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    Por Edgar Alonso Angulo Rosas*

    Si realizamos una impresión diagnóstica de las nuevas reglas en el fútbol mundial, el resultado es evidente: las instituciones rectoras han decidido transformar la cancha en un quirófano. A través de una sobrerregulación implacable —que va desde vetos a estadios hasta expulsiones directas por taparse la boca al hablar—, se busca imponer una aséptica moralidad en el terreno de juego. Sin embargo, bajo la lupa de la psicología clínica y del comportamiento de masas, esta estrategia revela una fisura peligrosa: la represión individual o institucional no es, ni será nunca, una cura.

    Como Juan Villoro mencionó en Dios es redondo, el estadio es quizá el último reducto de la tribu, un espacio ritual donde la sociedad tiene licencia para proyectar sus neurosis, sus pasiones y sus demonios más primarios. El fútbol funciona como un espejo descarnado de la condición humana; por lo tanto, intentar “limpiar” las tribunas mediante la censura institucional equivale a romper el espejo simplemente porque nos horroriza nuestro propio reflejo. Los cánticos y la hostilidad verbal a menudo navegan sobre una línea difusa: a veces son producto del folclore y de la guerra psicológica inherente a la rivalidad; otras, cruzan hacia la patología social, encarnando la ignorancia a través de visiones de odio y xenofobia. No obstante, la esencia de la competencia no reside en la acústica de las tribunas, sino en la contundencia de la cancha. La narrativa del deporte se escribe con resultados, no con el ruido del entorno.

    La tribuna cuenta. En un Mundial atestiguamos, por ejemplo, el civismo ritual de Japón, donde la multitud limpia las tribunas al final del encuentro como un acto de honor y respeto; observamos el desborde de color, el ingenio y la picardía inagotable del folclore mexicano, que utiliza la grada como una catarsis festiva; y presenciamos el fervor visceral y la intensidad argentina, donde el aliento se ejerce como un dogma de fe. Pretender estandarizar estas expresiones tan disímiles bajo un mismo manual burocrático no solo es un acto de ceguera institucional, sino un intento absurdo de esterilizar la esencia misma que hace del fútbol el mayor fenómeno antropológico de nuestro tiempo.

    Validar la catarsis colectiva no es un salvoconducto para la barbarie; no se trata de extinguir el fuego de la grada, sino de darle un cauce. Sellar esta olla de presión con reglamentos asépticos solo provoca que la agresividad reprimida estalle en las calles o mute en linchamiento digital. El antídoto real exige canalizar esa pulsión estrictamente hacia el ritual del juego: permitir que la pasión se sublime en el aliento y se agote en los noventa minutos, asumiendo con madurez que el adversario no es un enemigo para aniquilar, sino aquel que le otorga valor a la victoria y honor a la derrota.

    De otra forma, el deporte es, en su esencia más profunda, la derrota de los prejuicios y la victoria más formidable sobre la xenofobia. Si bien la cancha no suspende las desigualdades del mundo, las confronta con una crudeza impecable, refutando de manera permanente la idea de que existen razas, pueblos o culturas naturalmente superiores. Hay ligas hegemónicas, sistemas de formación privilegiados y estructuras económicas asimétricas. Sin embargo, de las periferias más olvidadas y de países con carencias crónicas surgen invariablemente los talentos que derrumban las ficciones de la supremacía.

    Basta observar el rigor del fútbol contemporáneo. Hoy, la viabilidad de cualquier selección de élite depende orgánicamente de la diversidad: futbolistas afrodescendientes, integrantes de familias migrantes y talentos provenientes de los márgenes sociales son el motor irremplazable de la competencia global. Es la propia lógica del rendimiento, y no un decreto de escritorio, la que ha desmontado los prejuicios que durante siglos pretendieron jerarquizar a la especie humana. Ya sea ante la ideología de la Alemania nazi o con el puño alzado en las Olimpiadas de México de 1968, la historia ha confirmado que, en el deporte, es el talento y no la raza el factor que invalida cualquier ficción de superioridad.

    Por ello, si se busca combatir el racismo, se debe apostar a que el talento, y no la burocracia deportiva, sea el vocero de la causa. Estamos ante una disyuntiva clara entre censurar el entorno o empoderar al competidor. Un paralelismo reciente se vivió con el COVID-19: ante la crisis sanitaria, la política pública apostó inicialmente por la asepsia absoluta —esterilizar espacios, imponer barreras y promover el aislamiento total—, una estrategia que demostró ser insostenible frente a un virus con capacidad de mutación. El camino trascendental fue la inmunización: fortalecer al individuo a través de la vacuna. En lugar de intentar erradicar de forma estéril los patógenos de un mundo contaminado, se dotó al sujeto de la capacidad biológica para resistirlos.

    El fútbol moderno ha elegido el camino del desinfectante, olvidando que el desafío formativo no es imponer una cúpula de cristal que infantilice al competidor, sino promover el desarrollo de una profunda inmunidad psíquica. Si bien debemos caminar hacia estadios habitados por personas cívicamente formadas bajo la premisa del respeto multicultural, esto no se alcanzará mediante la prohibición punitiva, sino cuando la sociedad aprenda a admirar el mérito, independientemente del origen de quien lo encarna.

    Hugo Sánchez, en la España de los años ochenta, aterrizó en una liga donde la xenofobia no se castigaba con comunicados de prensa. Tenía 23 años recién cumplidos. A una edad en la que cualquier otro sería considerado un muchacho inmaduro frente a la brutalidad del mundo profesional, él pudo resistir. Se enfrentó a estadios enteros que lo recibían con cánticos denigrantes y el infame grito de “indio”. No hubo una maquinaria institucional que esterilizara el entorno para él; la carga de defenderse recayó enteramente en su arquitectura emocional inquebrantable. Él nos enseñó que las personas deben ser más fuertes que el más feroz de los agravios.

    No permitió que el insulto lo desestabilizara, sino que recurrió al mecanismo más elevado de la psique humana: la sublimación. Tomó toda esa pulsión de odio y la transformó en genialidad atlética. Cada gol, cada pirueta, cada chilena fue un golpe demoledor a la ignorancia, hasta llegar al punto de inflexión en el que el hostil público del Santiago Bernabéu terminó ondeando pañuelos blancos en señal de pleitesía. Ese acto silenció al racismo, obligó a una sociedad a confrontar su propia sombra colectiva y forjó un respeto absoluto por México. Fue la cura a través de la exposición directa: la grandeza aplastando a la patología.

    Hoy, la sobrerregulación deportiva inhibe la posibilidad de presenciar estas victorias morales. Si bien es cierto que las instituciones deben combatir el odio, las civilizaciones perduran cuando forman generaciones capaces de enfrentarlo sin ser derrotadas por él. La lucha contra la discriminación es un imperativo categórico que debe comenzar en los hogares, las escuelas y la formación cultural y deportiva, pero la victoria definitiva sobre el prejuicio no se decreta. Se conquista cuando la realidad de la competencia obliga al mundo a reconocer una verdad ineludible: el talento humano puede surgir en cualquier rincón, habitar cualquier rostro y derrotar, una y otra vez, la ignorancia de quienes se creen racial o moralmente superiores.

    Sobre el autor: 

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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