Hay elecciones que cambian gobiernos y hay elecciones que cambian estados de ánimo. La llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia pertenece a la segunda categoría. Con una diferencia inferior al 1% de los votos y una de las participaciones electorales más altas de la historia reciente del país, Colombia cerró una de las etapas políticas más intensas, divisivas y emocionalmente agotadoras de las últimas décadas.
El dato más importante de la elección no es quién ganó, sino cuánto votó Colombia. La reducción del abstencionismo y el aumento de la participación reflejan un fenómeno clave: cuando una sociedad percibe que el rumbo del país está en juego, la movilización deja de ser opcional. Millones de ciudadanos sintieron precisamente eso.
Durante cuatro años, el país operó dentro de una narrativa donde la confrontación fue más importante que la convergencia. Empresarios contra trabajadores. Campo contra ciudad. Capitalismo contra socialismo. Ricos contra pobres. La política dejó de ser una discusión sobre cómo crecer para convertirse en una discusión permanente sobre a quién culpar. A ese ecosistema político podría llamársele el Petroverso: un entorno donde el conflicto se convirtió en el principal activo de movilización.
Los números ayudan a explicar el desgaste acumulado. Entre 2022 y 2025, la deuda externa aumentó cerca de 27,000 millones de dólares. La deuda pública creció más de cuatro puntos porcentuales del PIB. El déficit fiscal superó el 6%. El deterioro fiscal estructural alcanzó 3,4 puntos porcentuales frente a las metas establecidas. Colombia volvió a enfrentar dudas sobre su sostenibilidad fiscal en un contexto de mayor incertidumbre global.
En materia de seguridad, las cifras tampoco acompañaron el discurso. Los grupos armados ilegales superaron los 27,000 integrantes. Las zonas de disputa crecieron más de 100%. El secuestro aumentó por encima del 130%. El desplazamiento forzado creció cerca del 85%. El confinamiento de comunidades se duplicó en múltiples territorios. Los cultivos de coca superaron las 280,000 hectáreas, con un aumento superior al 50% en producción potencial.
El aparato estatal también se expandió. El número de contratistas aumentó cerca de 57.7% frente a 2022. Miles de cargos adicionales fueron incorporados a la administración pública. Sin embargo, entre el 25% y el 40% del presupuesto nacional no se ejecutó en distintos periodos. El resultado fue una paradoja estructural: un Estado más grande, más costoso y con menor capacidad efectiva de ejecución.
En paralelo, el clima social se deterioró. Encuestas de percepción mostraron incrementos sostenidos en la sensación de inseguridad, incertidumbre económica y desconfianza institucional. El dólar funcionó como termómetro de esa volatilidad, reaccionando de forma inmediata a cada choque político o fiscal.
Ese es el contexto en el que emerge la campaña de Abelardo de la Espriella. Más que una campaña política tradicional, fue una operación de comunicación de consumo masivo. La narrativa del tigre, la manada y la recuperación del orgullo nacional operó como una construcción emocional más cercana a una marca que a un programa ideológico.
La campaña de la oposición, en contraste, intentó articular un relato inspirado en códigos globales de comunicación política progresista, con referencias indirectas a campañas como la de Zohran Mamdani en Nueva York, donde el eje era la idea de un socialismo capaz de gobernar a las élites urbanas. Sin embargo, en el caso colombiano, esa estrategia chocó con una característica estructural de la izquierda local: una narrativa históricamente atravesada por el resentimiento como elemento movilizador.
En términos de comunicación política, el resultado fue una mala traducción de un brief importado. Un modelo pensado para contextos urbanos altamente educados terminó enfrentándose a un electorado fatigado por la inseguridad y el estancamiento económico.
