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    Por Lucrecia Iruela*

    Hubo una época en la que Silicon Valley se sostenía sobre dos catedrales. Una producía deseo y relato con una maestría casi litúrgica, hasta seducir, a la vez, al consumidor y al mejor talento del mundo. La otra levantaba un templo a la ingeniería y a los datos, convencida de que el talento no se dirige, sino que se libera. Eran Apple y Google, los dos polos de la edad dorada del Silicon Valley y dos respuestas opuestas a la misma pregunta: ¿qué significa liderar?

    Desde 2010 estoy dentro y he visto cómo, despacio y sin ruido, todo cambiaba de naturaleza. Llegué a hacer coaching a ejecutivos de esa cultura cuando la fórmula parecía infalible y eterna. No lo era. Las empresas han cambiado de rumbo. Y entender por qué dejó de funcionar dice más sobre el liderazgo que cualquier keynote.

    Hace unos años, todo apuntaba a que el Valle se apagaba. La pandemia vació la Bahía, el trabajo remoto disolvió el efecto red que hacía indispensable vivir junto a las grandes del Tech, y a los emprendedores ya no les interesaba estar cerca de Sand Hill Road. El dinero, su verdadero músculo, empezó a repartirse por Miami, Dallas y Austin. Fundadores, fondos e incubadoras hicieron las maletas y, por un instante, el dinero del Valley llegó a oler a algo viejo, caro y, para algunos, incómodo. Parecía el final de una era.

    Entonces llegó el boom de la inteligencia artificial y lo devolvió todo al centro del tablero. Hoy uno de cada dos dólares de capital de riesgo del mundo va a parar a la IA, y la mayoría aterriza en San Francisco. El jardín volvió a florecer, más rico y más codiciado que nunca. Pero algo en la tierra había cambiado.

    Conviene recordar aquí a Steve Jobs, porque el error que cometió el Valle con su propia herencia es, punto por punto, el mismo que casi todos cometieron al estudiarlo a él. Lo que lo hacía grande no era su crueldad, ni el feedback binario («esto es genial o es una basura»), ni su negación de la realidad. Eso fue un pasivo, triunfó a pesar de ello, no gracias a ello. Lo transferible era otra cosa, el gusto, la disciplina del foco (liderar como el arte de decir que no), el relato que convierte un objeto en significado y el cruce de lo técnico con lo humano. Quien imita al Jobs “difícil” sin su criterio se queda solo con el daño.

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    El Valle se ha quedado con la mecánica (la velocidad, el «move fast», la métrica) y ha dejado fuera el alma. Lo ha hecho a escala de ecosistema. Es el sesgo del superviviente convertido en sistema operativo, se copia lo visible y medible, nunca lo invisible, que era justo lo que daba la magia. Ahora todo consiste en ir más rápido, en centrarse en lo que se tiene delante, en una estructura cada vez más vertical donde el talento, lo horizontal, se vuelve meramente instrumental.

    Por eso la fórmula que teníamos fue tan imitada en todo el mundo, incluso por las propias empresas en sus filiales, y nadie logró replicarla. Y ahora me temo que la hemos perdido. Nos hemos vuelto iguales a los demás, en una versión peor, empujados por la repetición, la rigidez y los sistemas que generan y aplican modelos de inteligencia artificial.

    Ya no interesa la innovación individual, la que antes potenciaba a las grandes del Tech. El protagonismo ha cambiado de manos. Hemos pasado de un jardín botánico exclusivísimo, cuidado con esmero, a un desierto abrasador donde la única regla que queda es sobrevivir.

    Y lo que más me preocupa de ese desierto no son los despidos, aunque se cuenten por cientos de miles y cada vez se justifiquen más con la llegada de la IA. Es el ánimo de quien se queda. Los equipos están agotados, desenganchados, con un pie fuera. Los empleados más productivos con la IA son, paradójicamente, los primeros en marcharse. La motivación se ha vuelto condicional, un cálculo. Antes era el aire que se respiraba.

    Aquí está el corazón del problema, y por eso es de liderazgo y no de mercado. La cultura de hoy no premia el talento, sino los resultados repetitivos, precisamente los que la IA reemplaza mejor. Sin embargo, los directivos se quejan de que sus equipos no son lo suficientemente críticos, analíticos ni creativos. Pero observen qué recompensan, la velocidad de ejecución y la pericia para exprimir datos en problemas estrechos. Piden brújulas y premian cronómetros y echan de menos justo lo que castigan. Es el malentendido de Jobs invertido, se confunde la exigencia con la presión, el rendimiento con el valor, la métrica con la visión.

    Porque el liderazgo se aprende. Jobs no nació hecho; se forjó en un fracaso y en una travesía. Silicon Valley vuelve a tener el dinero, el talento y el dominio. Lo que ha perdido es el criterio que convertía esos recursos en algo que valía la pena construir. La optimización extrema es una herramienta extraordinaria, pero es un medio, jamás un fin: fue el precio de la magia, nunca la magia. Devolverle el alma al Valle no exige más cómputo ni más rondas, sino líderes capaces de lo más difícil y menos cuantificable — cuidar el talento, dar narrativa, cruzar lo técnico con lo humano y recordar que un equipo no es una base de datos que se consulta, sino un jardín que se cultiva. La IA hará casi todo más rápido. No hará la única tarea que nunca se pudo automatizar, decidir qué merece la pena construir y por qué. Esa sigue siendo una decisión de liderazgo.

    Como siempre digo, podemos Do Better. Get Better. Be Better.®

    Sobre la autora:

    *Lucrecia Iruela, Consultora de Liderazgo & Comunicación, Abogada y Escritora.

    IG: @melioranet

    Twitter: @lucreciart

    LinkedIn: Lucrecia Iruela

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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