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    Los fanáticos del béisbol que sintonizaron los juegos de entrenamiento de primavera de esta temporada pudieron notar una novedad en un deporte que ha experimentado múltiples cambios en los últimos años.

    Los bateadores, lanzadores y receptores ahora pueden cuestionar la decisión del árbitro de home sobre la bola o el strike. Gracias a la tecnología de seguimiento de pelota Hawk-Eye, el sistema automatizado de bola-strike reproduce la trayectoria del lanzamiento para determinar si la decisión del árbitro fue correcta.

    Para minimizar las interrupciones, las Grandes Ligas de Béisbol (MLB) permiten a cada equipo un máximo de dos desafíos fallidos por partido, pero ofrecen desafíos ilimitados siempre que sean exitosos. Por ahora, la tecnología se ha limitado a los partidos de exhibición de primavera; sin embargo, podría implementarse en la temporada regular a partir de 2026.

    El impacto en la duración del partido fue mínimo (una impugnación duró, en promedio, 13.8 segundos) y la mayoría de los jugadores y entrenadores aprovecharon la oportunidad de cuestionar una bola o un strike. Poco más de la mitad de las impugnaciones resultaron en la anulación de decisiones.

    Sin embargo, el futuro miembro del Salón de la Fama, Max Scherzer, estaba entre los escépticos.
    “Somos humanos”, dijo el lanzador de los Toronto Blue Jays después de un partido de pretemporada en el que cuestionó dos decisiones y perdió ambas ante los árbitros robot. “¿Acaso podemos ser juzgados simplemente por humanos?”

    Los avances tecnológicos que permiten decisiones más justas y precisas suelen considerarse triunfos.

    Sin embargo, el profesor de la School for the Future of Innovation in Society, Arthur Daemmrich, y el historiador y director interino del Centro Lemelson, Eric Hintz, afirman que las nuevas tecnologías no implican precisión perfecta, ni necesariamente conducen a una mejor competencia desde la perspectiva de los aficionados.

    La reacción a ‘Hawk-Eye’

    Mientras jugaba un partido de críquet en la década de 1990, el informático británico Paul Hawkins se enfureció por una mala decisión y decidió asegurarse de que el mismo error no se repitiera.

    Basándose en su formación doctoral en inteligencia artificial, diseñó una serie de cámaras de alta velocidad para capturar la trayectoria y la velocidad de vuelo de la pelota, así como un algoritmo de software que utilizaba los datos para predecir su probable trayectoria futura.

    Fundó Hawk-Eye Innovations Ltd. en 2001, y sus primeros clientes fueron locutores de críquet que utilizaban los gráficos de trayectoria para mejorar sus transmisiones.

    En 2006, las ligas profesionales de tenis comenzaron a implementar Hawk-Eye para ayudar a los árbitros a tomar decisiones de línea. Las ligas de críquet siguieron su ejemplo en 2009, incorporando la tecnología para decisiones como el “pierna antes del wicket”, entre otras. Las ligas profesionales de fútbol empezaron a usarla en 2012 para determinar si los balones cruzaban la línea de gol.

    La reacción a Hawk-Eye ha sido diversa. En el tenis, jugadores, aficionados y locutores acogieron con entusiasmo la tecnología. Durante un desafío, los espectadores suelen aplaudir rítmicamente mientras el árbitro indica la trayectoria repetida.

    “Como jugadora, y ahora como comentarista de televisión”, dijo la leyenda del tenis Pam Shriver en 2006, “soñaba con el día en que la tecnología llevaría la precisión de las líneas al siguiente nivel. Ese día ya ha llegado”.

    Las fallas de ‘Hawk-Eye’

    En 2020 y 2022, la empresa se disculpó públicamente con los aficionados de clubes de fútbol profesional después de que su tecnología de línea de gol cometiera errores cuando los jugadores se congregaban en el área, obstruyendo las líneas de visión de las cámaras.

    Los críticos también plantearon preocupaciones más fundamentales.

    En su libro de 2016 Bad Call, los investigadores Harry Collins, Robert Evans y Christopher Higgins recordaron que Hawk-Eye no refleja la posición real de la pelota; más bien, produce una predicción de su trayectoria basada en velocidad, rotación y posición previas.

