Por Guillermo Gutiérrez Leyva*
Durante mucho tiempo, “música latina” fue sobre todo una categoría. Una etiqueta útil para agrupar, para segmentar, para colocar en una sección del catálogo o en una playlist específica. Funcionaba como contenedor: adentro cabía todo lo que sonara en español o viniera de América Latina, sin importar demasiado la diversidad de lo que había dentro. Era una forma cómoda de nombrar algo que la industria no sabía del todo cómo medir.
Ese modelo de pensar la región ya no alcanza para describir lo que está pasando.
El informe IFPI Global Music Report 2026 que mide los ingresos brutos de la musica, publicado el pasado marzo, dejó un dato que cambia la conversación de fondo: por primera vez en la historia del informe, dos mercados latinoamericanos entraron simultáneamente al Top 10 mundial. Brasil en el puesto 8, México en el 10. América Latina fue la región de mayor crecimiento en 2025, con un aumento de ingresos del 17.1%, completando dieciséis años consecutivos de expansión. Esto no es el cierre de un ciclo de crecimiento. Es el inicio de una reconfiguración del mapa.
La diferencia entre ser una categoría y ser un mercado parece semántica, pero no lo es. Una categoría describe cómo se percibe algo desde afuera. Un mercado describe dónde se toman decisiones, dónde se invierte y desde dónde se define la dirección de la industria. Cuando Brasil y México entran al Top 10, la región deja de ser el destino al que llegan las estrategias diseñadas en otro lugar, y se convierte en uno de los puntos desde donde esas estrategias deberían originarse.
Los artistas lo están capitalizando con una claridad que a veces supera a las instituciones. En 2025, Bad Bunny realizó una residencia de 31 fechas en Puerto Rico — no en Las Vegas, no en ningún mercado “validador” del norte — con entradas limitadas a 35 dólares y los primeros nueve conciertos reservados exclusivamente para residentes de la isla. El impacto económico superó los 500 millones de dólares. Fue una demostración de que la audiencia latinoamericana tiene la masa y la fidelidad para sostener proyectos de escala global desde su propio territorio.
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Este año, Carín León lleva ese argumento todavía más lejos. Se convierte en el primer artista de habla hispana en presentarse en el Sphere de Las Vegas, el recinto más avanzado y de mayor recaudación del mundo, con siete fechas agotadas llevando música regional mexicana a un formato que hasta ahora había sido territorio exclusivo de actos anglosajones. No llega como apertura. Llega como titular. Eso no es solo un logro individual, es una señal de que lo que nace aquí puede competir en los mismos términos que cualquier propuesta global.
La pregunta relevante para la industria no es si esto va a continuar. Los números y los casos indican que sí. La pregunta es cómo se ajustan las estructuras de decisión para estar a la altura de lo que ya está ocurriendo. Los modelos de A&R, las estrategias de inversión, los acuerdos de distribución y hasta la forma en que se piensan los lanzamientos globales tienen que actualizarse a una realidad donde América Latina no es el mercado al que se llega después, sino uno de los mercados desde donde se parte y que el éxito en ellos, sobre todo en Mexico y Brasil, hace que puedas entrar en el top 100 mundial.
“Música latina” como categoría cumplió su función. Ayudó a que la región ganara visibilidad en una industria que tardó demasiado en voltear a verla. Pero hoy esa etiqueta se queda corta. Lo que hay aquí son mercados maduros, audiencias sofisticadas y artistas que están definiendo el sonido global sin pedir permiso para hacerlo y con un potencial economico tremendo que puede crecer al doble financieramente en la región en cuanto los precios al público de las plataformas de streaming sean más justos y lógicos por país.
El cambio no es que lo latino haya llegado al mundo. El cambio es que el mundo tiene que empezar a pensar desde aquí.
Sobre el autor:
*Guillermo Gutiérrez Leyva es Senior Vicepresidente de A&R, Sony Music Latin Iberia.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.