La campaña de Abelardo, por el contrario, se apoyó en una lectura distinta del contexto emocional del país. Su construcción simbólica se alineó con códigos de marca profundamente arraigados en la identidad colombiana contemporánea. En particular, su estética y narrativa dialogaron con una de las ejecuciones creativas más exitosas del país en las últimas décadas: la construcción de colombianidad alrededor de la marca Águila (ABInBev).
Esa conexión no es casual. Haber trabajado de cerca con equipos creativos y estratégicos me ha permitido observar cómo grandes talentos en ABInBev y sus agencias creativas lograron construir un imaginario de orgullo, pertenencia y celebración nacional que trascendió el producto. Ese mismo imaginario (optimismo cotidiano, identidad popular, orgullo cultural, celebración… Bacaneria) fue reinterpretado en clave política. En ese sentido, la campaña de Abelardo no inventó un lenguaje nuevo. Reutilizó uno ya instalado en la cultura visual y emocional del país.
Sin embargo, la estrechez del resultado electoral impide cualquier interpretación triunfalista. Ganar por menos de un punto porcentual no implica una hegemonía política, sino una sociedad dividida en dos lecturas simultáneas del país. Dos interpretaciones del rol del Estado. Dos visiones del desarrollo. Dos narrativas sobre el futuro.
Ahí aparece una figura clave para entender la siguiente etapa: José Manuel Restrepo. Economista, académico, exministro de Comercio, Industria y Turismo, exministro de Hacienda y una de las voces técnicas más respetadas del país. Su trayectoria representa una excepción en un sistema donde el capital humano frecuentemente migra hacia mercados internacionales. Su permanencia en Colombia es, en sí misma, una señal de construcción institucional.
La gobernabilidad del próximo ciclo dependerá menos de la victoria electoral y más de la capacidad de convertir capital político en capital institucional. Ese ha sido históricamente el gran cuello de botella del Estado colombiano: la dificultad de transformar mandatos políticos en capacidades administrativas sostenibles.
El reto del nuevo gobierno será, por tanto, estructural. No ideológico. La discusión ya no se define únicamente en el plano político, sino en el plano macroeconómico.
Colombia enfrenta una combinación compleja de bajo crecimiento potencial, inversión privada volátil, alta informalidad laboral (superior al 55%) y una prima de riesgo que ha mostrado sensibilidad creciente frente a la incertidumbre fiscal y regulatoria. Esa prima se refleja directamente en el costo de financiamiento del Estado y del sector privado, ampliando la brecha frente a economías comparables como Chile, Perú o México.
La inversión extranjera directa, históricamente ubicada entre el 3% y el 5% del PIB, ha mostrado señales de estancamiento relativo en periodos de mayor incertidumbre. En ese contexto, la confianza deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una variable macroeconómica con impacto directo en crecimiento, empleo y estabilidad cambiaria.
El dólar, como en ciclos anteriores, seguirá funcionando como un indicador adelantado de percepción de riesgo. En economías emergentes, el tipo de cambio no solo refleja fundamentos económicos, sino expectativas sobre estabilidad institucional.
A esto se suma un problema persistente de ejecución estatal. Diversos informes de seguimiento presupuestal han mostrado brechas significativas entre recursos aprobados y recursos efectivamente ejecutados en sectores clave como infraestructura, seguridad y desarrollo rural. Esa ineficiencia no solo afecta resultados, sino que erosiona la credibilidad del Estado como agente económico.
En ese contexto, la elección no representa un punto final, sino un punto de partida. Lo que está en juego no es únicamente la administración de un gobierno, sino la posibilidad de redefinir el ciclo económico y emocional de una nación que lleva más de una década oscilando entre la esperanza y la frustración.
El verdadero desafío del próximo ciclo no será ganar legitimidad, Será sostenerla mientras se construyen resultados equitativos para todos los colombianos, sin importar su inclinación política.
¡Porque Colombia es SENSACIONAL!
Sobre el autor:
*Luis Chacón es consultor global de negocios; enfocado en consumo masivo, estrategia competitiva, innovación, y prospectiva.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
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