México tiene una inusual habilidad para convertir las oportunidades en decoraciones. Durante la inauguración del Mundial 2026, mientras el Azteca lucía sus murales y el ajolote presidía la ceremonia como mascota de una nación que protege sus símbolos antes que a sus ciudadanos, afuera se coreaba algo muy distinto, “México campeón en desaparición”. Madres con fotos en mano reclamaban que más de 133 mil personas, simplemente se perdieran. El estadio celebraba. Las madres seguían su búsqueda. Y la distancia entre ambas escenas era el mejor retrato de cómo funciona, o no, el sistema.
Conviene distinguir dos palabras que suenan parecido y significan cosas distintas. Pensar de manera sistemática es contar con un método, avanzar paso a paso, no saltarse las instrucciones del manual. Pensar sistémicamente es ver el tejido, no los hilos. Es entender que una guerra en Ucrania puede encarecer las tortillas en Coyoacán, que los tacos de la esquina tienen huella geopolítica, aunque el taquero ni lo intuya.
El Mundial promete un legado. Pero esa palabra, “legado”, tiene el don de sonar grandilocuente sin comprometerse a algo específico. Varios especialistas en infraestructura urbana señalaron que las obras viales de cara al Mundial arrancaron muy tarde, que la coordinación entre gobiernos fue un ejercicio de simulación y que el torneo corría el riesgo de dejar, en el mejor de los casos, estadios renovados en ciudades sin un sistema de transporte digno. Para un evento de esta escala (y con la renegociación del T‑MEC en puerta), la lógica sistémica era una útil herramienta para evitar que el crecimiento coordinado y prioritario no se quedara en archivos de PowerPoint.
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Las madres buscadoras llegaron a nombrar lo que la fiesta ocultaba. Su protesta evidenciaba algo mucho más profundo que un desplante político. Era una señal del fallo sistémico. El dinero gastado en embellecer la ciudad para los turistas pudo haberse invertido en ejercicios para localizar y prevenir desaparecidos, piensa este colectivo de mujeres. Mientras eso pasaba, millones de mexicanos completaban su álbum del Mundial con una dedicación que no prestamos a otras colecciones harto más urgentes, como la de las personas que faltan y que nadie da respuesta de ello.
Tal vez la fuerza de la empatía proviene de la cercanía de la experiencia. Es más fácil para un aficionado molestarse con una madre buscadora que escuchar la razón de su presencia cerca del estadio. Pero, ¿y si un familiar en línea directa tuya, fuera el que no aparece?
Pensar sistémicamente no requiere un posgrado ni leer a los teóricos. Pide, en primera instancia, hacerse la pregunta “¿qué (y por qué) quedó fuera del encuadre?”. En este caso, el ruido del estadio tiene la característica de ser ensordecedor. Tiene la capacidad de tapar el silencio de las fosas, disimular las obras inconclusas y hacer llevadera la distancia entre el país que aparece a cuadro y el que es, cuando los reflectores se apagan. Repetir las mismas jugadas, sin importar la camiseta, tiene un nombre técnico en la teoría de sistemas. En México le decimos tradición.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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