    Los autores advierten que Hawk-Eye y lo que llaman “ayudas para la toma de decisiones” socavaron la autoridad de árbitros y jueces, algo que consideran perjudicial para los deportes.

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    No existen estándares puramente objetivos de imparcialidad y precisión en el arbitraje tecnológico: siempre se negocian. Incluso las innovaciones más precisas requieren consenso humano para definir y validar su función. Tecnologías como las cámaras de fotofinish, la repetición instantánea y los sistemas de seguimiento del balón han mejorado la precisión, pero su implementación está condicionada —y a menudo limitada— por el criterio humano y las decisiones institucionales.

    Por ejemplo, los mejores sistemas de cronometraje en carreras actuales tienen una precisión de 0.001 segundos, pero deportes olímpicos como natación, atletismo y esquí alpino reportan resultados en incrementos de 0.01 segundos.

    Esto puede generar situaciones como el empate por la medalla de oro entre Dominique Gisin y Tina Maze en el descenso femenino de esquí en Sochi 2014, donde el equipo de cronometraje admitió que podría haber revelado al verdadero ganador, pero se vio obligado a reportar un empate técnico según las normas de la federación.

    Con repeticiones instantáneas en cámara lenta, la determinación de una captura o la intención de un jugador para una falta personal puede verse distorsionada, ya que los humanos no siempre se adaptan a las velocidades de repetición variables.

    La zona de ‘strike’ y el desafío de la automatización

    Uno de los grandes problemas del sistema automatizado de strike y bola del béisbol es la zona de strike en sí.

    El reglamento de la MLB define la zona de strike como la profundidad y ancho del home y la distancia vertical entre el centro del torso del jugador y el punto justo debajo de sus rodillas. La interpretación es notoriamente subjetiva y varía según el árbitro. Por ejemplo, los árbitros humanos suelen marcar strike si la pelota cruza la esquina trasera del home, mientras que el sistema automatizado utiliza un plano imaginario que divide el centro del home.

    Además, cada jugador tiene una altura única, y por tanto, su propia zona de strike. Al inicio de los entrenamientos de primavera, se midió la altura de cada jugador de pie, sin tacos, y luego se confirmó mediante análisis biomecánico. Pero, ¿qué pasa si un jugador cambia su postura de bateo o usa un calzado diferente que eleva su zona de strike unos milímetros?

    Como ocurrió en tenis, fútbol y otros deportes, Hawk-Eye puede corregir decisiones realmente erróneas. Al permitir que los equipos impugnen decisiones controvertidas sin eliminar el factor humano, la MLB busca un equilibrio entre tradición y cambio.

    Los fans tienen la última palabra

    Encontrar un balance entre la precisión de las máquinas y el elemento humano es crucial.

    Desde hace décadas, jugadores y managers presionan a los árbitros para que expandan o reduzcan la zona de strike, y los aficionados vitorean o abuchean estas intervenciones. Cuando hay expulsiones, los gritos y burlas aumentan.

    El entusiasmo de los fans es un factor clave para decidir si se debe adoptar una nueva tecnología. Por ejemplo, los trajes de baño de cuerpo entero generaron récords entre 2000 y 2009, pero el acceso desigual llevó a lo que algunos llamaron “dopaje tecnológico”, lo que preocupó a la federación de natación. La MLB enfrenta un dilema similar: el arbitraje algorítmico mejora la precisión, pero puede afectar la experiencia de los aficionados, y la liga debe gestionar cuidadosamente el cambio.

    Evaluar el impacto de nuevas tecnologías es complejo. Las grandes agencias gubernamentales tienen recursos limitados, y las ligas deportivas aún más. Aun así, la MLB avanza gradualmente.

    Si bien la lógica del sistema automatizado de bola-strike podría conducir eventualmente a un arbitraje totalmente electrónico, los aficionados y jugadores probablemente se resistirán a llegar tan lejos. Por ahora, el sistema de desafíos sirve como prueba, pero los verdaderos árbitros seguirán siendo, en última instancia, los aficionados.

    *Arthur Daemmrich es Profesor de Práctica en la Escuela para el Futuro de la Innovación en la Sociedad, Universidad Estatal de Arizona; Eric S. Hintz es Historiador y Director Interino, Centro Lemelson para el Estudio de la Invención y la Innovación, Instituto Smithsoniano

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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