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    Casi siempre al pensar en fútbol se enmarca como un deporte de carácter popular, es decir accesible para todo el mundo, tanto en su práctica, como en su oferta de entretenimiento; claro, hasta que llegan los torneos de mayor impacto, como es la Copa Mundial de Fútbol. Hoy, exploramos algunos aspectos de cómo el balompié mueve la economía premium y la economía de la atención. 

    México es el primer país en la historia en albergar 3 Copas del Mundo de la FIFA, las ediciones anteriores datan de 1970 y 1986. Con la edición de 2026 pasa algo muy interesante porque por primera vez en la historia del Mundial de Fútbol participan 3 países como anfitriones que son México, Canadá y Estados Unidos. Tres sedes para la gestión de 104 partidos: 13 para México, 13 para Canadá y 78 para Estados Unidos.  Podríamos pensar que 13 partidos son pocos, y ya con eso hay mucho movimiento económico en el país. Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León son los tres estados que con sus estadios participan de la máxima fiesta del fútbol.  

    En el mundo contemporáneo, el recurso más escaso no es el dinero ni la infraestructura, sino la atención humana sincronizada. Un Mundial es uno de los pocos eventos del planeta capaces de concentrar simultáneamente la mirada de cientos de millones de personas. En ese sentido, el verdadero “ganador” no es quien organiza el torneo ni quien levanta el trofeo, sino quién logra capturar, retener y monetizar esa atención global.

    La economía de la atención no es exclusiva del fútbol, la vemos en la Fórmula 1, el Super Bowl y los Juegos Olímpicos, entre otros grandes eventos internacionales. El boleto es apenas el punto de partida. El verdadero focus económico incluye viajes, hospedaje, gastronomía, transporte, experiencias VIP, mercancía oficial y la posibilidad de formar parte de un acontecimiento que millones de personas desean consumir y por ende siguen instantáneamente a través de en vivos y redes sociales. 

    En nuestro país, la Secretaría de Turismo (Sectur) y la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco Servytur), por concepto del Mundial, proyectan una derrama económica nacional de hasta 65,000 millones de pesos. Esta cifra duplica lo registrado en el Mundial de México 1986 y se espera que beneficie a los sectores de hoteles, restaurantes y servicios, puesto que alrededor de 60,000 millones de pesos corresponderían al consumo turístico nacional e internacional en las tres ciudades sede: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, mientras que los otros 5,000 millones de pesos serían de la venta de boletos.  Por su parte la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México (Canaco CDMX) estima una derrama de más de 26,280 millones de pesos para la capital durante el Mundial. En cuanto a turistas, Sectur estimó la llegada de más de 2 millones de turistas a sus tres sedes mundialistas durante la justa deportiva.

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    El mundial de futbol, tierra fértil de la economías premium y de la atención

    Estas cifras reflejan narrativas optimistas del Mundial, y el argumento es sencillo: millones de visitantes ocupan hoteles, consumen alimentos, utilizan transporte, compran recuerdos y visitan distintos destinos. Todo ello genera actividad económica y movimiento en múltiples sectores.

    Sin embargo, existe una segunda narrativa que merece atención. Diversos analistas han señalado que los beneficios de los mega eventos suelen ser más complejos de medir. El impacto real depende de cuánto tiempo permanece el visitante, cuánto gasta fuera de los estadios, qué porcentaje del gasto termina en empresas locales y cuánto valor se concentra en grandes corporaciones internacionales vinculadas al evento.

    En otras palabras, la derrama económica existe, pero no necesariamente se distribuye de manera uniforme. Algunas empresas experimentan incrementos extraordinarios en sus ingresos, mientras que otras reciben apenas una fracción del beneficio esperado. Por ello, quizá el verdadero activo de un Mundial no sea únicamente el dinero que circula durante un mes. Tal vez el activo más valioso sea la reputación.

    En este sentido, los países anfitriones suelen acelerar inversiones urbanas, mejorar infraestructura, modernizar espacios públicos y proyectar una imagen renovada ante el mundo. Lo que está en juego no es solamente la ocupación hotelera o el consumo inmediato, sino la construcción de una marca país capaz de atraer turismo, inversión y oportunidades durante años.

    Por otra parte, en relación al costo de los boletos para asistir a los estadios en México, en la opinión pública se ha llegado a estimar que los boletos han sido caros, y en ello habrá que poner un ‘depende’. De los distintos tipos de boletos, en la primera fase desde los 1,107 pesos hasta 117,605 pesos. Luego por distintas fases y reventa, multiplicado por miles de pesos, existieron versiones que rondaron en los 35, 42,  55, 78, 90 y 172 mil pesos, por mencionar algunos precios, así como paquetes de casi un millón de pesos. 

    Es cierto, el Mundial no vende un partido, vende distintos niveles de acceso a la misma emoción, y mientras varios aficionados en el debate público, evalúan si vale o no la pena pagar esos precios por los boletos, México apostó por el desarrollo de infraestructura con la expectativa de que la visibilidad internacional, el turismo y la reputación de largo plazo generen un retorno superior a la inversión.

    Efectivamente, el Mundial no es solo un torneo deportivo ni un evento turístico, es una arquitectura global donde la atención, la emoción y la reputación se convierten en activos económicos que compiten al mismo nivel que la infraestructura o la inversión pública. En esa lógica, el fútbol sigue siendo el punto de salida, pero el verdadero partido ocurre en otro nivel: el de la economía global de la atención.

    (*) El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Autónoma de Guadalajara, fue vicepresidente de la CANACO, a nivel estatal por Sonora y nacional en los años 2000 y 2006. En la industria gourmet, ha participado en el liderazgo en compañías de inversión, tecnología, diseño y nutrición; y es autor del libro: La esencia de la tierra, descubriendo la felicidad en cada sabor. «Un viaje a través de los puros y los regalos de nuestra madre Tierra».

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