“La economía circular dejó de ser una aspiración para convertirse en decisión competitiva”: Veolia México

México recicla o reutiliza apenas el 0.4% de los recursos que emplea, muy por debajo del promedio global de 7.2%. Esta diferencia no solo representa un rezago ambiental, sino un espacio enorme para capturar valor económico.

Texto por Ana Lilia Cortés, Gerente de Economía Circular y TWM en Veolia México.

Hay una verdad incómoda que pocas veces se dice en foros empresariales: la economía circular avanza a un ritmo lento en México porque implica una transformación profunda en la forma en que las industrias producen, abastecen, distribuyen y, sobre todo, conciben el valor. Es una transformación que más allá del discurso, toca la entraña operativa de las empresas.

Aunque la economía circular va mucho más allá del reciclaje, este sigue siendo un buen punto de partida en un país donde aún es indispensable desarrollar infraestructura para la recuperación de materiales. La demanda de los consumidores, la oportunidad del aprovechamiento interno de subproductos y el creciente acceso a financiamiento sostenible ya impulsan a muchas empresas a incorporar prácticas de reciclaje.

No obstante, el verdadero cuello de botella está en la capacidad de mover, procesar, transformar y asegurar, con calidad industrial, materiales que durante décadas se consideraron residuos sin valor estratégico. Esa es la conversación que todavía falta en el debate nacional, y también la clave para convertir la circularidad en un motor económico real.

El potencial es impresionante. Según el World Economic Forum, los modelos circulares podrían generar hasta 4.5 mil millones de dólares en valor económico para 2030, una oportunidad que México puede aprovechar mediante una visión operativa basada en eficiencia, tecnología e infraestructura.

En 2022, el INEGI registró 4,528 empresas recicladoras, 284 enfocadas en la reutilización, 121 en la recuperación y 71 dedicadas a la reducción y reparación. Estas cifras evidencian dinamismo, aunque también muestran que el tamaño del reto requiere una infraestructura capaz de sostener a una industria que busca competir en mercados globales.

Ese desafío se refleja claramente en que México recicla o reutiliza apenas el 0.4% de los recursos que emplea, muy por debajo del promedio global de 7.2%. Esta diferencia no solo representa un rezago ambiental, sino un espacio enorme para capturar valor económico.

La transición hacia una economía circular sólida comienza por la infraestructura. Es en ese nivel donde se define realmente la capacidad de una industria para convertir residuos en materiales de valor, garantizar trazabilidad, asegurar una calidad constante y reducir la volatilidad energética mediante la valorización.

La circularidad industrial implica contar con sistemas de pretratamiento para residuos peligrosos y de manejo especial, centros de separación especializados y plantas capaces de valorizar materiales complejos. También requiere soluciones energéticas basadas en residuos que estabilicen costos y fortalezcan la resiliencia operativa. Es en este terreno donde ocurre la verdadera transformación y donde compañías como Veolia pueden convertirse en aliado estratégico.

Un ejemplo concreto de este camino hacia la circularidad es el Centro Ambiental de San Luis Potosí, una planta construida por Veolia que tiene la capacidad de transformar hasta 40 mil toneladas anuales de residuos industriales en un combustible sólido formulado que sustituye combustibles fósiles en los hornos cementeros. Este modelo es también un caso claro de simbiosis industrial, donde el residuo de una industria se convierte en el insumo energético de otra.

Este tipo de iniciativas generan beneficios ambientales significativos al reducir emisiones de gases de efecto invernadero y disminuir la dependencia de combustibles fósiles. Esa combinación de eficiencia operativa y ventaja ambiental crea un diferencial competitivo directo.

En términos empresariales, eso implica tres cosas muy concretas: menor dependencia de combustibles fósiles altamente volátiles y contaminantes; una solución ambientalmente superior que, además, estabiliza sus costos y la reducción de miles de toneladas de residuos que ya no llegan a rellenos con impacto ambiental y económico creciente.

Pero nada de esto ocurre de manera aislada. La colaboración industrial y el trabajo de la mano de expertos es una pieza clave para avanzar hacia la circularidad, pues solo mediante alianzas técnicas y estratégicas se pueden diseñar soluciones robustas, garantizar calidad operativa y escalar modelos de valorización que funcionen en el mundo real.

La economía circular dejó de ser una aspiración para convertirse en una decisión de competitividad. Las empresas que la integran como parte estructural de su estrategia —desde el diseño del producto hasta la valorización— no solo reducen su huella ambiental: construyen ventajas operativas difíciles de replicar. En México, el momento de actuar no es mañana. Es ahora.

Y la pregunta ya no es si la circularidad tiene sentido, sino quién está preparado para liderarla.