos típicos: cochinita, panuchos, sopa de lima cocinada en leña. Esa forma de cocinar me recordó a mi país, a los asados al fuego. Y sí, vuelvo a repetirlo: esa manera de preparar la comida me recordó profundamente a mis raíces, como si lo distinto me acercara otra vez a lo familiar.

    Me fui con la certeza de haber vivido algo más que una estadía: fue un encuentro con la cultura maya, con su visión de la vida y con la fuerza de la naturaleza. Y al mismo tiempo, un recordatorio de por qué Chablé se ha convertido en uno de los destinos más codiciados de América: porque logra lo que pocos resorts en el mundo alcanzan, conectar el lujo con lo sagrado.

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