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    Messi marcó su gol 18 en Copas del Mundo, superó a Miroslav Klose y de paso, durante unos segundos, el futbol volvió a parecer que lo juega una sola persona.

    Las cámaras no lo soltaron, las tribunas corearon su nombre y las redes hicieron de una jugada colectiva, una biografía individual. Definitivamente el récord merece aplausos, pero el proceso acepta una ligera revisión. Antes de que el balón llegara al pie izquierdo de Messi hubo movimientos que abrieron el espacio y una estructura que sostuviera la jugada. El gol requiere un autor, pero detrás de esta trama hay un sistema que orquesta el encuadre.

    La teoría de sistemas llama “emergencia” a lo que surge de las relaciones y que ninguna pieza tiene por separado. Una neurona, por ejemplo, carece de ideas. Once futbolistas aislados tampoco forman una selección. Así, el juego surge cuando sus decisiones se conectan. Alguien presiona, otro cubre, uno acelera y todos se afectan. Un lateral avanza porque un medio ocupa el espacio que deja. Una presión a destiempo abre un pasillo. Una defensa modesta que conserva sus distancias puede cerrarlo todo durante 90 minutos.

    También opera la llamada “retroalimentación”. Cada pase modifica el campo, provoca una reacción y altera la siguiente decisión. Así, un partido podría entenderse como una conversación que cambia mientras ocurre. Por eso una alineación repleta de cracks puede generar un futbol inútil, mientras Cabo Verde le habla a España y a Uruguay de tú.

    Me ha tocado ver empresas que suelen cometer el mismo error en plazas menos vistosas. Contratan a una estrella, le entregan un kit de bienvenida y esperan que la innovación brote antes de las 5. Luego descubren que la organización conserva áreas emproblemadas, líderes autocomplacientes e incentivos equivocados.

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    Pensar sistémicamente invita, como en la transmisión televisiva de un partido, a dejar de ver el balón y mirar los espacios, los vínculos, las demoras y los patrones. Un delantero que deja de presionar obliga a otro a correr más. Un CEO que concentra decisiones vuelve espectadores a diez personas capaces.

    Messi jala la mirada porque puede resolver en un instante lo que el resto apenas empieza a procesar. Su genio también depende de una red que le acerque la pelota, absorba riesgos y reconozca los momentos del encuentro. Cuando baja a recibir, alguien ocupa el frente. Cuando pierde el balón, otro va detrás de la jugada. Ahora que corre menos, el equipo aprendió a moverse alrededor de su pausa.

    Aplaudimos al héroe porque cabe en una portada, pero el sistema exige una explicación más elaborada. Los logros pertenecen también a quienes acomodaron el espacio para volverlos posibles. Cuando gritamos el nombre del héroe, ¿seguimos viendo el partido o ya olvidamos a los otros diez?

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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