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    Entre 1400 y 1780, se estima que 100,000 personas, en su mayoría mujeres, fueron procesadas por brujería en Europa. Aproximadamente la mitad fueron ejecutadas: asesinatos motivados por una constelación de creencias sobre las mujeres, la verdad, el mal y la magia calificándolas como brujas.

    Pero la caza de brujas no habría tenido el alcance que tuvo sin la maquinaria mediática que la hizo posible: una industria de manuales impresos que enseñaban a los lectores cómo encontrar y exterminar brujas.

    Imparto regularmente una clase sobre filosofía y brujería, donde analizamos los contextos religiosos, sociales, económicos y filosóficos de la caza de brujas de la primera época moderna en Europa y la América colonial. También enseño e investigo la ética de las tecnologías digitales.

    Estos campos no son tan diferentes como parecen. Los paralelismos entre la difusión de información falsa en la era de la caza de brujas y en el ecosistema de información en línea actual son sorprendentes e instructivos.

    Nacimiento de un imperio editorial

    La imprenta, inventada alrededor de 1440, revolucionó la difusión de la información, contribuyendo a crear el equivalente de la época a una teoría conspirativa viral.

    Para 1486, dos frailes dominicos publicaron el “Malleus Maleficarum” o “Martillo de las Brujas”. El libro contiene tres afirmaciones centrales que llegaron a dominar la caza de brujas.

    Primero, describe a las mujeres como moralmente débiles y, por lo tanto, más propensas a ser brujas. Segundo, vincula estrechamente la brujería con la sexualidad. Los autores afirman que las mujeres son sexualmente insaciables, parte de lo que las lleva a la brujería. Tercero, la brujería implica un pacto con el diablo, que tienta a las aspirantes a brujas mediante placeres como orgías y favores sexuales. Tras establecer estos “hechos”, los autores concluyen con instrucciones para interrogar, torturar y castigar a las brujas.

    El libro fue un éxito. Tuvo más de dos docenas de ediciones y fue traducido a varios idiomas. Si bien el “Malleus Maleficarum” no fue el único texto de este tipo, su influencia fue enorme.

    Antes de 1500, la caza de brujas en Europa era poco común. Pero después del “Malleus Maleficarum”, cobró impulso. De hecho, las nuevas ediciones del libro se correlacionan con el aumento de la caza de brujas en Europa Central. El éxito del libro no se debió solo a su contenido, sino también a su credibilidad. El papa Inocencio VIII había afirmado recientemente la existencia de brujas y conferido autoridad a los inquisidores para perseguirlas, lo que le dio al libro mayor autoridad.

    Ideas sobre brujas provenientes de textos y folclore anteriores, como el “hecho” de que las brujas podían usar hechizos para hacer desaparecer el pene, fueron recicladas y reorganizadas en el “Malleus Maleficarum”, que a su vez sirvió como “fuente” para obras futuras. Fue citado con frecuencia en manuales posteriores y se integró en el derecho civil.

    La popularidad e influencia del libro contribuyeron a la consolidación de un nuevo campo de especialización: el demonólogo, un experto en las nefastas actividades de las brujas. A medida que los demonólogos repetían sus falsas afirmaciones, se creó una cámara de resonancia de “pruebas”. Así, se formalizó la identidad de la bruja: peligrosa y decididamente femenina.

    Los escépticos contraatacan

    No todos creyeron en la histeria sobre las brujas. Ya en 1563 surgieron voces disidentes, aunque, notablemente, la mayoría no argumentaba que las brujas no fueran reales. En cambio, cuestionaban los métodos utilizados para identificarlas y procesarlas.

    El médico holandés Johann Weyer argumentaba que las mujeres acusadas de brujería sufrían de melancolía (lo que hoy llamaríamos enfermedad mental) y necesitaban tratamiento médico, no la ejecución. En 1580, el filósofo francés Michel de Montaigne visitó a brujas encarceladas y concluyó que necesitaban “eléboro en lugar de cicuta”: medicina en lugar de veneno.

    Estos escépticos también identificaron algo más insidioso: la responsabilidad moral de quienes difundían las historias. En 1677, el capellán, médico y filósofo inglés John Webster escribió una crítica mordaz, afirmando que la mayoría de los textos de los demonólogos eran simples copias y pegas, donde los autores repetían las mentiras de los demás. Los demonólogos no ofrecieron ningún análisis original, ninguna evidencia ni testigos, lo que les impidió cumplir con los estándares de una buena investigación.

