El centro político se desvanece, esa es la primera lección de la primera vuelta de la elección presidencial en Colombia. La definición se tendrá que dar entre Abelardo de la Espriella de Defensores de la Patria e Iván Cepeda del Pacto Histórico y con el apoyo del presidente Gustavo Petro.
Ultraderecha contra izquierda, un Outsider frente a un representante de las corrientes tradicionales progresistas.
Es la consecuencia de gobiernos que optan, o son obligados, por la división y su efecto más notorio, la polarización.
El presidente Petro tiene una amplia base social, construida a partir de la política social, pero también almacena, porque los propició, amplios agravios en diversos segmentos de la población.
Eso es lo que aprovechó De la Espriella, el voto tradicional conservador y el de los que son desafectos al sistema. Se movió en el extremo y su éxito consistió en vender una historia de mano firme y de orden que desplazó a Paloma Valencia, la candidata de Álvaro Uribe.
De la Espriella tiene referentes y no solo no los oculta, los promueve: Donald Trump y Nayib Bukele.
Ofrece seguridad en un país que no ha podido terminar con la violencia, pese a esfuerzos constantes y acuerdos de paz.
De ser elegido, es difícil que logre lo que promete, y en todo caso, el costo de implementar políticas similares a las salvadoreñas puede ser inmenso.
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Cepeda está atrapado en la lógica que lo promueve, tiene atributos adecuados para conducir a Colombia, pero la cobertura de Pedro le deja poco margen.
Es esa paradoja de las campañas de los partidos que tienen el poder, la de la potencia que significa tener al gobierno de su lado, pero las estrecheces que eso genera, cuando los ciudadanos quieren escuchar que llegará un cambio.
Pero la coyuntura para los colombianos no solo es la de elegir entre polos opuestos, sino la de no equivocarse ante una aventura que puede resultar desastrosa.
Sí, el Pacto Histórico está muy lejos de ser una gran solución, pero el viraje radical mucho menos. En política, ya sabe, con frecuencia se vota para decir que no, para que no llegue el que es más perjudicial y no para encumbrar a su adversario.
En términos prácticos: no es que Cepeda sea el bueno, es que De la Espriella sí es peor y más en un escenario de avance de los populismos.
Lo que ocurre en Colombia, con diferencias y particularidades, puede dar pistas del futuro para México si continúa la lógica de la polarización y el descrédito, propiciado desde el propio poder, de la política.
Desplazar a los partidos tradicionales o marginarlos, suena atractivo en el discurso, pero tiene consecuencias funestas en la realidad. Por desgracia todo indica que lo atestiguaremos con el devenir colombiano.
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