El viernes emprendí el camino rumbo a La Casa de la Playa por la carretera a Tulum. Llegando noté que la entrada se abría con dos palmeras cruzadas que enmarcaban un sendero rodeado de vegetación y una pequeña caseta de acceso. Esa escena tan sencilla me hizo sonreír: intuí que estaba por vivir algo distinto, algo que se siente más de lo que se muestra.
El lobby recibe con una calidez muy mexicana. Entre piezas artesanales, texturas naturales y un piano que acompaña el ambiente, se percibe el cuidado por los detalles y la sensibilidad estética que distingue al Grupo Xcaret.
La Casa de la Playa es un hotel boutique de apenas 63 habitaciones, lo que lo convierte en un refugio exclusivo, íntimo y profundamente especial. Cada espacio está diseñado con intención, pensado para que el huésped se sienta parte de algo único; más cercano a un hogar que a un resort.
La habitación fue, sin exagerar, una de las más hermosas que he visto. Amplia, de techos altos, con vista directa al mar y una armonía que invitaba a detenerse. En una de las paredes, una fuente vertical con medusas reales se movía con una delicadeza hipnótica. Y sobre la barra, frente al espejo, un corazón con alas hecho en arte huichol parecía custodiar el espacio.
Cada rincón tenía algo por descubrir: una guía con pequeñas pistas para explorar la habitación, una nota escrita a mano, una cesta con dulces típicos, un jacuzzi de piedra volcánica y una alberca privada en la terraza con vista al mar. Por la noche, al volver, encontré una caja decorada con la sorpresa que al abrirla estaba el libro de Miguel Quintana Pali, fundador y director general del Grupo Xcaret. Esa misma noche antes de dormir comencé a leerlo y me encontré con una historia inspiradora: la de un hombre que, desde su hogar, aprendió el valor del trabajo, la visión emprendedora y la conexión profunda con la tierra que hoy se refleja en cada uno de sus proyectos.
Amanecer frente al mar
La cama era tan cómoda que sentí que me abrazaba. Dormí profundamente, como hacía tiempo no lo hacía. A la mañana siguiente, al tocar un botón, las cortinas se abrieron solas y la habitación se llenó de luz y frente a mí, la inmensidad del mar.
Salí a la terraza y me envolvió la brisa, ese sonido del oleaje que te recuerda que estás exactamente donde necesitas estar.
Ahí hice mi práctica de meditación matutina. Un momento de gratitud, de presencia, de conectar con la intención del día.
Después fui al gimnasio a realizar mi sesión de pilates habitual y me encontré con un espacio espectacular: amplio, moderno, con frutas, bebidas y todo lo necesario para disfrutar el entrenamiento. Desde allí se puede ver el mar, e incluso el canal por donde salen los yates de las experiencias Xcaret.
Entre secretos, aromas y arte
Después del desayuno, dejándome llevar por la curiosidad, salí a recorrer el hotel. En mi camino me encontré con una biblioteca silenciosa; un refugio perfecto para leer, trabajar o simplemente detenerse, espacio que le llaman “el lugar secreto”.
Seguí caminando y descubrí una cava muy pintoresca, con las paredes repletas de botellas que podías elegir libremente para disfrutar ahí o llevar a la habitación.
En mi recorrido también me encontré con la chocolatería, un espacio abierto las 24 horas donde el aroma a cacao te envuelve apenas entras. Al lado me encontré con una especie de bodega con diferentes destilados, aquí los huéspedes pueden entrar y probar lo que deseen en cualquier momento del día. La verdad es que todo está dispuesto con elegancia y libertad, como si realmente la casa fuera tuya.
Como el día amaneció con lluvia, decidí dejar la playa para otra ocasión y conocer el Hotel Xcaret Arte porque cuando te hospedas aquí tienes acceso a conocer los hoteles hermanos, como también a todos los parques de forma preferencial. Entonces le pedí al mayordomo (también te asignan un mayordomo para toda tu estadía que te resuelve TODO) que coordinara el traslado y en minutos una camioneta me llevó.
Fui a tomar un café y a recorrer sus espacios: un homenaje vivo al talento creativo del país. Cada rincón está intervenido por artistas mexicanos; más que un hotel, se siente como una galería habitable, donde el arte no adorna, sino que vibra. De regreso, bajé por la playa y encontré una enorme puerta de madera que conecta ambos hoteles. Al acercar el brazalete la puerta se abrió, era como una entrada secreta que solo los huéspedes de La Casa de la Playa pueden usar.
Detrás del escenario
Esa noche viví una experiencia única: el recorrido backstage del espectáculo Xcaret México Espectacular, una actividad reservada para los huéspedes de La Casa de la Playa.