    El costo de este fracaso fue enorme. Como escribió Montaigne: “Las brujas de mi barrio corren peligro de muerte cada vez que aparece un nuevo autor que confirma la realidad de sus visiones”.

    Los demonólogos se beneficiaron del estatus social y político asociado a la popularidad de sus libros. El beneficio económico recayó, en su mayor parte, en los impresores y libreros, lo que hoy conocemos como editores.

    La caza de brujas se desvaneció a lo largo del siglo XVIII en toda Europa. Las dudas sobre los estándares de la evidencia y la creciente conciencia de que las acusadas de “bruja” podrían haber padecido delirios fueron factores que contribuyeron al fin de la persecución.

    Las voces de los escépticos fueron escuchadas.

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    Psicología de las mentiras virales en la era de la desinformación

    Los escépticos de la primera época moderna comprendieron algo con lo que aún lidiamos hoy: ciertas personas son más vulnerables a creer en afirmaciones extraordinarias. Identificaron a los “melancólicos”, personas con predisposición a la ansiedad y al pensamiento fantástico, como particularmente susceptibles.

    Nicolas Malebranche, filósofo francés del siglo XVII, creía que nuestra imaginación tiene un enorme poder para convencernos de cosas falsas, especialmente el miedo a fuerzas invisibles y malévolas.

    Señaló que “los cuentos extravagantes de brujería se toman como historias auténticas”, lo que aumenta la credulidad de la gente. Cuantas más historias se contaban, mayor era su influencia en la imaginación. La repetición servía como una falsa confirmación.

    “Si dejaran de castigar (a las mujeres acusadas de brujería) y las trataran como locas”, escribió Malebranche, “en poco tiempo dejarían de ser hechiceras”.

    Los investigadores actuales identificaron patrones similares en la propagación de la desinformación y la información errónea (información falsa destinada a confundir o manipular a las personas) en línea.

    Somos más propensos a creer historias que nos resultan familiares, historias que conectan con contenido que ya hemos visto. Los “me gusta”, las publicaciones compartidas y los retuits se convierten en indicadores de la verdad. El contenido emocional diseñado para impactar o indignar se propaga rápidamente y a gran distancia.

    Las redes sociales son un terreno particularmente fértil. Los algoritmos de las empresas están diseñados para maximizar la interacción, por lo que una publicación que recibe “me gusta”, “compartir” y “comentar” se mostrará a más personas. A mayor número de espectadores, mayor probabilidad de interacción, y así sucesivamente, creando un ciclo de sesgo de confirmación.

    Velocidad de una tecla para desinformar

    Los escépticos de la primera época moderna reservaban sus críticas más duras no para quienes creían en brujas, sino para quienes difundían las historias. Sin embargo, guardaron un curioso silencio sobre los árbitros y beneficiarios financieros de lo que se imprimía y circulaba: las editoriales.

    Hoy en día, el 54% de los adultos estadounidenses se informa al menos un poco a través de las redes sociales. Estas plataformas, como las imprentas de antaño, no solo distribuyen información. Moldean nuestras creencias mediante algoritmos que priorizan la interacción sobre la precisión: cuanto más se repite una historia, mayor es su prioridad.

    La caza de brujas ofrece un recordatorio aleccionador de que el engaño y la desinformación son características recurrentes de la sociedad humana, especialmente en tiempos de cambio tecnológico y agitación social. Mientras navegamos por nuestra propia revolución de la información, las preguntas de aquellos primeros escépticos siguen siendo urgentes: ¿Quién asume la responsabilidad cuando la información falsa provoca un daño real? ¿Cómo protegemos a los más vulnerables de la explotación por parte de quienes se benefician de la confusión y el miedo?

    En una época en la que cualquiera puede ser editor y las historias extravagantes se difunden a la velocidad de una tecla, comprender cómo las sociedades anteriores lidiaron con desafíos similares no es solo académico: es esencial.

    *Julie Walsh es Profesora asociada de Pensamiento Crítico y Filosofía en Wellesley College, Whitehead.

    Este texto fue publicado originalmente en The Conversation

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