Enlaces rápidos

    Viajar con hijos y descubrir un lugar donde el lujo también está pensado para compartir.

    La experiencia en Nizuc fue absolutamente memorable, porque esta vez fui acompañada de mi hijo Maximo con el propósito de compartir en familia. No tenía claro que este hotel ofrecía tantas amenidades también para el disfrute de los niños. Quizás Nizuc se conoce más como un hotel con un spa maravilloso, muy reconocido, pero no está tan claro este concepto familiar que reúne tantos detalles para que los niños se sientan parte de la experiencia.

    Tomamos la zona hotelera rumbo a Punta Nizuc, donde se encuentra el hotel. La entrada, con piedras y un camino rodeado de verde ya empieza a marcar la experiencia. Te reciben con una calidez muy humana: primero una sonrisa, luego toallas húmedas perfumadas con lavanda para refrescarte y una bebida especial con eneldo, miel, pepino y limón. Desde ese primer momento, todo se siente cuidado.

    También para recibirnos estaba Rose, directora de relaciones públicas del lugar, una persona encantadora. Hicimos el check-in rápidamente porque teníamos una agenda de actividades que nos generaba mucha expectativa. Un carrito de golf nos llevó hasta nuestra habitación por un sendero hermoso. El hotel está distribuido en distintas torres, rodeadas de árboles y vegetación. La nuestra se llamaba Ceiba, en honor al árbol sagrado de los mayas.

    La habitación nos sorprendió por su amplitud, la vista al mar, la alberca privada y un baño impresionante con tina. También nos habían dejado cartas de bienvenida, frutas y distintos detalles que hacían todo más cálido. Algo que no pase desapercibido porque no lo he visto antes en otro hotel hasta ahora, es que dejaron para Maximo una bolsa del kids club Winik’s, con varios detallitos: un vaso para que cargue su agua, un libro para colorear, crayolas y gel antibacterial. Todo muy bien pensado para los niños. Eso estuvo genial, me encanta esta calidez con los niños desde la llegada, hacerlos parte, tenerlos en cuenta. Felicidades por eso.

    Nos cambiamos y fuimos directamente a la playa para disfrutar de una salida en paddleboard y kayak. Al llegar al área de guardavidas, nos obsequiaron unas playeras de agua para protegernos del sol, lo cual nos encantó. Empezamos con el paddle y luego tomamos un kayak para recorrer la zona. Lo que iba a ser una actividad corta terminó siendo toda una experiencia. La playa tiene distintos recovecos muy interesantes para explorar. En un momento encontramos un pequeño espacio, dejamos el kayak atado y nos quedamos observando. Vimos pececitos, medusas y cangrejos. Se nos fue el tiempo sin darnos cuenta. Luego regresamos con nuestro kayak a donde estaban nuestras cosas con una sensación de exploradores que me regresó a la infancia. Por ahí ya nos estaban esperando porque teníamos una reserva para comer en Ni, el restaurante peruano.

    Nos sacamos la arena de los pies y emprendimos el camino muy contentos. Eso también me gustó, fuimos como estábamos vestidos y nos sentimos muy cómodos. Hago este comentario porque uno tiende a imaginar Nizuc como un hotel de altísimo nivel, que lo es, pero sin esa formalidad que muchas veces se asocia a este tipo de experiencias de lujo. Eso es comodidad y se agradece. Nos sentamos y la experiencia fue increíble. Probamos el ceviche peruano clásico y otros platillos recomendados que nos encantaron. También tienen un menú especial para niños, lo cual suma mucho a la experiencia familiar. El chef se acercó a saludarnos y nos invitó a probar parte de un nuevo menú que próximamente incorporarán. Todo estuvo delicioso. Cerramos con un brownie espectacular.

    Después de comer nos fuimos un rato a descansar a la habitación ya que teníamos una cena más tarde. Aprovechamos la alberca privada y vimos el atardecer desde ahí. Por su ubicación, Nizuc es uno de los pocos lugares en Cancún donde puedes ver el atardecer y hacerlo desde tu propia terraza se vuelve algo muy especial. Para mi este punto es un must porque solo ves el atardecer en Cancún o la Riviera Maya si estas en Isla Mujeres, Cozumel o algún restaurante de la zona hotelera. Verlo desde un hotel que está en Cancún no es común y eso se me hizo extremadamente especial. Y sumado a este momento romántico cuando llegamos nos encontramos dos sorpresas, un ramo de rosas que en realidad eran fresas con chocolate para mí y un balón de chocolate con un botín de chocolate con los colores del equipo de futbol de mi niño. Fue un detalle muy pensado, muy personalizado. Además, nos regalaron un libro con fotografías espectaculares del hotel. Me quedé un rato leyendo, tomando un café y viendo cómo caía el sol. Intenté que Maximo durmiera una siesta, pero la emoción era demasiada y el chocolate también.

