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    Desde el arranque de su gobierno, el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no dejó espacio para dudas sobre la aspiración histórica con la que asumía el mandato de las urnas: trascender en la historia del país como líder de la “Cuarta Transformación de la vida pública”. Esto, en alusión a tres procesos previos que marcaron la vida nacional: la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana. Bajo ese concepto, el presidente dio pistas sobre la profundidad del cambio que se buscaba desde 2018.

    Abundan los análisis y las opiniones sobre la herencia que deja la presidencia de AMLO. De los diversos enfoques que pueden usarse para sopesar su legado, el que argumenta un cambio de régimen resulta oportuno para caracterizar el sexenio que está a punto de terminar.

    La democratización del sistema político mexicano se hizo con acento particular en las reglas electorales y en las sucesivas reformas que sentaron las bases para la alternancia hace 24 años. Este proceso de “apertura del sistema” se fundó sobre reglas para el acceso al poder político que fueron negociadas por los actores políticos y que eventualmente sirvieron para explicar las alternancias experimentadas, primero, a nivel local y, luego, federal.

    Sin embargo, la ilusión de tener un régimen democrático fue sacudido por el conflicto postelectoral de 2006, que puso al descubierto la fragilidad de nuestras instituciones. A la sombra del fraude se le sumaron años después la desaparición de normalistas de Ayotzinapa y la llamada “Casa Blanca” como un caso emblemático de corrupción de la clase política. Aun así, López Obrador participó en 2018 por la vía electoral, lo que contuvo el descontento popular y, a cambio, generó una esperanza de que una forma distinta de gobernar era posible.

    A menos de un mes de que concluya este sexenio puede sostenerse que el gobierno de AMLO evidenció los déficits de una transición democrática enclaustrada en “lo electoral”. Y precisamente, el viraje vivido en este sexenio, de una democracia electoral a una democracia participativa, da fundamento a un cambio de régimen.

    “Queremos kratos con demos. Democracia —lo hemos dicho varias veces— se compone de dos partes: demos es pueblo, kratos es poder, la democracia es el poder del pueblo”; con esa frase dicha durante su último informe de gobierno, el presidente reitera una vez más la distancia que lo separa de los gobiernos pasados, al practicar una forma distinta de hacer política, en los hechos y en su narrativa. Y es que, desde su 1er informe de gobierno, López Obrador elaboró la distinción entre cambio de gobierno y cambio de régimen, refiriéndose a este último como “una auténtica regeneración de la vida pública en México”.

    A pesar de las críticas que suscita una presidencia como la que está a punto de terminar, la apuesta de transformar el país se ha hecho de manera pacífica, con el apoyo popular del que hablan 36 millones de votos a favor de Claudia Sheinbaum, quien abiertamente se presentó y ganó como la opción que aseguraba la continuidad para consolidar la siguiente etapa de este cambio de régimen.

    El aspecto más notable de esta transformación del sistema se ha dado en el ámbito político y social. Las prioridades de las políticas públicas realizadas a lo largo de estos seis años han cambiado de orden al anteponer a los más pobres, con la ampliación de programas sociales y el aumento del salario mínimo.

    Bajo la máxima de que “el pueblo manda” la democracia mexicana inaugura una nueva etapa donde lo electoral cede su lugar protagónico a la participación popular. De alguna forma, el presidente ha sido el gran “disruptor” en la tendencia de gobiernos neoliberales y ha impuesto una nueva forma de ejercer la política.

    En otros momentos hubiera sido impensable ver que, desde la silla presidencial se abriera a debate la utilidad social de instituciones sacramentadas en el orden político precedente, o de abrazar a la austeridad desde el núcleo del aparato burocrático estatal.

    Sheinbaum hereda un cambio de régimen y, con ello, las condiciones para fortalecer un Estado con verdadera vocación social.

    Contacto:

    Maestra en Políticas Públicas por la Universidad de Oxford y Licenciada en Ciencia Políticas y Relaciones Internacionales, por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

    Twitter: @palmiratapia

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