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    El maíz es el cultivo que unifica a la región, y desde México, su cuna, hasta Estados Unidos, pasando por Centroamérica, Colombia, Perú, Chile, Argentina y Brasil, su producción, importación y transformación industrial revelan las paradojas del desarrollo latinoamericano. América Latina vive una contradicción con su propio origen, porque el cultivo que dio sustento a las civilizaciones mesoamericanas y andinas, y que hoy es el más producido del planeta, es al mismo tiempo símbolo de identidad y eslabón de dependencia estructural. El eje de ese contrasentido no es el grano sino el sistema que lo transformó, y por eso el maíz que alimentó a nuestros pueblos durante milenios ya no es el mismo que llega a nuestras mesas: hoy es ingrediente invisible de una dieta industrializada, presente en el refresco, en el pollo, en los empaques, mientras la conversación pública sigue centrada en su rol de alimento primario, como si el problema fuera solo de precio y no de estructura.

    No obstante, cada país tiene su propia historia con el grano, pero todos comparten una pregunta incómoda: cómo es posible que la cuna del maíz importe cada vez más del exterior, y cómo es que el alimento que nos dio origen se ha convertido en vector de una crisis de salud pública, dependencia comercial y erosión cultural.

    En primera instancia, antes de mirar a Latinoamérica hay que mirar al norte, porque Estados Unidos es el principal productor y exportador mundial de maíz, con una proyección cercana a las 385 millones de toneladas para la campaña 2024/25 y una superficie sembrada de 36.5 millones de hectáreas, según el USDA. Su Farm Bill destina más de 400,000 millones de dólares en periodos de cinco años a subsidios agrícolas, seguros y estabilización de precios, y el 90% del maíz que siembra es transgénico, de modo que su producción define los precios globales que terminan impactando a toda la región: detrás de cada importación de maíz amarillo en América Latina está, directa o indirectamente, el grano subsidiado que llega desde el norte. Sus tres principales destinos en la región son México, con el 31%, Colombia, con el 9%, y otros países de Centroamérica y el Caribe, según el Consejo de Granos de EE.UU.

    La paradoja del origen en México

    Por su parte, México es el centro de origen del maíz, donde se domesticó hace más de 9,000 años a partir del teocintle del valle del Balsas, según los estudios genéticos de Yoshihiro Matsuoka publicados en 2002 en Proceedings of the National Academy of Sciences, que demostraron un único evento de domesticación. En el país existen 64 razas criollas y más de 2 millones de unidades de producción siembran cada ciclo, según el SIAP, pero México importa entre 16 y 18 millones de toneladas de maíz amarillo al año, en su mayoría genéticamente modificado y proveniente de Estados Unidos. Ese maíz no llega a la tortilla, sino que alimenta pollos, cerdos y reses, y se transforma en jarabe de alta fructosa para refrescos y ultraprocesados, de modo que la paradoja resulta profunda: el país que le dio el maíz al mundo depende del exterior para sostener su modelo de producción de carne y alimentos industrializados.

    Centroamérica: memoria maya y dependencia

    Guatemala no es centro de origen, pero sí un territorio de enorme importancia para la diversidad del cultivo, ya que existen dos especies de teocintle y se han identificado 13 razas nativas, según el ICTA. Para la cosmovisión maya, el maíz es el centro de la creación, y el Popol Vuh narra que los hombres fueron hechos de maíz. Es así que el país produce 1.91 millones de toneladas, 90% de grano blanco para consumo humano, pero también enfrenta presiones para importar maíz amarillo destinado a la industria. Costa Rica, El Salvador, Honduras y Nicaragua comparten rasgos similares: tradición maicera, producción local de grano blanco para consumo humano y dependencia creciente de importaciones de maíz amarillo para sus cadenas pecuarias.

    Colombia: del autoabasto a la importación estructural

    A su turno, hay que decir que Colombia es un país megadiverso en maíz, con 42 razas nativas, según estudios recientes de la Universidad Nacional y el ICA, y más de 5,600 accesos registrados en bancos de germoplasma, en buena medida porque su posición geográfica, puente entre el sur y el centro del continente, jugó un papel clave en la distribución temprana del cultivo. Hoy produce entre 1.5 y 1.8 millones de toneladas anuales, según FENAVI, y cerca del 55% proviene de pequeños agricultores que siembran variedades criollas en sistemas tradicionales, mientras que el resto es maíz tecnificado que abastece a la industria de alimentos balanceados. Pero la producción nacional no alcanza, y por eso el país importa cerca de 2 millones de toneladas de maíz amarillo al año, según Acosemillas, principalmente para alimentar su industria avícola y porcícola: durante los años noventa, el área sembrada con cultivos transitorios disminuyó en 800,000 hectáreas como consecuencia de la apertura económica y la importación masiva de alimentos subsidiados.