Me fueron a buscar en un coche directamente al hotel y desde ahí comenzó el trayecto hacia el parque. Todo estaba organizado con precisión: un traslado privado, atención personalizada y la sensación de que cada detalle estaba cuidado.
Una vez en el parque, empezó el recorrido tras bambalinas. Pudimos conocer cómo se construye, paso a paso, un espectáculo de esa magnitud. Visitamos los espacios donde los actores se preparan, los talleres donde se organizan los vestuarios y los lugares donde nacen las caracterizaciones que luego dan vida a cada escena.
Incluso interactuamos con algunos de los actores, quienes nos hablaron sobre los antiguos juegos mayas y nos ofrecieron una breve demostración que resultó fascinante. Luego caminamos por debajo del escenario, adentrándonos en los pasillos donde todo cobra vida antes del espectáculo. Desde allí nos dirigimos hacia la zona del show, donde nos esperaba una cena incluida y un lugar privilegiado para disfrutarlo. Lo más interesante es que yo ya había visto este espectáculo hace unos seis años y revivirlo ahora desde otra perspectiva y desde otro lugar personal fue completamente distinto. Los invito a todos los que ya lo vieron reverlo, no se van a arrepentir.

Domingo de sol
El domingo amaneció despejado y luminoso. Desayuné en Tuch de Luna, uno de los cuatro restaurantes que tiene el hotel, como aporte adicional quiero resaltar que todos los restaurantes son de cocina de autor exclusiva, la realidad que con tantas alternativas que te brinda el hospedarte aquí, no te alcanza un fin de semana para probar todo lo que está incluido. Por lo tanto, sé que volveré. Volviendo al desayuno que aparte de riquísimo, se disfruta mucho ese espacio, tiene una vista espectacular hacia la alberca principal que se extiende visualmente hacia el mar. El entorno está lleno de detalles: camastros, columpios sobre el agua y rincones que invitan a quedarse un rato más. Después me di una vuelta para conocer el rooftop, donde se encuentra la alberca infinita de cristal, no quiero spoilear tanto tampoco, pero si lo tuyo son las vistas, este es el lugar correcto.
Más tarde bajé a la playa. El mar tenía un tono turquesa tan intenso que por momentos parecía irreal. Si bien yo vivo en Cancún, hacía mucho tiempo que no veía un color así. Caminé descalza por la arena blanca, sintiendo esa mezcla de libertad y gratitud que solo el mar puede provocar. Era una playa amplia, pura, casi virgen. Un lugar que invita al silencio y a la contemplación.
Hasta que, como si el clima quisiera recordarme que la perfección también incluye sus pausas, llegó la lluvia. Volví al hotel con calma para prepararme para la última gran experiencia del viaje: la cena en Ha’ by Xcaret México.
Sabores, rituales y despedidas
Esa noche viví una de las experiencias más memorables del fin de semana: la cena en Ha’, el restaurante del chef Carlos Gaytán, reconocido con una estrella Michelin. El espacio, elegante y sereno, combina el arte culinario con una narrativa visual y sonora que envuelve todos los sentidos.
El menú de siete tiempos con maridaje fue una experiencia deliciosa, pensada para disfrutarse sin prisa. Cada plato parecía contar una historia: de la tierra, del mar y de la memoria mexicana reinterpretada con sutileza.
Esta vivencia está incluida para los huéspedes de La Casa de la Playa y fue el broche perfecto para cerrar la jornada del domingo.
El lunes, antes de despedirme, visité Muluk Spa, inspirado en el signo maya Muluk, que significa “semilla cósmica”, símbolo de agua y renovación. Probé su circuito de hidroterapia, una secuencia que combina vapor, piedra y calor en un ritual que equilibra los elementos y deja una sensación de armonía total.
Reflexión final — El arte del lujo silencioso
En La Casa de la Playa comprendí lo que significa el lujo silencioso. No se trata de la abundancia, sino de la libertad de sentirte en casa, de moverte con calma, de saber que todo está dispuesto para ti sin necesidad de pedirlo.
Cada rincón del hotel está pensado para que vivas esa sensación; poder entrar a la chocolatería en cualquier momento, abrir una botella de vino, escuchar el piano al caer la tarde, o simplemente mirar el mar en silencio.
Frente a esa inmensidad turquesa entendí también por qué el lugar lleva ese nombre. Es, realmente, una casa frente al mar. Una casa que te invita a bajar descalza, a sentir la arena blanca, el viento, el sonido del agua y a reconectar con lo más simple: el placer de estar presente y el gusto de sentirte en casa.

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