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    Nunca habíamos producido tantas imágenes. Rise Above Research estima que en 2026 se tomarán alrededor de 1,95 billones de fotografías en el mundo, en su mayoría con teléfonos móviles. La cifra equivale a más de 5.000 millones de fotos al día. Pero lo importante no es solo su magnitud: revela que la imagen se ha convertido en una de las formas ordinarias mediante las que registramos, compartimos y comprendemos la realidad. 

    Durante siglos, la alfabetización fue una de las grandes conquistas democráticas de nuestras sociedades. Aprender a leer permitía acceder al conocimiento, participar en la vida pública y ejercer la ciudadanía. Pero conviene recordar que la alfabetización nunca consistió únicamente en descifrar palabras. Su propósito más profundo era aprender a interpretar: contextualizar, comparar, distinguir hechos de opiniones, reconocer intenciones y construir juicios propios.

    La lectura fue, en ese sentido, una escuela de interpretación, por lo tanto, la pregunta es si hemos desarrollado una pedagogía equivalente para una época en la que una parte creciente de los significados que recibimos ya no nos llega en forma de texto, sino de imagen. No se trata de oponer la cultura escrita a la cultura visual, ni de sugerir que leer importa menos. Al contrario: precisamente porque la lectura ha sido el modelo más exigente de formación del juicio, deberíamos preguntarnos qué ocurriría si aplicáramos a las imágenes un rigor semejante.

    Tendemos a pensar que mirar es una actividad inmediata, casi natural. Ver, en efecto, es una capacidad biológica. Pero mirar es una práctica cultural, y comprender lo que vemos exige referencias, contexto y aprendizaje. Del mismo modo que nadie desarrolla una lectura sofisticada sin haber leído antes muchos textos, tampoco resulta fácil interpretar imágenes sin haber construido una cierta cultura visual. El criterio necesita materia prima: necesita haber visto, comparado, reconocido patrones y aprendido a sospechar de lo evidente.

    Por eso la cultura visual no es solo una acumulación de imágenes. Es también un entrenamiento de la mirada. Ver mucho no garantiza comprender mejor, pero comprender bien suele exigir haber visto lo suficiente como para establecer relaciones.

    Un ejemplo sencillo ayuda a mostrarlo. Cuando contemplamos hoy El jardín de las delicias de El Bosco, no vemos lo mismo que vieron sus contemporáneos. Entre aquella obra y nuestra mirada se interponen siglos de pintura, fotografía, cine, televisión, publicidad, videojuegos e internet. El ejemplo no sirve aquí para hablar de creatividad, sino de interpretación: una imagen nunca se recibe en el vacío. La vemos desde lo que ya sabemos, desde lo que hemos visto antes y desde marcos culturales que hemos incorporado muchas veces sin darnos cuenta.

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    La nueva alfabetización: ¿y ahora quién nos enseña a mirar?

    Esta idea tiene una larga tradición. John Berger publicó Ways of Seeing en 1972 a partir de una serie de la BBC y lo convirtió en una referencia central para pensar cómo miramos las imágenes. Erwin Panofsky distinguió entre describir lo que aparece en una imagen, identificar sus convenciones iconográficas e interpretar su significado cultural más profundo. W. J. T. Mitchell habló del “pictorial turn” para señalar el peso creciente de lo visual en la cultura contemporánea. 

    Lo que antes podía parecer una preocupación propia de historiadores del arte, semiólogos o teóricos de la cultura visual se ha convertido en una competencia cívica básica. Las imágenes no solo ilustran ideas: las producen, las ordenan y las hacen emocionalmente eficaces. Una fotografía puede despertar compasión o miedo antes de que hayamos formulado un argumento. Un meme puede condensar una posición política con más velocidad que un editorial.

    La irrupción de la inteligencia artificial generativa convierte esta cuestión en algo todavía más urgente. Durante décadas, una de las preguntas básicas ante una imagen era si representaba fielmente la realidad. Hoy debemos formular una pregunta previa: ¿esa imagen corresponde siquiera a un acontecimiento real? 

    Las artes y las humanidades tienen aquí una tarea que no debería parecer periférica. La historia del arte, la filosofía, la estética o la semiótica, llevan mucho tiempo estudiando cómo las formas producen significado. Enseñar a mirar una pintura, una fotografía, un anuncio, un vídeo viral o una creación sintética no es un lujo erudito. Es enseñar a hacer preguntas sobre la realidad.

    Si la alfabetización fue el gran proyecto educativo de la era de la imprenta, la interpretación puede convertirse en el gran proyecto educativo de la era digital. Una parte esencial de esa interpretación pasa por aprender a leer imágenes: no para sustituir a las palabras, sino porque cada vez más significado circula visualmente, y es necesario formar ciudadanos capaces de comprenderla, cuestionarla y habitarla con criterio.

    Las imágenes no solo muestran el mundo. También contribuyen a construirlo. Por eso la gran pregunta de nuestro tiempo es si estamos aprendiendo a interpretar lo que vemos.

    (*) la autora es decana de IE School of Humanities.