Podríamos haber supuesto que el momento crucial del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, iba a ser el resultado de la crisis diplomática por Groenlandia. Sin embargo, a pesar de que este haya sido afortunadamente favorable —esencialmente porque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio marcha atrás en sus intenciones—, lo que más sobresale es el choque de discursos.
Desde una óptica conceptual, la participación del primer ministro canadiense Mark Carney, que definió el “fin de una era”, es una definición analítica extraordinaria sobre el nuevo orden mundial. Pero más allá de los argumentos y su explicación, está la incertidumbre global sobre lo que acontecerá en adelante.
Carney reconoce un punto de inflexión para el mundo, describiendo el fin de una era de agradable ficción, que ha sostenido al sistema internacional por décadas: un orden basado en reglas, respaldado por la hegemonía estadounidense, que proporcionaba marcos para resolver disputas, un sistema financiero estable y la posibilidad de crecimiento y desarrollo.
Pero también expuso que ese orden era parcialmente falso. Las potencias más fuertes se eximían de las reglas cuando les convenía, el comercio se aplicaba de manera asimétrica y el derecho internacional variaba según los intereses de los actores involucrados.
El fin de esta era no es una transición suave: es una ruptura exacerbada por las crisis acumuladas en finanzas, salud, energía y geopolítica, al menos en las dos últimas décadas. Aunque en su alocución expuso varios ejemplos, el dato clave se resume en que las grandes potencias han convertido la integración económica en armas: aranceles como palancas, infraestructura financiera como coerción y cadenas de suministro como vulnerabilidades explotables. Esto marca el colapso de la ilusión de beneficio mutuo, que en realidad genera subordinación.
El fin de la era es una realidad brutal, donde la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a restricciones, sino que es una ruptura que debilita las instituciones multilaterales.
Como implicaciones derivadas del análisis, podríamos enlistar algunas probables consecuencias: aumento de la rivalidad entre las grandes potencias, sobre todo porque, si no se respetan las reglas, las superpotencias tenderán a imponer sus intereses por encima del orden mundial; pérdida de la estabilidad y la certidumbre; y riesgos económicos y de seguridad.
Desde una óptica equilibrada, sin exagerar en el pesimismo, actitudes como las del presidente Donald Trump destruyen, sin construir nada a cambio. Si de lo que se trata es de edificar un nuevo orden —y que este sea mejor—, es un momento de oportunidad, el problema es que la intención no va en ese sentido.
La disyuntiva radica en que Estados Unidos, China y Rusia, en franca condición imperialista, se puedan repartir el mundo y sus recursos en acuerdos regionales invasivos, mediante una lógica en la que no medie el derecho, sino únicamente los intereses de cada uno, en una suerte de equilibrio pactado entre ellos.
Si se sigue debilitando el sistema de pesos y contrapesos, y el voluntarismo se impone por ambiciones en las que no importan las consecuencias, vamos a sufrir una regresión a las épocas imperialistas y colonialistas de siglos pasados.
Europa logró frenar temporalmente a Trump en el tema de Groenlandia, pero eso no es una garantía permanente. Esto nos deja en un plano de incertidumbre constante, en un limbo incierto ante un escenario que podría ser caótico.
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