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    La izquierda ya estaba derrotada en Chile. Se suicidó desde 2022, cuando se llevó a referéndum una propuesta de Constitución que recibió un rechazo del 62%. 

    Gabriel Boric, quien había ganado la contienda un año antes, precisamente contra José Antonio Kast, se sumergió en aguas broncas, con la obligación de respaldar un proceso que no conduciría y cuyos resultados fueron desastrosos. 

    El texto constitucional, redactado por una convención en la que sobresalieron personajes y propuestas radicales, alguna de ellas delirantes, dividió a la sociedad y activó a sectores de la derecha chilena.

    El afán progresista, que tenía el propósito de dar cauce a las protestas sociales de dos años antes, y que en buena medida catapultaron a Boric a La Moneda en 2021, se opacó por un diseño que trasformaba al Estado para convertirlo en plurinacional, con dos modalidades de justicia, la tradicional y la indígena y que imponía la desaparición del Senado.

    La falta de explicaciones, que se sumaron a la arrogancia y a la ignorancia, en no pocos casos, de los redactores de la propuesta hicieron el resto. 

    Más allá del contenido constitucional, que contaba con aspectos de avanzada, imperó una suerte de revancha social, un intentó de borrar a una parte de la sociedad, la que en apariencia es la privilegiada. 

    En el Chile actual, las diferencias ya no radican, o no lo hacen de modo preponderante, entre los referentes de la dictadura y la democracia, sino respecto a los dos proyectos constitucionales rechazados, porque los conservadores también tuvieron la oportunidad de presentar una propuesta que recibió la descalificación en las urnas. 

    Además, las urgencias que representa la migración, sobre todo la venezolana, aunadas a los problemas de inseguridad, permitieron que se construyera un espacio propicio para el triunfo del ultraderechista José Antonio Kast sobre la candidata oficialista, la comunista Jannette Jara. 

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    Kast, con todo lo que representa, porque él sí es un admirador de Augusto Pinochet y un nostálgico de los años de la represión, es el candidato con mayor respaldo en votos en la historia de la vuelta a la democracia. 

    El sufragio en Chile es obligatorio, desde hace algunos años, pero no deja de ser sintomático el resultado.

    La izquierda chilena se perdió en su laberinto y las consecuencias de ello pueden ser terribles. Tiene a su favor, sin embargo, que es democrática y comprometida con las reglas del juego. 

    Por fortuna, la democracia chilena es sólida y sus instituciones fuertes, donde la sociedad ha mandado reiteradamente el mensaje de que no quiere imposiciones. 

    El pronóstico es que Kast se mantenga acotado y que sus políticas se desarrollen en los márgenes institucionales. El riesgo, en cambio, es que hay una oleada de mandatarios iliberales, como Javier Milei en Argentina, que cambian el tablero y que no encuentran una resistencia adecuada de los partidos tradicionales. 

    Momento delicado, sin duda, pero conviene que cada uno se haga cargo de su responsabilidad. Bien harían en tomar ejemplo en otras latitudes.

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    Twitter: @jandradej

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