La intención manifiesta del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, de anexarse el territorio de Groenlandia ha pasado de ser una anécdota a una crisis diplomática real, dejó de ser una ocurrencia para convertirse en un plan de presión económica y eventualmente militar, mientras que Europa se prepara para buscar la forma de contrarrestar lo que se puede considerar ya como una declaración de ataque.
La campaña se ha intensificado para hacerse del territorio autónomo de Dinamarca alegando razones de seguridad nacional, sobre todo para contrarrestar la influencia rusa y china en el ártico, y así desarrollar la llamada “cúpula dorada” antimisiles.
Hace una semana Trump afirmó que tomará Groenlandia por las buenas o por las malas, amenazando incluso con acciones militares si lo considerara necesario, con el argumento de que el mundo ya no es seguro sin el total control estadounidense. Comprar Groenlandia es necesario para proteger América del Norte, según él porque Dinamarca no defiende el ártico de Rusia y China.
Después de eso, publicó el sábado pasado en su red social Truth, que impondrá aranceles del 10 por ciento a ocho países europeos, Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia si no aceptan venderle Groenlandia. El arancel subiría la 25% desde el primero de junio hasta que se logre un acuerdo para la compra completa y total.
Adicionalmente le envió una carta al primer ministro noruego Jonas Gahr Store, diciéndole que ya no está comprometido exclusivamente con la paz y donde cuestiona la soberanía danesa.
En contraparte, la Unión Europea ha convocado reuniones de emergencia en Bruselas, que pretenden imponer una suerte de represalia por alrededor de 93,000 millones de dólares mediante la suspensión de sus acuerdos comerciales con Estados Unidos, ante lo que ya se considera como un chantaje en contra de los países miembros de la OTAN.
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De la anécdota a la realidad: así es la crisis diplomática por Groenlandia
Lo que los líderes de la Unión Europea discuten y analizan, es la consideración de reactivar el plan de represalias que se había elaborado el año pasado ante las presiones arancelarias del gobierno de Trump y que se suspendió tras un acuerdo comercial tentativo en julio pasado.
Se trata de restricciones de acceso al mercado europeo, controles de exportación, bloqueos a inversiones y sanciones a empresas estadounidenses, a lo que el presidente de Francia Macron ha denominado como “trade bazooka” y Ursula Von Der Leyen, presidenta de la comisión europea, manifestó que Europa no se dejará chantajear, afirmando que hay unidad en la defensa de la soberanía aliada.
Se espera que la Unión Europea intente una gestión diplomática antes de pasar a una guerra comercial total que afectaría considerablemente a ambos lados, sin embargo, Donald Trump, es impredecible y está empecinado en su proyecto anexionista, por tanto es difícil pensar que aun y con el esquema disuasorio que preparan los europeos, sea fácil convencerlo, mientras tanto esas medidas también le afecten.
Trump está encaminado, y al parecer sin argumento que lo detenga, a cambiar el orden mundial, para establecer un formato imperialista que rebasa cualquier margen conocido en la historia reciente. Su ambición está por encima de cualquier equilibrio y más aun si se considera que en este caso ni Rusia ni China intervendrán, ya que la postura de Trump les conviene en cuanto al debilitamiento de Europa.
Aunque diera la impresión que el asunto de Groenlandia pudiera ser ajeno a México, si Trump se saliera con la suya, es evidente que eso lo va a empoderar más, independientemente del tema de la revisión del T-MEC, en relación a sus obsesiones de intervenir en nuestro país en contra del crimen organizado, porque si logra el objetivo desde su propia óptica y concepto, no habría nada que lo pueda detener en adelante y México es un punto esencial de esa agenda.
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