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El cambio en los sistemas alimentarios es cada vez más reconocido como una palanca poderosa para acelerar las soluciones climáticas. Las investigaciones muestran que la producción y distribución de alimentos representan más del 33% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por la actividad humana. Estas cifras reflejan cálculos de ciclo de vida que incluyen cómo los alimentos se producen, procesan, transportan, empaquetan, preparan y, finalmente, consumen.
Dentro de ese total, los alimentos de origen animal presentan las mayores huellas climáticas. Además de los impactos sustanciales basados en carbono derivados del cambio de uso de suelo y la deforestación, el sector ganadero es responsable de alrededor del 32% de todas las emisiones de metano generadas por la actividad humana, un gas de efecto invernadero que es 84 veces más potente que el dióxido de carbono en un periodo de 20 años.
En conjunto, estas cifras muestran cómo las emisiones asociadas a alimentos de origen animal constituyen un componente crítico del desafío climático. A pesar de esta magnitud, los sectores de energía y transporte continúan dominando las agendas climáticas públicas y corporativas, dejando con frecuencia poco examinadas las implicaciones climáticas de los sistemas alimentarios.

Según Dawn Moncrief, fundadora de A Well-Fed World, los alimentos y la agricultura basados en plantas reciben mucha menos atención climática de la que justifican sus beneficios. Pero esta brecha también representa una oportunidad. “Priorizar las proteínas de origen vegetal es quizás la solución climática más ignorada y menos utilizada disponible hoy”, subraya. “Optar por alimentos de origen vegetal a gran escala reduce drásticamente las emisiones, protege los bosques y mejora la salud pública”.
Desde la perspectiva de Moncrief, estas mismas dinámicas también pueden fortalecer la seguridad alimentaria global. Como explica: “El cambio climático es un multiplicador del hambre que intensifica vulnerabilidades existentes. Los alimentos de origen vegetal ofrecen ventajas superpuestas y multidimensionales, incluyendo el fortalecimiento de la seguridad alimentaria mundial mediante la conservación de recursos y la mitigación climática, al tiempo que refuerzan la resiliencia en comunidades desproporcionadamente afectadas por los impactos del clima”.
Fundada en 2009, A Well-Fed World es una organización sin fines de lucro con sede en Washington, DC, que impulsa iniciativas de alivio del hambre y soluciones climáticas basadas en alimentos de origen vegetal. Moncrief describe a la organización como un conector y catalizador global que facilita financiamiento, amplifica acciones en el terreno y desarrolla materiales de divulgación con distintas organizaciones aliadas.
A través de su programa de donaciones Plants-4-Hunger y de la nueva iniciativa PHRESH (Plant-Based Hunger Relief & EcoSolutions Hub), A Well-Fed World impulsa un amplio espectro de programas de alimentación sostenibles liderados localmente. Según Moncrief, “nuestro modelo cooperativo expande recursos y fortalece el trabajo de base”. Además de subvenciones directas para el alivio del hambre y desastres, la plataforma de patrocinio fiscal de la organización —un sistema de “regranting” o redistribución de fondos— continúa creciendo y superó los 1.2 millones de dólares en 2024, financiando una mezcla dinámica de organizaciones enfocadas en alimentación basada en plantas, defensa climática y protección animal.
Moncrief señala que México y América Latina representan un punto clave de expansión para este trabajo. Según explica, la región combina un creciente impulso hacia las dietas basadas en plantas con compromisos climáticos sólidos y liderazgo probado. Con vínculos en su consejo y relaciones de colaboración en América del Norte y América Latina —especialmente con ProVeg International y PAN International (Physicians Association for Nutrition)— A Well-Fed World se posiciona como un puente que conecta movimientos y esfuerzos en distintas regiones. “México es una extensión natural de nuestro alcance”, explica. “Conectar la innovación vegetal de México con el ecosistema global es beneficioso para todos”.
Para reforzar estas alianzas, A Well-Fed World también invierte tiempo y recursos en la creación de materiales educativos y de divulgación. Sus Climate-Friendly Food Guides gratuitos traducen datos científicos en recomendaciones prácticas para individuos e instituciones. Al enfocarse en densidad nutricional, emisiones de metano, deforestación y otros factores de alto impacto, subrayan cómo las decisiones alimentarias y las políticas de alimentación influyen en la salud personal, pública y planetaria.
Muchas empresas pasan por alto cómo las políticas alimentarias convencionales inflan sus emisiones. “La adquisición de alimentos, el catering de eventos y los programas de comedor para empleados son vías claras para reducir emisiones de Alcance 3 mientras se envía una señal de liderazgo climático”, afirma Moncrief. También sostiene que incluso cambios sutiles e incrementales —como hacer que las opciones basadas en plantas sean más accesibles o competitivas en precio— pueden modificar hábitos sin exigir cambios ideológicos profundos. “Se trata de eliminar fricciones y facilitar que las personas elijan opciones saludables, deliciosas y favorables al clima”, señala. “Se trata de aprovechar la conveniencia para lograr el máximo impacto”.
Más allá de esto, Moncrief enfatiza que, aunque mejorar la dieta individual es fundamental, cuando corporaciones, instituciones y agencias gubernamentales priorizan opciones basadas en plantas en cafeterías y políticas de adquisición —o establecen menús con predominio vegetal como opción predeterminada— las mejoras climáticas pueden multiplicarse de forma exponencial.
“Los líderes tienen la oportunidad de normalizar alimentos inteligentes para el clima de maneras que generen efectos amplios y duraderos”, añade.
En un panorama climático caracterizado por la complejidad, la transformación de los sistemas alimentarios que prioriza proteínas vegetales ofrece una intervención directa y disponible de inmediato, que complementa —en lugar de competir— con otras medidas. “Estamos en un momento en el que la responsabilidad climática puede alinearse con decisiones operativas de formas cuantificables, relevantes e incluso inspiradoras”, afirma Moncrief.
Para los actores que buscan vías creíbles y accionables para reducir emisiones, Moncrief concluye que no es necesario esperar a avances culturales, políticos o tecnológicos para generar cambios significativos. “El progreso comienza con una reevaluación y realineación hacia elecciones alimentarias con mayor presencia vegetal que orienten lo que se sirve, se adquiere y se respalda. A lo largo del tiempo y en distintos lugares, incluso ajustes locales aparentemente modestos pueden impulsar transformaciones globales profundas”.










