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    De las diversas formas de luchar por un ideal, una corriente de activismo ha optado por la más estéril de sus manifestaciones: usar el patrimonio universal como lienzo para su protesta. Su premisa es tan simple como falaz: un llamado de atención sobre problemas que, a su parecer, son más urgentes que la preservación de una obra. Sin embargo, lo que realmente exhiben no es la urgencia de su causa, sino una profunda bancarrota intelectual y argumentativa. Esta se ha escenificado globalmente en una ola de ataques que ha visto “Los Girasoles” de Van Gogh y “La Joven de la Perla” de Vermeer rociados con sopa; “Les Meules” de Monet cubierto de puré de patatas y “La Gioconda” de Da Vinci bañada en un líquido similar. La violencia simbólica ha escalado hasta el ataque con martillos contra el cristal de “La Venus del Espejo” de Velázquez, la pintura esparcida sobre la vitrina de “La Pequeña Bailarina” de Degas en Estados Unidos, y la profanación de un Klimt en Viena, culminando en el reciente ataque con pintura roja a la obra “El primer homenaje a Cristóbal Colón” de José Garnelo en Madrid.

    Lo irónico es que la historia de la pintura es, en sí misma, la crónica de un campo de batalla ideológico. El arte nunca ha sido pasivo. Desde la ruptura de los románticos contra la rigidez neoclásica, hasta el escándalo de los impresionistas que desafiaron a la Academia, cada gran movimiento fue una rebelión. Los vanguardistas del siglo XX subvirtieron la forma, el color y la perspectiva para dinamitar los paradigmas de su tiempo. Los surrealistas, los cubistas y los impresionistas gritaron con fuerza sus ideales, pero su beligerancia era intelectual y sus armas eran los manifiestos, las nuevas teorías y, sobre todo, sus propias obras. La ruptura era creativa, no destructiva. Cada nuevo cuadro llegó para dialogar, contrastar o incluso combatir con el anterior, pero siempre para sumar al patrimonio cultural, no para mancharlo. Lucharon contra una idea pintando un lienzo nuevo, no vandalizando uno antiguo.

    La ecología, la justicia racial, la crisis de los combustibles fósiles, la paz, la igualdad de género… son, sin duda, causas fundamentales. Arriesgan la viabilidad de nuestra civilización, esa misma que permite la existencia de la expresión máxima del ser: la cultura y, en su cúspide, el arte. Pero en la era del espectáculo, la lógica de estas protestas ha sido secuestrada por la tiranía de lo viral; es el activismo del clic. La sopa sobre un Van Gogh no es un argumento, es un reel de Instagram; es el performance del berrinche elevado a categoría de manifiesto.

    Los museos, otrora santuarios del espíritu humano, se ven forzados a blindarse. Las obras maestras que antes dialogaban con el espectador ahora se ocultan tras cristales y acrílicos, mientras las revisiones en la entrada disuaden al visitante. La experiencia se vuelve sospechosa; el público es visto como un potencial neoterrorista. Pero, ¿por qué un cuadro, una escultura o una instalación deben pagar el precio de la frustración ajena? Justificar el vandalismo como un grito desesperado es análogo a validar la violencia física o verbal bajo el pretexto de que “el otro no me escucha”. Es la admisión de una derrota intelectual: te agredo porque mis razones no son suficientes.

    Esta incapacidad para el diálogo no es un fenómeno espontáneo. Es el resultado predecible del empobrecimiento académico, del desmantelamiento del rigor intelectual en las aulas. Ahí yace el porqué nunca se debieron desmontar las exigencias académicas crecientes. Basta con observar la cada vez más criticable educación básica en México, particularmente en el marco de sus más recientes reformas. Los libros de texto gratuitos, más allá de sus multicitados errores, conllevan la semilla del desprecio por el legado en nombre de una falsa tolerancia.

    Presentar, por ejemplo, el grafiti a un niño de segundo grado como la “evolución moderna del arte rupestre” —acaso insinuando que la siguen practicando los cavernícolas— es una ironía trágica. Se omite la distinción fundamental entre la expresión artística que cuenta con el aval de la comunidad y el vandalismo que daña la propiedad ajena. Es una lección perversa que enseña que el impulso individual está por encima del consenso. Además, pondera estas expresiones —a menudo mal llamadas artísticas— por encima del arte como disciplina creativa, cuyo rigor requiere la suma de talentos, estudios y dedicación.

    Esta devaluación se extiende a toda la cultura. ¿En qué momento transitamos de pensar que las artes eran la cúspide del pensamiento civilizatorio a premiar la banalidad sonora como la máxima expresión musical de nuestro tiempo? ¿A quién van los Grammys? ¿Cuál es el futuro de las filarmónicas? ¿Dónde quedará la música de cámara en un mundo que confunde ruido con melodía?

