La geografía es un destino. México y Estados Unidos comparten una línea fronteriza al rojo vivo con intercambios comerciales, culturales y humanos tan intensos como las tensiones que los acompañan.
El principio de una línea es uno divisorio en primera instancia, pero al abrir la perspectiva surgen posibilidades como el vínculo y la integración como signo de madurez entre dos vecinos. La imposición de aranceles por parte de Estados Unidos a productos mexicanos es un golpe en varios sentidos: no solo incumple el TLCAN y una afrenta a las formas políticas, sino una declaración de falta de principios y un síntoma del espíritu de la época: un estado donde el pragmatismo comercial es reemplazado por el cálculo electoral.
Estados Unidos, un país que se precia de ser el estandarte del libre comercio, encuentra en la estrategia proteccionista de los aranceles una herramienta política más efectiva que económica y, a manos de Trump, más efectista que estratégica.
¿Qué importa si estas medidas perjudican a los propios consumidores estadounidenses, elevan los costos de producción o generan incertidumbre en el mercado? Cuando la prioridad pende de una narrativa electoral, la política exterior deja de responder a criterios de diplomacia o de viabilidad económica y pasa a estar supeditada al corto plazo de las urnas y a una franca acumulación de poder.
México enfrenta esta medida con una mezcla de resignación y pragmatismo. Resignación porque no es la primera vez que la relación con el vecino se maneja bajo la lógica del chantaje; pragmatismo porque el país aprendió a sortear estas embestidas con respuestas políticas y ajustes comerciales.
El trasfondo de este golpe va más allá del impacto económico. Es una manifestación de un zeitgeist global donde el nacionalismo económico tiene nuevos bríos. En tiempos de incertidumbre, los políticos recurren a medidas populistas para asegurar votos (lo sabemos en primera persona y en primera fila), aunque eso implique deteriorar el bienestar ciudadano, romper alianzas o vulnerar acuerdos comerciales. En un momento resonó el “Abrazos, no balazos”. En este caso, “América Primero” es el lema unilateral en el que la interdependencia económica se percibe como una debilidad y no como una fortaleza.
Por si fuera poco, el circo dio una vuelta de tuerca de último momento para asombro de los propios actores al confirmar que la peligrosa medida era en realidad, el excipiente de un infladísimo chantaje: la imposición de aranceles se pausa por un mes. Como en cualquier juego de poder, lo importante no es solo lo que se hace, sino lo que se deja en el aire, listo para usarse en el momento oportuno. ¿Nos vamos al Ángel a celebrar que nos mantienen apretado el cuello y con el puño enfilado a la cara por 30 días más?
Este respiro temporal se debe traducir en la táctica política que delata y en las demandas incumplidas que exhibe: una penosa fragilidad del estado de derecho mexicano y una organización y eficiencia de las células criminales que supera con creces a la autoridad. Por si fuera poco, una sociedad polarizada con un partido político hegemónico sirviendo a su instinto de venganza en la acumulación de poder.
Trump estira la cuerda para ver cuánto resiste y todo lo que puede obtener de ello. Es un recordatorio de que la relación comercial sigue sujeta a los caprichos de una agenda personal y de que la amenaza arancelaria no ha desaparecido, se alimenta de la respuesta de sus adversarios, antes socios comerciales.
México, lejos de ser un actor reactivo, podría fortalecer su diversificación económica, reducir su dependencia y afianzar relaciones con otros socios estratégicos. Porque si la geografía es un destino, la estrategia —fuera del espectro populista— es el único camino para sortearlo.
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Eduardo Navarrete es especialista en Estudios de futuros, periodista, fotógrafo y Head of Content en UX Marketing.
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