    Por la noche fuimos a cenar a Terra Nostra, el restaurante de estilo mediterráneo del hotel y esta experiencia culinaria también nos sorprendió muchísimo. El mesero que nos atendió, Adrián, fue muy amable y siempre buscó alternativas para adaptar los platillos. Eso es algo que noté en distintos momentos del hotel: no se encasillan en la carta, sino que te ofrecen opciones para personalizar la experiencia. La comida fue deliciosa y el ambiente muy agradable. Además, algo interesante es que los restaurantes están abiertos también al público, no es necesario estar hospedado para disfrutarlos y realmente vale la pena.

    Después de la cena nos fuimos a descansar. Había sido un día muy intenso.

    Al día siguiente amanecimos temprano. Salí a hacer mi práctica de meditación mientras Maximo aún dormía. Fue un momento de pausa, de agradecimiento. Más tarde, ya juntos, él me preparó un café con las cápsulas deliciosas que había en la habitación y compartimos ese ratito tranquilos antes de salir.

    Fuimos al gimnasio que está ubicado en el área del spa. Es un espacio hermoso y la caminata hasta ahí es muy agradable. Después de entrenar, nos fuimos a desayunar a Café de la Playa, donde los domingos ofrecen un brunch abierto también al público en general. Es una propuesta muy amplia, variada y de gran calidad. Realmente vale la pena conocerlo.

    Después del desayuno volvimos a la playa porque teníamos un tour de snorkel. El hotel cuenta con un arrecife de coral espectacular. Fuimos hasta el muelle con el guardavidas Gabriel, quien con muchísima paciencia le explicó a mi hijo cómo snorkelear . Me encanta el equipo de guardavidas proactivo que tienen, son varios y todos excelentes, no solo en cuidar sino en generar estas experiencias entre la naturaleza y el mar que marcan un registro para siempre. El agua estaba un poco fría, pero poco a poco fue entrando en confianza. Estuvimos nadando los tres, con aletas y chalecos, acompañados en todo momento. Vimos peces y corales y pasamos un gran rato en el mar. Gran momento.

    Luego regresamos en kayak hasta la orilla, donde teníamos nuestras cosas en una cama balinesa frente al mar. La playa es amplia, muy agradable, con diferentes espacios; tienen un área solo para adultos y otra más familiar con alberca. Pasamos un rato en la alberca y nos regalaron unas mini paletas. Después quisimos seguir explorando, sacar fotos y acercarnos a un punto de información frente al mar que explica la vida marina de la zona. Ese gesto también revela algo importante del entorno, donde la experiencia no es solo contemplar, sino también comprender y respetar la vida que lo habita.

    Más tarde, por el calor, Maximo fue un rato al kids club Winik’s, donde hizo una actividad de pintar alebrijes. Mientras tanto, yo me quedé descansando en la playa. Después comimos ahí mismo. Pedimos guacamole, crudités y una ensalada. Fue muy agradable compartir ese momento sabiendo que ya eran nuestras últimas horas.

    Regresamos a la habitación para un último chapuzón en la alberca privada. El agua estaba calentita y volvimos a ver el atardecer desde la terraza. Nos abrazamos y agradecimos. Después vino el baño, preparar las cosas y el mayordomo subió a empacar el regalo de Maximo, el balon y el botin de chocolate, para poder llevarlo. Fue un gesto muy amable.

    Nos despedimos con una sensación profunda de gratitud. Había sido un fin de semana intenso, lleno de momentos compartidos, de descubrimientos y de pausas necesarias.

    Nizuc terminó siendo mucho más que un hotel de lujo. Aquí descubrí un espacio donde todo fluye con naturalidad y donde compartir en familia se vuelve algo distinto. Donde explorar, conectar y simplemente estar pasan a ser parte de la experiencia.

    Te puede interesar: Vacacionar, un momento de bienestar que puede regenerar tu salud