Las vibraciones emitidas por un violonchelo entre las columnas centenarias del Palacio de Bellas Artes nos obligaron a mirar con una atención inusual: cuerpos vestidos de blanco se desplazaban con una delicadeza tensa, revelando una danza que parecía tallarse en el aire y ocupar por completo los espacios. La energía compartida crecía hasta rozar el desborde y, aun así, se mantenía precisa, invitándonos a sentir el vértigo íntimo de presenciar algo frágil y poderoso a la vez.
Diego Vega Solorza supervisaba con minuciosa atención el desplazamiento de los bailarines en escena, tanto en lo individual como en la armonía del conjunto. Afinó la ejecución y la estructura de la pieza hasta convertirla en un tributo activo a una pionera de la práctica profesional de la escultura en México. En el marco de la muestra “Geles Cabrera. Partituras corporales”, la coreografía tendió un vínculo sensorial con la obra de una creadora que concibió la sensibilidad, el ritmo y la materia como extensiones íntimas del ser.
Vega Solorza articuló esta intervención coreográfica a partir del encuentro emotivo con el universo de la artista y lo tituló Colosos por una razón: “Algo que me atravesó fue la sensación de que sus esculturas, y todo su legado, son más grandes de lo que los ojos pueden percibir”. Esa impresión de grandeza interior encontró eco en su propio lenguaje y en los procesos pedagógicos que impulsa con “Cuerpos arquitectos”, un proyecto que condensa más de una década de investigación constante sobre la presencia física como territorio expresivo y espacial.
¡Descubre más! ‘Love Catcher’: Metáfora del amor en Madrid

“Siempre he pensado la danza [como una expresión] mucho más relacionada con lo que el cuerpo puede ofrecer a partir de la acción”, dijo a Forbes Life en la máxima casa cultural de México, subrayando que la expresividad nace del gesto vivido, más que del virtuosismo técnico.
“Soy fiel creyente de que el error siempre está presente”, señaló, al describir un proceso donde la construcción formal ocupa un lugar clave: “Trabajo desde una lógica casi matemática; confío profundamente en la estructura y en el trazo de líneas precisas”. Aunque incorpora momentos de improvisación, aclaró que éstos pertenecen a una fase específica del proceso creativo y no necesariamente al resultado final. Para Solorza, la fragilidad y el cansancio son condiciones inevitables de las artes vivas: “el error se vuelve una posibilidad… porque trabajo con una materia viva que no está exenta de equivocarse”.
Desde los escenarios más emblemáticos de México hasta circuitos independientes en América, Europa y Asia, su presencia escénica traza una trayectoria donde rigor e intuición se sostienen mutuamente. Por ello, es reconocido como una de las figuras cardinales de la danza nacional.

Creo que vivimos tiempos duros y hay que empezar a refugiarnos también en la magia de lo que nos puede ofrecer la vida misma y nuestras prácticas artísticas.
Diego Vega Solorza
El territorio simbólico desde el cual crea permanece en movimiento y revela una trayectoria en constante evolución. “Las piezas van cambiando… La manera en la que percibo y entiendo el cuerpo se transforma”, reconoció. Su método se nutre de la mirada atenta hacia el mundo: “Me gusta pensarme como alguien que está en constante observación”, acentuó, tras narrar cómo colecciona texturas, colores y recuerdos que luego surgen como escenas que aluden a las emociones más íntimas.
Al reflexionar sobre el porvenir, el artista de venas sinaloenses reconoce la complejidad del presente. “Me cuesta trabajo pensar en el futuro. No sé si tenga que ver con la realidad que vivimos (en el país y en el mundo), que parece ofrecer caos y tragedia”. Sin embargo, insiste en la relevancia del arte como herramienta de construcción colectiva. “Pienso que, mientras coloque mi energía y mis ganas en lo que creo fielmente, en la danza, esto va a abonar a la construcción de un tejido social mucho más positivo”, explicó, al defender la práctica artística como un espacio de comunidad y resistencia cultural. Desde ese mismo impulso nació también la dimensión colectiva de Colosos. Para el coreógrafo, presentarse por primera vez en el Museo del Palacio de Bellas Artes con un proyecto de espíritu generoso (concebido para abrir espacio a 60 bailarines en formación) resultó un momento decisivo y profundamente conmovedor, pues vislumbra, en esta experiencia, un posible punto de quiebre, un inicio, no sólo en la manera de acercarse a la danza, sino también en la relación entre el arte, los recintos culturales y las nuevas formas de comunidad creativa.
También te puede interesar: “Menos Yo, más Nosotros”: la declaración de intenciones que marca el nuevo capítulo de Fendi

Con un proceso que entrelaza disciplina formal y exploración física, Diego Vega Solorza continúa fortaleciendo una propuesta que dialoga de manera profunda con los espacios que habita, sin perder de vista el entramado histórico, cultural y social del que emerge. Su trabajo abre preguntas sobre el cuerpo contemporáneo, los límites del acto creativo y el potencial transformador de la danza en un contexto desafiante.
¿Usas Facebook?, déjanos un like para estar informado









