Por Ana Lucía Herrera*
Vivimos un tiempo en el que la política dejó de construirse desde las instituciones y comenzó a girar alrededor de las personas. Antes, los partidos y las ideologías pesaban más que sus integrantes; hoy, el nombre y el apellido devoraron a la organización. Hemos pasado de la plataforma política a la marca personal, y en ese camino confundimos un buen candidato con un gobernante capaz.
Gobernar no es una campaña de mercadotecnia. Es tomar decisiones sobre lo que más valoramos: la seguridad, la economía, las oportunidades y el futuro de nuestras familias. Piensa en tu casa, tu patrimonio, tus hijos. ¿Le entregarías las llaves a alguien solo porque es simpático o popular en redes sociales? Seguramente no. Sin embargo, eso es lo que hacemos cada vez que votamos guiados por la emoción inmediata.
Las campañas nos inundan con promesas y planes de trabajo que cualquier equipo técnico podría ejecutar. Pero la política real ocurre en la crisis inesperada, en la coyuntura que no estaba escrita en ningún discurso. Ahí es donde el plan sobra y lo único que queda es el criterio del individuo.
Por eso la pregunta central es quién es realmente la persona que toma las decisiones. ¿Qué valores lo guían? ¿Cómo entiende el poder? ¿Qué considera justo? ¿Cómo reacciona bajo presión? ¿Cómo trata a quienes no pueden ofrecerle nada?
Elegimos gobernantes como quien compra un producto anunciado en redes sociales. El problema es que aquí no existen devoluciones. La sorpresa llega después de la compra, y las consecuencias no son un mal servicio: son el rumbo de un municipio, de un estado o de un país entero.
La diferencia entre un producto comercial y un gobernante es que el segundo tiene el poder de proteger o arriesgar nuestro futuro. No es un concurso de popularidad. La inteligencia y la capacidad de administración no siempre vienen acompañadas de “likes”. El voto debería ser un proceso de cabeza fría, de comparación profunda, de análisis del entorno humano del aspirante.
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Hemos normalizado votar desde la simpatía y la emoción. Pero los más populares no siempre son los más preparados. Mucho menos los más capaces de sostener un municipio, estado o país en momentos difíciles. El problema de fondo también es cultural. Hemos dejado de hacer preguntas profundas. Ya casi no analizamos trayectorias, no contrastamos discursos con hechos, no observamos comportamientos.
Viene un momento determinante: las elecciones de 2027. Es momento de cuestionar sin miedo, de hablar de política en casa, de fomentar el diálogo frente a la confrontación. Porque si no hay contraste de ideas, tampoco hay información suficiente para decidir con responsabilidad.
Hace poco, un joven me preguntaba por qué el gobierno no funcionaba como una empresa con un sistema profesional de carrera. La respuesta es simple: el gobierno no es una empresa porque el “cómo” importa tanto como el “qué”. El “cómo” es la ideología, la ideología es el criterio y el criterio es la persona.
El poder no cambia a las personas. El poder revela quiénes son realmente. Y ahí está la clave: observar cómo vive alguien el poder dice mucho más que cualquier slogan de campaña.
La política es congruencia o no es nada. La democracia no fracasa cuando gana alguien que no nos gusta. Fracasa cuando dejamos de cuestionar quién es realmente la persona a la que le entregamos el poder de decidir sobre la vida de nuestros hijos.
Sobre la autora:
*Con formación en gestión pública y experiencia en comunicación institucional, Ana Lucía Herrera, ha trabajado en proyectos de fortalecimiento organizacional y participación ciudadana. Se desempeña como Jefa de Despacho del Gobierno de Chihuahua Capital.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.