    Perú: el maíz ancestral y la presión industrial

    En este caso, Perú es centro de diversidad del maíz, con 52 razas identificadas por el Banco de Germoplasma de la Universidad Nacional Agraria La Molina, lo que probablemente lo convierte en el país con mayor diversidad de formas, colores y usos culinarios, y el maíz morado, hoy valorado en mercados internacionales por sus propiedades antioxidantes, es apenas una muestra de esa riqueza. Sin embargo, la industria de alimentos balanceados, asociada al crecimiento avícola y porcino, ha impulsado la importación creciente de maíz amarillo duro, principalmente desde Estados Unidos y Argentina, según el Midagri, y el país enfrenta el desafío de equilibrar la protección de su biodiversidad con las demandas de un sector agroindustrial en expansión.

    Chile y Argentina: eficiencia y escala

    Sobre Chile, decimos que cultiva maíz mayoritariamente en sistemas tecnificados, con alta productividad por hectárea, y en el período 2024-2025 la producción nacional alcanzó las 489,594 toneladas en torno a 47,000 hectáreas sembradas, según ODEPA, una cifra cercana a las 500.829 toneladas registradas en la temporada anterior. Aun así, el país produce apenas entre el 40% y el 45% del maíz que consume, y el resto se importa, principalmente de Estados Unidos y Argentina, de modo que el modelo es eficiente pero enfrenta presiones hídricas y climáticas que obligan a repensar la sostenibilidad del cultivo.

    Argentina, por su parte, es uno de los grandes exportadores de la región, y para la campaña 2025-2026 se proyecta una producción récord de 61 millones de toneladas en 9.7 millones de hectáreas, según la Bolsa de Cereales de Buenos Aires. Tiene 43 razas nativas clasificadas por el INTA, pero incluso allí la expansión del monocultivo, el uso de transgénicos —más del 90% de su maíz lo es— y la concentración de la tierra atraviesan la discusión pública. Brasil, en tanto, es el segundo exportador mundial detrás de Estados Unidos, con una producción proyectada de 138 a 142 millones de toneladas para la campaña 2025/26, según la Conab, y el 95% de su maíz es transgénico, lo que contrasta con las restricciones legales de otros países y revela la ausencia de una posición unificada latinoamericana frente al grano que nos dio origen.

    Dos sistemas, dos lógicas

    En cada país conviven dos modelos productivos: el tradicional, en manos de pequeños agricultores y comunidades indígenas y campesinas, que utiliza semillas criollas, siembra asociada en milpa con frijol, calabaza, yuca o papa, mano de obra familiar y baja dependencia de insumos externos, y que alimenta a las personas y conserva la diversidad genética; y el tecnificado, orientado al monocultivo, que emplea semillas híbridas o mejoradas, fertilizantes químicos, mecanización y crédito, y que produce altos rendimientos cuya cosecha se destina mayoritariamente a la industria de alimentos balanceados. Uno produce para la mesa y el otro para la cadena industrial, y el equilibrio entre ambos se rompió en las últimas décadas.

    ¿Por qué países con tanta tradición maicera terminan importando? Por los subsidios y las políticas agrícolas, ya que el respaldo estatal estadounidense permite que ese maíz llegue a nuestros puertos a precios que ningún pequeño productor latinoamericano puede igualar. A ello se suman el crédito, porque los bancos prefieren financiar esquemas tecnificados con contratos de compra anticipada, mientras la milpa diversificada no encaja en esos parámetros, y los tratados comerciales: el T-MEC, los acuerdos con la OMC y los tratados bilaterales facilitaron el flujo de grano subsidiado del norte hacia la región. No es una conspiración, es una consecuencia estructural.

