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    El 80 aniversario de la ONU no podría ser más anticlimático. Así lo evidenció la Asamblea de las Naciones Unidas con motivo de su aniversario, el cual será recordado por el discurso de Donald Trump de casi una hora, en el que reiteró ideas que han formado la narrativa que construye desde su candidatura, y que lo catapultó para su segunda llegada como presidente de Estados Unidos.

    Los argumentos a favor de la ONU, que suelen evocar a instituciones que persiguen fines humanitarios como la ayuda a la niñez (UNICEF), las personas desplazadas por el hambre y la persecución (ACNUR), la lucha contra enfermedades (OMS), o los miles de cascos azules movilizados en operaciones en todo el mundo, cada vez resultan menos potentes ante discursos y hechos que parecen demostrar que la ONU es un enorme aparato burocrático demasiado costoso versus su utilidad para el mantenimiento de la paz.

    La idea que la ONU es cada vez más irrelevante en un mundo que poco tiene que ver con aquel que se levantó luego de la Segunda Guerra Mundial no es nueva. Desde su origen, el diseño institucional ha permitido que el Consejo de Seguridad conformado por China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos, tengan el poder de veto incluso en decisiones donde una mayoría de países pudieran estar de acuerdo. Esto ha generado que a lo largo de los años se profundice la crítica razonable de que la ONU ha servido primordialmente para los intereses de los países que tienen mano sobre la organización del organismo internacional.

    Otras críticas que abonan a esta imagen de obsolescencia de la ONU es que esta se parece más a una multinacional que se disgrega en una treintena de organismos especializados, programas y otras entidades que trabajan en temas como salud, educación, salud, infancia y desarrollo, por mencionar algunos ejemplos. Para 2025, la Asamblea General aprobó un presupuesto de 3,720 millones de dólares, siendo Estados Unidos la nación que más contribuye desde su fundación. 

    A pesar de las severas críticas de Trump sobre la necesidad de que los países europeos se hagan cargo de aumentar sus contribuciones para la defensa de la paz, sumado a las aprobaciones de la Cámara de Representantes de Estados Unidos a los recortes a contribuciones de diversas operaciones de la ONU, Estados Unidos todavía sustenta un 22 % del financiamiento de Naciones Unidas.

    Ante este difícil balance en el que llega la ONU a su 80 aniversario, el Secretario General, António Guterres, ha impulsado reformas financieras para reducir costos en personal y mejorar la eficiencia operativa que se verán reflejados en una disminución “significativa” en el presupuesto. Sin embargo, a pesar de lo bien intencionadas de estas reformas, lo cierto es que no alteran en lo sustantivo el diseño de la ONU, pues difícilmente se puede pensar en un modelo alternativo donde las cinco naciones que ostentan el poder de veto permitan compartir tal control.

    Y desde luego, el argumento más poderoso que pone en duda la sostenibilidad de la ONU como “guardián del derecho internacional” son los conflictos en Ucrania y en la Franja de Gaza, ante los cuales quedan cortos los llamados de Guterres a reformar al organismo internacional.

    Mientras que Trump acelera un proceso de desgaste del orden internacional fundado por su propio país en el siglo XX, China también apresura el paso para aprovechar la oportunidad de fortalecer un liderazgo basado en un multilateralismo centrado en intereses económicos y estabilidad política, así como el principio de “coexistencia pacífica”, que ha sido medular en la política exterior china, entre otros principios que se han definido como el “Pensamiento de Xi Jinping sobre la Diplomacia” y que ha representado la hoja de ruta de aquella nación en el ámbito de la seguridad internacional. 

    Sobre la autora:

    Palmira Tapia es Maestra en Políticas Públicas por la Universidad de Oxford y Licenciada en Ciencia Políticas y Relaciones Internacionales, por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

    Twitter: @palmiratapia

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