Las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPymes) representan aproximadamente el 99.5% del total de empresas en América Latina y generan cerca del 60% del empleo formal productivo en la región, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Sin embargo, pese a su peso estructural, su contribución al Producto Interno Bruto regional apenas alcanza una cuarta parte del total, lo que refleja problemas persistentes de productividad. Factores como la informalidad, que afecta a casi el 50% de estas empresas, las limitadas capacidades tecnológicas y de gestión, la escasez de talento calificado, y la especialización en actividades de bajo valor agregado explican su menor aporte económico relativo, y superar estos desafíos requiere políticas públicas integrales: financiamiento inclusivo, digitalización, capacitación, simplificación regulatoria e integración comercial.
En los últimos años, este sector ha comenzado a apostar con mayor fuerza por la tecnología como vía para aumentar la eficiencia y la competitividad, y según la encuesta “PyMEs: IA en las PyMEs, Tendencias, Desafíos y Oportunidades”, de Microsoft, el 54% ya utiliza alguna forma de inteligencia artificial y el 49% ha comenzado a implementar IA generativa. No obstante, este avance tecnológico no siempre va acompañado de una estrategia robusta de ciberseguridad, y un estudio de Kaspersky revela que el 20% de las PyMEs deja la protección de sus activos digitales en manos de personal sin formación especializada, lo que incrementa significativamente los riesgos: en 2023, el 24% reportó haber enfrentado amenazas vinculadas al uso de IA.
DIGITALIZACIÓN Y CLAVES DE COMPETITIVIDAD
La digitalización continúa siendo un factor clave para la competitividad de las MiPymes en la región y les ha brindado avances en la facilitación del comercio digital y el manejo sostenible de procesos, lo cual las ha ayudado a integrarse mejor a cadenas productivas y mercados más amplios. No obstante, la desigualdad tecnológica es uno de los factores que explica la marcada disparidad de productividad en América Latina y el Caribe.
México ilustra bien esta dualidad, ya que las MiPymes representan aproximadamente el 99.8% de los negocios formales, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), generan más del 70% del empleo nacional y aportan alrededor del 55% del PIB, conformando un universo de 4.7 millones de unidades económicas, de las cuales 4.5 millones son microempresas. Sin embargo, solo alrededor del 15% participa en exportaciones, según un estudio de MetLife México, debido a barreras como procesos de pago internacional complejos y costosos, y además enfrentan problemas de supervivencia: el 52% cierra antes de cumplir dos años y solo el 14% supera la década de operación.
Vale destacar que las micro, pequeñas y medianas empresas constituyen la columna vertebral del tejido empresarial latinoamericano, y su presencia masiva en el mercado y su aporte decisivo al empleo las convierten en un actor clave para la estabilidad económica y la cohesión social.
En Chile existen aproximadamente 774,908 MiPymes, según el Banco Central, que representan entre el 98% y el 99% del total de empresas formales y generan cerca del 63% al 64% del empleo. No obstante, su participación en las ventas totales apenas alcanza el 11.7%, mientras que las grandes empresas concentran cerca del 70%, y la fragilidad es evidente: entre 2020 y 2024 representaron el 37% de las quiebras empresariales, según el Banco Central, y menos del 10% accede regularmente a capacitación formal, lo que limita su sofisticación productiva.
Su relevancia estructural contrasta con las múltiples barreras que enfrentan para consolidarse, acceder a financiamiento, expandirse internacionalmente y garantizar su sostenibilidad en el largo plazo, como ocurre en Colombia, donde las MiPymes representan alrededor del 99% de las empresas formales, generan entre el 70% y el 80% del empleo y aportan cerca del 40% del PIB, según datos de Confecámaras. Sin embargo, el acceso al crédito continúa siendo un obstáculo clave debido a las altas tasas de interés y a las exigencias bancarias estrictas, y cerca de 7 de cada 10 no superan los primeros cinco años de operación; además, su baja participación en exportaciones, según BBVA Research, limita su integración a cadenas globales y su crecimiento internacional.
Analizar la dimensión y las barreras que enfrentan estas unidades económicas permite comprender tanto su aporte al desarrollo nacional como las áreas clave para fortalecer su competitividad y sostenibilidad en el tiempo. En Perú, las MiPymes representan entre el 99.3% y el 99.5% del total de empresas formales, generan cerca del 47% del empleo de la población económicamente activa ocupada, según el Ministerio de la Producción, y aportan alrededor del 30.9% del PIB. Sin embargo, según la OCDE, el 94.7% son microempresas, lo que evidencia un tejido fragmentado, con escasas economías de escala, y de ellas solo el 5.8% accede al financiamiento bancario tradicional, con tasas que pueden superar el 30% anual, mientras que su participación en exportaciones ronda el 7%, reflejo de barreras regulatorias y limitaciones competitivas.
LA BASE DEL DINAMISMO PRODUCTIVO REGIONAL
Conviene reafirmar que, más allá de su peso numérico, las MiPymes sostienen buena parte del empleo, la innovación y el dinamismo productivo de la región, aunque su estructura dispersa y las brechas de productividad, financiamiento e innovación que enfrentan plantean desafíos importantes para su consolidación y competitividad.
En Centroamérica, las MiPymes representan alrededor del 99% del tejido empresarial formal, según el Centro de Promoción de la Micro y Pequeña Empresa (CENPROMYPE), aportan cerca del 35% del PIB regional y generan aproximadamente el 60% del empleo formal; en general, en la comunidad centroamericana, aproximadamente el 83% son microempresas, el 16% pequeñas y medianas, y solo el 1% grandes compañías.
Un dato relevante es el liderazgo femenino, ya que la Corporación Financiera Internacional estima que alrededor del 20% de las MiPymes en Centroamérica están lideradas por mujeres, lo que subraya su papel en la inclusión económica y el desarrollo social. Las MiPymes dirigidas por mujeres desempeñan un rol cada vez más visible al crear empleo, impulsar innovación y fortalecer cadenas de valor, especialmente en sectores como comercio, servicios y agroindustria, aunque todavía enfrentan desigualdad en el acceso a recursos y financiamiento. Sin embargo, el gasto corporativo global que se dirige hacia negocios propiedad de mujeres apenas representa menos del 1% del total, según organizaciones como el International Trade Centre (ITC).
Por otra parte, en América Latina millones de jóvenes encuentran en las micro, pequeñas y medianas empresas su principal puerta de entrada al mercado laboral, ya sea como empleados o como emprendedores ante la falta de oportunidades formales, y según el estudio “Is Youth Entrepreneurship a Necessity or an Opportunity?”, del Banco Interamericano de Desarrollo, en Latinoamérica los jóvenes de entre 16 y 24 años representan alrededor del 8.2% de todos los emprendedores en la región, y empiezan con una microempresa. En 14 países de la zona, el 12.8% de esta población son emprendedores, y la mayoría de ellos lo son por necesidad, no por oportunidad, de modo que las MiPymes se han convertido en el laboratorio económico de la juventud latinoamericana, donde se mezclan creatividad, precariedad y resiliencia. Para una generación que enfrenta altas tasas de desempleo y salarios bajos, emprender no siempre es una elección romántica: muchas veces es la única alternativa.
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