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    Permítame comenzar con una prueba incómoda. Si mañana tuviera que fundar su empresa otra vez, desde cero, con toda la tecnología disponible en 2026, ¿la construiría igual? ¿La misma estructura? ¿Las mismas personas en las mismas funciones? ¿Los mismos procesos para decidir? ¿La misma manera de atender a sus clientes? ¿Las mismas prioridades de inversión?

    Si su respuesta es sí, el mayor riesgo para su empresa no es la competencia. Es usted.

    Durante décadas, competir consistió en tener más: más capital, más infraestructura, más sucursales, más gente, una operación más eficiente. Esas ventajas siguen importando, pero ya no bastan, porque hoy la velocidad del cambio supera, en la mayoría de las organizaciones, la velocidad con la que son capaces de adaptarse y esa brecha —no la tecnología— es la que separa a las empresas que prosperan de las que desaparecen.

    Porque la historia empresarial es contundente: las compañías rara vez mueren por falta de recursos, ni porque aparezca un rival más grande. Mueren porque el mundo cambia más rápido de lo que ellas están dispuestas a cambiar.

    Kodak inventó la cámara digital y decidió no creer en ella. Blockbuster pudo comprar Netflix y lo rechazó. Nokia dominaba la telefonía móvil y BlackBerry era sinónimo de productividad empresarial. Todas tenían capital, talento, clientes y liderazgo, pero lo único que les faltó fue el valor de cuestionar el modelo que las había hecho exitosas.

    Hoy enfrentamos un punto de inflexión de la misma naturaleza, solo que esta vez lleva otro nombre: inteligencia artificial.

    Reducir esta revolución a ChatGPT, Claude, a los agentes o a la automatización sería tan miope como pensar, a finales de los noventa, que Internet serviría apenas para enviar correos. La inteligencia artificial no es solo una evolución tecnológica, es un cambio económico y todo cambio de este tipo, con profundidad, acaba termina transformando la manera de dirigir las empresas.

    Entonces, la conversación insiste en una sola pregunta: ¿cuántos empleos van a desaparecer? Es una incógnita válida, pero insuficiente. La verdadera es otra: ¿qué va a pasar con las empresas que no cambien su forma de competir mientras el resto del mercado sí lo hace?

    Los datos ayudan a dimensionarlo. El World Economic Forum, en su Future of Jobs Report 2025, estima que cerca del 22% de los empleos actuales se transformará de manera significativa antes de 2030: 92 millones de puestos desaparecerán y 170 millones se crearán. En definitiva, un saldo positivo de unos 78 millones de nuevas oportunidades. El dato relevante no es cuántos empleos se pierden, sino que prácticamente ninguna organización trabajará como lo hace hoy.

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    El mayor error empresarial de esta década

    El Fondo Monetario Internacional, por su parte, calcula que alrededor del 40% de los empleos en el mundo estará expuesto a la inteligencia artificial, cifra que supera el 60% en las economías avanzadas. Fíjese en la palabra: no dice reemplazados, dice expuestos. Porque el cambio de fondo no consiste en sustituir personas, sino en transformar la forma en que ellas generan valor.

    Eso cambia por completo la conversación, porque la inteligencia artificial no viene a competir contra el talento humano, sino a multiplicar a quien sepa usarla y a dejar atrás a quien decida ignorarla.

    Durante mucho tiempo la ventaja competitiva se llamó tamaño. Después, capital. Más tarde, tecnología. Hoy tiene un nombre distinto: la capacidad de aprender y adaptarse más rápido que el de enfrente. Una empresa pequeña, con cultura ágil y una estrategia clara de inteligencia artificial, puede competir contra organizaciones diez veces mayores y nunca antes las barreras para competir habían sido tan bajas.

    Asimismo, ese giro también redefine el papel del líder, ya que durante generaciones admiramos a los directores generales que siempre tenían la respuesta, pero éstas hoy caducan más rápido, y lo que distingue a un líder es la calidad de las preguntas que se atreve a hacer, como ¿qué parte de nuestro modelo de negocio podría quedar obsoleto? ¿qué seguimos haciendo solo porque “siempre se ha hecho así”? ¿qué haría un competidor que fundara hoy su empresa usando inteligencia artificial desde el primer día? ¿cuánto nos costará no cambiar?

