La transición hacia un modelo económico sostenible ha dejado de ser una iniciativa corporativa voluntaria para consolidarse como una exigencia regulatoria de primer nivel. Con la entrada en vigor de la Ley General de Economía Circular (enero de 2026), el panorama operativo en México experimenta una reconfiguración sin precedentes. Esta normativa obliga al sector privado a trascender el reciclaje básico para rediseñar íntegramente sus cadenas de suministro. El núcleo de esta transformación es el principio de Responsabilidad Extendida del Productor (REP), el cual dictamina que la obligación de las empresas sobre sus productos no concluye en el punto de venta, sino que abarca su ciclo de vida completo y su eventual reintegración productiva.
El contexto estadístico subraya la premura de esta transición. Actualmente, México recicla menos del 10% de los residuos que genera, una cifra que evidencia un severo rezago frente a otras economías de la región que han acelerado su evolución estructural. El principal caso de referencia es Chile, que gracias a la madurez de su propia Ley REP, ha logrado una tasa nacional de reciclaje cercana al 21% y ha fijado una ambiciosa meta estratégica para alcanzar el 75% de valorización hacia el año 2040. Ante esta brecha operativa, la circularidad en México se erige como un imperativo para salvaguardar la competitividad empresarial.
Adoptar un enfoque circular permite a las compañías reestructurar sus finanzas mediante la mitigación directa de costos operativos. La reincorporación de materiales recuperados disminuye drásticamente la exposición corporativa a las materias primas vírgenes, cuyos precios enfrentan una alta volatilidad en los mercados internacionales. Simultáneamente, la optimización de los procesos logísticos y la manufactura inversa reducen la huella de carbono institucional. Esta alineación con los estrictos criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) es hoy el principal filtro que utiliza el mercado financiero para la inyección de capital.
Para capitalizar estos beneficios, el desarrollo de infraestructura especializada a nivel local resulta crítico. Las proyecciones macroeconómicas confirman que el impacto de esta transición sistémica es de grandes proporciones. De acuerdo con estimaciones del Foro Económico Mundial y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la adopción acelerada de modelos circulares tiene el potencial de detonar un valor de mercado cercano a los 500,000 millones de dólares anuales en la región hacia 2030.
El impacto de la Ley General de Economía Circular en el ecosistema corporativo mexicano
Esta metamorfosis estructural coincide estratégicamente con el fenómeno del nearshoring. Las empresas multinacionales que relocalizan sus operaciones en México imponen mandatos corporativos innegociables en materia de sostenibilidad. Estas megacorporaciones, operan bajo estrictos compromisos de emisiones netas cero y exigen a su proveeduría local componentes fabricados con materiales reciclados. Las firmas nacionales que aspiren a capturar esta Inversión Extranjera Directa —que alcanzó la cifra histórica de 40,871 millones de dólares al cierre de 2025— deben integrar la circularidad en sus modelos operativos de forma inmediata; de lo contrario, quedarán irremediablemente marginadas de las licitaciones internacionales más lucrativas.
Paralelamente, el marco regulatorio cataliza una disrupción profunda en los modelos tradicionales de comercialización, impulsando la transición hacia el esquema de “Producto como Servicio” (PaaS, por sus siglas en inglés). Bajo esta arquitectura financiera, el fabricante retiene la propiedad del activo y cobra al cliente corporativo por el rendimiento o uso continuo, asumiendo la responsabilidad del reciclaje final. Consultoras internacionales señalan que estos modelos pueden incrementar los márgenes operativos hasta en un 30% al maximizar la vida útil del producto y generar ingresos recurrentes, lo que representa una oportunidad estratégica para fidelizar carteras de clientes a largo plazo.
Mantener sistemas de producción lineales bajo el nuevo escenario legal conlleva riesgos sistémicos que amenazan la supervivencia de los negocios. En un ecosistema comercial interconectado, las corporaciones exigen a sus proveedores locales certificaciones de sostenibilidad comprobables. Ignorar esta transición equivale a ceder terreno en un mercado moderno que ya no evalúa el éxito empresarial únicamente por el volumen de ventas, sino por la capacidad estructural de generar rentabilidad disociada de la degradación ambiental.
(*) El autor es experto en ESG e innovación con doctorado en Economía y Gestión de la Innovación. Su carrera destaca por roles directivos en Grupo Televisa y el Tec de Monterrey, sumados a su labor como consultor, investigador en el King’s College London y académico en EGADE Business School y Universidad Anáhuac.
Te puede interesar: Países de Latinoamérica afrontan presión fiscal por alza del petróleo: Fitch









