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    Cada actor político tiene una reserva especifica y personal de capacidades, herramientas, estilos para comunicar, influir, persuadir en sus seguidores y ejercer presión sobre sus detractores. 

    Donald Trump es una personalidad que genera controversia, debate, exalta la emotividad, obliga a tomar una posición, a discutir, a replicar o darle me gusta/me desagrada. Ya sea a favor o en contra de sus dichos, conviene siempre mantenerse al tanto de sus publicaciones.

    Si bien una parte de su influencia deriva tan solo del cargo que ocupa, ha logrado extender el radio de impacto mediante -precisamente- sus recursos de percepción, exposición, amplificación del mensaje agregando esas notas de expectativa, intriga, desacuerdo, molestia, es decir detonando una respuesta, sacudiendo las reacciones, en síntesis: manipulando las emociones. La receta de comunicación política estratégica es articular y manejar estratégicamente estas variables:  

    1. La espectacularidad teatral

    La firma de órdenes ejecutivas, nuevas disposiciones, movilización de tropas, amenazas de aranceles, redadas, nombramientos, ajustes presupuestales, la presencia de grupos, organizaciones y personalidades dentro de la toma de decisiones gubernamentales, ceses y la secuela que todo esto genera siempre llevan altas dosis de dramatismo, desatan millones de respuestas en milisegundos y lo mantienen siempre en el centro de la atención mundial.

    Sus dichos, sus discursos, sus contenidos obligan a seguirlo de manera permanente; los temas, problemas y noticias más relevantes convulsionan dentro de la vorágine de incertidumbre, duda, frustración, desaliento e impotencia, por un lado. 

    Bolsas, intermediarios, bancos, la economía del mundo en vilo. Proyectos científicos, sustentabilidad, exploración espacial, inteligencia artificial, ecología, agua, tecnología, robótica, conflictos, fronteras, acuerdos, terrorismo, adicciones, salud, tráfico, diplomacia, comercio, al borde de un ataque de nervios

    En contraparte, la confirmación del poder absoluto, el imperio de una voluntad personalizada, el cumplimiento de promesas que fortalecen su dominio, reiteran su influencia ilimitada y engrosan su aura de superioridad. El mensaje para quienes lo apoyaron es simple: el prototipo de la grandeza americana ocupa la Casa Blanca. 

    Una nueva forma de hacer las cosas que rompe con el pasado y se jacta de las fallas de sus antecesores regocijándose en sus avances inmediatos, focalizando en ciertos grupos su desdén e indolencia para ejecutar su visión del orden interno y mundial.  

    En ambos casos, el concentra, acapara, personaliza y rentabiliza los méritos, resume las voluntades, las usa unilateralmente. Es el protagonista exclusivo y todos -incluidos su partido, su equipo, medios, grupos, otros líderes- quedan en plano secundario; el escenario es suyo, lo controla, lo explota dispone de un moderno Coliseo en tiempo real que lo hace ver como una mezcla de Capitán América, Gladiador y Patriota.  

    2. Especulación y el efecto sorpresa

    Como consecuencia de lo anterior, cada fecha, cada plazo fijado hace crecer esa marejada de tensión, ansiedad, expectativas permanentes. 

    Calles, comercios, barrios, centros de trabajo, escuelas, talleres, parques desiertos, millones de personas en un neo encierro post pandémico por temor a la siguiente redada migratoria. 

    En el otro extremo de la cuerda, patrones, amas de casa, dueños de negocios, agricultores, fabricantes, hoteleros, restauranteros, sin saber que hacer, cortos de personal, llenos de quejas, presionados por un mal servicio y fallas permanentes, quienes resolvían todo eso ya no están. 

    Aranceles aquí y allá, inversiones, industrias, grandes empresas, cadenas productivas completas en el medio de la convulsión cotidiana. Cada declaración presidencial cimbra las cotizaciones; puede significar la pérdida de millones de empleos, vidas enteras, organizaciones, rutas internacionales, ciudades que dependen de esa articulación de materias primas, productos, accesorios, bienes, insumos, logística y servicios.

    Algunos casos son hasta difíciles de creer parecen falsas noticias, bromas, ocurrencias, pero no lo son tanto, comprar un país, imponer medidas, recuperar el canal, reavivar el destino manifiesto, ¿en serio? ¿realmente?

    Muchos frentes, pero todos concatenados, secuenciales, nuevamente sin dejar duda de quien es el centro de la atención y tensión global.

    3. Emociones fundamentales

    No hay duda que Trump nunca ha temido a lo incendiario, lo extremista, radical o excéntrico, por el contrario, ha hecho de todo ello su terreno, su coto personal de influencia, lo expande, lo moldea, se siente cómodo, se desenvuelve naturalmente en ello.

    La escena política se lleva al ritmo de YMCA, que no quede duda, todo este conjunto de desconcierto, banalidad, derroche, agresividad, indiferencia, soberbia, frialdad, control, es reflejo de esa personalidad discordante que impacta, modifica, mueve y conmueve.

    Todos a su alrededor se mueven de la euforia al temor, de la envidia a la ambición, de la satisfacción a la decepción, de la alegría a la tristeza; la motivación es intensa, profunda, arrasadora, pero nadie se queda sin reaccionar. 

    Esa capacidad de llegada a la psique, rompiendo y cuestionando la lógica, agrediendo los principios y términos, en el borde o sobre lo legal, admisible, razonable, lógico, reproduce el efecto mediático, las cadenas de secuela, estimula la interacción entre lideres y comunidades, obliga a dividirte, sacude el avispero con tal fuerza que monetiza -en capital político- cada estimulo y movimiento de manipulación.

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