    Y esta última pregunta encierra el verdadero riesgo, no el costo de adoptar inteligencia artificial, sino el de quedarse inmóvil, cuya factura no aparece en ningún estado financiero: no existe una línea contable llamada “oportunidades perdidas”, ni un indicador que mida la velocidad con la que una empresa deja de ser relevante. Pero la cuenta siempre llega, y suele llegar cuando ya es tarde.

    Aquí está la paradoja. El principal obstáculo para adoptar inteligencia artificial ya no es la tecnología, sino el liderazgo. Según McKinsey & Company, prácticamente todas las grandes organizaciones ya invierten en inteligencia artificial, pero apenas el 1% considera haber alcanzado un nivel maduro de implementación. La explicación es simple: comprar tecnología es fácil; transformar la cultura de una organización es infinitamente más difícil.

    La mayoría de las empresas intenta incorporar inteligencia artificial sin cambiar la forma en que decide, desarrolla talento o crea valor para sus clientes. Es como instalar un motor de Fórmula 1 en un auto diseñado para circular por la ciudad: el problema nunca fue el motor, fue el diseño completo.

    Los grandes casos de éxito lo confirman. Amazon no ganó por vender más productos, sino por reinventar toda la experiencia del cliente con datos, automatización e inteligencia artificial para anticipar necesidades. Netflix nunca creyó estar en el negocio de distribuir películas: entendió que su verdadero activo era conocer el comportamiento de millones de usuarios. NVIDIA dejó de verse como fabricante de tarjetas gráficas para convertirse en la infraestructura sobre la que se construye la economía de la inteligencia artificial. Tesla jamás compitió solo como armadora de autos, sino como una empresa de software capaz de reinventar la movilidad y ninguna ganó por sustituir personas, sino porque tuvieron el valor de cuestionar las reglas de su propia industria.

    Por lo tanto, ese será el gran desafío de la próxima década: no adoptar inteligencia artificial, sino construir organizaciones capaces de reinventarse de manera continua.

    Y en este sentido, México tiene enfrente una oportunidad histórica. El nearshoring, la reorganización de las cadenas globales de suministro, la aceleración tecnológica y la integración económica de Norteamérica pueden colocar al país entre los protagonistas de esta etapa. Pero esa oportunidad no dependerá solo de atraer inversión, sino de formar talento, impulsar innovación, fortalecer la infraestructura digital y construir empresas con una cultura de aprendizaje permanente, porque la inteligencia artificial no sustituirá a la estrategia: la volverá más decisiva que nunca.

    Hace poco más de veinte años, muchos empresarios debatían si Internet transformaría de verdad sus industrias, y esa pregunta hoy parece impensable. Dentro de diez años pasará lo mismo con la inteligencia artificial: nadie discutirá si valía la pena adoptarla. La única pregunta será por qué algunas empresas lo entendieron antes que las demás.

    Y la respuesta no estará en los algoritmos, ni en el software, ni en la tecnología, sino que estará en el liderazgo, porque las empresas no desaparecerán por culpa de la inteligencia artificial, sino que desaparecerán porque otras aprendieron antes a decidir mejor, a innovar más rápido y a adaptarse con más proactividad.

    La historia empresarial nunca ha premiado a quienes reaccionan cuando el cambio ya es inevitable, siempre ha recompensado a quienes tuvieron el valor de cambiar antes que los demás.

    (*) El autor es arquitecto empresarial mexicano enfocado en energía, innovación y desarrollo industrial. Con experiencia en transición energética, nearshoring y manufactura limpia, impulsa iniciativas que integran tecnología, sostenibilidad y competitividad para América del Norte. Colabora con ecosistemas empresariales y académicos para acelerar la adopción de infraestructura verde, redes inteligentes y modelos de productividad basados en energía limpia.

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