    Este declive nos arroja al corazón del debate estético. El activismo destructor se ampara, sin saberlo, en la versión más burda del subjetivismo: si la belleza es solo una opinión, ninguna obra posee un valor intrínseco y puede ser sacrificada por una “opinión” más urgente. Es el nihilismo cultural disfrazado de causa justa. Sin embargo, Immanuel Kant ya había resuelto esta trampa filosófica: el juicio estético, para ser puro, debe ser “desinteresado”. La apreciación de la belleza exige que suspendamos nuestros intereses y agendas políticas para contemplar la forma por la forma misma. El vándalo es incapaz de esto. No ve la obra; ve una plataforma. Su acto es, por definición, una confesión de su propia ceguera estética, la prueba de que su interés político ha aniquilado su capacidad para la experiencia universal que el arte ofrece. Es un analfabetismo de la contemplación, una destrucción de la capacidad de asombro.

    Ahora bien, es crucial hacer una distinción. El enojo social puede ser, y a menudo es, legítimo. La furia contenida de una madre buscadora que ataca un monumento frente a la insultante inacción del Estado no es un performance; es el eco de una desolación infinita, la desgarradora impotencia que siembra la impunidad. En esos casos, la intervención al patrimonio evidencia la mentira que ese mismo monumento representa para quien ha sido abandonado por el sistema. Sería una injusticia mayor hacer caer el peso de la ley sobre quien nunca ha recibido el abrazo de la justicia.

    Salvo esas dolorosas excepciones, los activistas que atacan el patrimonio, erigiéndose como portavoces de causas universales, solo reflejan su propia ignorancia. Desconocen un principio fundamental: el patrimonio no le pertenece al gobierno en turno, ni al museo que lo alberga, ni al coleccionista que lo posee: le pertenece a la humanidad.

    Esta ignorancia va más allá de lo histórico; es una ceguera ante la naturaleza psicológica del arte mismo. Teóricos como Rudolf Arnheim demostraron que la obra es pensamiento visual, una estructura inteligente que exige, como diría Ernst Gombrich, la “parte del espectador” para completarse en un diálogo. El activista anula esta conversación y degrada la obra a un objeto. En su ceguera, rompe lo que Vygotsky llamó una “herramienta social de la emoción”, un dispositivo para la catarsis colectiva. Y en los casos más graves, atenta contra un arquetipo del inconsciente colectivo descrito por Jung, un símbolo que nos pertenece a todos en un nivel pre-racional. El acto vandálico se revela entonces no como una protesta, sino como la evidencia de una psique atrofiada, incapaz de participar en los procesos que nos definen como civilización.

    Estamos frente a un síntoma de una profunda neurosis cultural. El artista atacado se convierte en una figura paterna a la que se busca eliminar edípicamente. Es un intento infantil y narcisista de aniquilar la historia para que el propio “yo” y su causa se conviertan en el centro del universo. Creen que, eliminando el legado, su mensaje quedará como único referente. Es el berrinche de un niño que rompe un juguete que no le pertenece.

    Freud escribió en El malestar en la cultura que la civilización nos exige reprimir nuestros instintos, lo cual genera una tensión continua. Cuando las instituciones creadas para reforzar esta represión —la familia, la escuela, el Estado— se debilitan, el malestar se desborda en forma de violencia.

    Este es el precio de la mentira educativa y de una historia oficial que siembra rencor patrio para cosechar una violenta ignorancia movilizada. ¿Hasta cuándo nuestros libros se regirán por la agenda política del momento y no por el rigor científico e histórico? ¿Hasta cuándo los responsables de la cultura, la ciencia y la tecnología serán elegidos por sus afinidades y no por sus capacidades?

    Aunque es un problema global, las naciones son cada vez más gobernadas por la lealtocracia, un sistema donde la capacidad es irrelevante frente a la sumisión. Por eso los gobernantes presionan a las voces críticas; es más fácil censurar que debatir —incluso censurar que existe la censura—, usando la negación como mecanismo primitivo de defensa. Los valientes son pocos, y las voces disidentes dentro de los gobiernos serán cada vez menores.

    Las purgas patrias están a la vuelta de la esquina, porque no importa la razón cuando se considera que quien critica, combate. No entienden que el disenso no es sobre ellos, sino sobre el sueño de un país posible.

    El desprecio por la inteligencia tendrá consecuencias en un futuro desolador. Bajo el supuesto de que la cultura es clasista, individuos profundamente incultos pero empoderados por su colectivo tomarán el control de los espacios que antes fueron museos y centros históricos. Si no defendemos la razón, el mérito y la belleza, seremos testigos de la entronización definitiva de la ignorancia, donde las palabras críticas serán catalogadas como violencia o discursos de odio; donde los artistas e intelectuales serán cultural y políticamente aniquilados por aquellos que enarbolarán el resentimiento y la sinrazón.

    Y esa será una mancha que ningún restaurador podrá borrar.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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