    Los guardianes de la diversidad

    A pesar de este panorama, la resistencia es silenciosa pero real. En México, millones de productores siguen guardando semilla criolla; en Colombia, comunidades indígenas y campesinas mantienen vivas 42 razas nativas; en Perú, el maíz morado y otras variedades ancestrales se abren paso en mercados globales. En Guatemala, iniciativas de conservación protegen las dos especies de teocintle, y en Estados Unidos, pueblos originarios como los Hopi y Navajo conservan sus maíces tradicionales. Estos guardianes no aparecen en las estadísticas de exportación, pero sin ellos la diversidad genética del grano —el seguro de vida de la humanidad frente al cambio climático—, ya se habría reducido drásticamente.

    El maíz es el cultivo más producido del planeta, con más de 1,200 millones de toneladas al año, según la FAO, pero menos del 30% se destina directamente a la alimentación humana, y el resto alimenta ganado, motores e industrias. La cifra debería detenernos, porque lo que estamos decidiendo, país por país, no es solo qué tipo de maíz sembramos, sino qué alimentación queremos, qué campo vamos a heredar y qué lugar ocupa la soberanía en nuestra escala de prioridades.

    América Latina no es solo una región que produce maíz: es la región donde el grano fue domesticado y desde donde se irradió al mundo, y esa condición no es un dato arqueológico sino una responsabilidad. El modelo actual nos ha llevado a una paradoja insostenible, porque producimos más grano que nunca y, sin embargo, dependemos cada vez más del exterior, tenemos más ultraprocesados en los estantes y menos tortilla de verdad en las mesas, y celebramos la diversidad genética en los discursos mientras la erosionamos en los hechos.

    La pregunta de fondo no es si el maíz transgénico es seguro, ni si los híbridos rinden más o menos, sino una más profunda: ¿queremos un sistema donde el maíz sea solo un commoditie global, sujeto a los vaivenes del mercado financiero y la geopolítica, o uno donde siga siendo, como fue durante milenios, la base de una alimentación diversa, culturalmente arraigada y nutricionalmente completa? El maíz no es solo un cultivo: es la estructura biocultural que hizo posibles a nuestras civilizaciones, y su transformación industrial redefine hoy nuestra soberanía alimentaria, nuestra salud pública y nuestra identidad como latinoamericanos. En cada plato, en cada tortilla, en cada elección de compra, estamos votando, sin saberlo, por el modelo que queremos. La pregunta es si vamos a seguir votando con los ojos cerrados.

    TRES MAÍCES, TRES FUTUROS (Recuadro)

    Criollo. Semilla que se hereda, se comparte, se guarda. Bajo rendimiento comercial, alta diversidad genética. Base de la alimentación tradicional y la resiliencia climática. No tiene dueño.

    Híbrido. Cruce controlado para maximizar producción. Alto rendimiento, pero la semilla pierde vigor: hay que comprarla cada ciclo. Favorito de la agricultura comercial. El agricultor depende del proveedor.

    Transgénico. Modificado en laboratorio para resistir plagas o herbicidas. Patentado. Diseñado para sistemas de monocultivo intensivo. Tiene dueño y se paga por él cada ciclo.

    Uno alimenta pueblos. Otro alimenta mercados. El tercero alimenta máquinas.

    Fuentes: USDA, FAO, CIMMYT, CONABIO, INTA, FENAVI, Acosemillas, ICTA, Midagri, Universidad Nacional Agraria La Molina, ODEPA Chile, MAG Ecuador, IBCE Bolivia, Conab, Safras & Mercado, Revista FAPESP, Grupo Semillas, Iowa State University, Proyecto MAIS, GEM, CTNBio, Croplife Brasil.

    N. De la R.: Este artículo está basado en el libro Con-Ciencia Maíz: Lo que comes, lo que crees, lo que pierdes, de Alfredo Neme Martínez (2026). Se trata de un ensayo narrativo y biografía cultural del maíz que explora cómo el grano pasó de ser el eje de las civilizaciones americanas a convertirse en el centro de un sistema alimentario global, y cómo esa transformación impacta la nutrición, la soberanía y la cultura en México y América Latina.

    (*) El autor es empresario y fue presidente de la Confederación Nacional de Agrupaciones de Centrales de Abasto A.C., encargada de representar al sector mayorista alimentario del país, además de cofundador del TMexpark, la plataforma logística de México.

    Este artículo forma parte de nuestras ediciones print del mes de Junio de 2026.

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