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    Hasta hace unos años, China era un país misterioso, milenario en el que habitaba mucha gente y se fabricaban baratijas que el mundo adquiría con discreción ya que entendía que el que compra barato, compra a cada rato. Hoy, la realidad es otra. Ya no se le considera un país emergente sino una de las economías más poderosas del planeta. China es la fábrica mundial de automóviles, juguetes y computadoras.

    Si revisamos nuestro entorno, veremos que el eslogan “hecho enChina” invade nuestra realidad: es muy probable que en este momento, cada uno de nosotros estemos haciendo uso de algo que fue hecho en ese gigante asiático. No en balde, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump ha arremetido con cierta furia arancelaria contra los productos chinos.

    De acuerdo con los periodistas del New York Times, Alexandra Stevenson and Tung Ngo, China es efectivamente, la gran fábrica del mundo, sin embargo, hay algunas señales en el panorama que nos hacen ver que el ímpetu de crecimiento de China puede empezarse a encoger. Hay crecimiento en la fabricación de muchos artículos, pero no en calzado deportivo. China está perdiendo ese título ante la producción vietnamita.

    Las fábricas que rodean la ciudad que antes se conocía como Saigón y ahora lleva el nombre del revolucionario Ho Chí Minh producen suelas de espuma, plantillas blandas, agujetas de algodón y tela de malla. Las piezas son transportadas por camiones a los almacenes para ensamblarlas en zapatos. Luego, en los puertos cercanos, los contenedores de envío se llenan con cajas para marcas tan conocidas como Nike, Adidas, Saucony y Brooks Sports y se envían por el río Dong Nai hasta el mar.

    Cuidado. Con esto no estoy diciendo que China ha llegado a un punto de quiebre. No hay verdad más rotunda que en el mundo de los negocios: abandonar China es difícil de hacer.  Los chinos tienen un nivel alto de  control de las materias primas y su destreza como fabricantes en masa ha impulsado las ganancias y ha mantenido contentos a los consumidores. Al final, la nación comunista ha entendido el principio capitalista mejor que muchos gobiernos de derecha.

    La dependencia que el mundo ha mostrado frente a los productos chinos parece habernos metido en un atolladero. Los chinos son duros negociadores. Son excelentes vendedores y malos compradores. A primera vista, parece que la industria china lleva la voz cantante y no hay muchas alternativas para revertir esta tendencia. Por supuesto, esta realidad pone en una situación muy incómoda al mundo frente al poderío comercial chino.

    Tal vez, sea por eso que Donald Trump ha decidido administrar dosis dolorosas de aranceles y las ha aplicado como un padre que le da a su hijo un tónico repulsivo para que deje de verse escuálido. No sé si estará haciendo lo correcto el presidente de los Estados Unidos. Lo que sí se ve es que la industria del calzado deportivo está mostrando cómo se puede hacer para revertir esta dependencia. Aunque, momento. No es tiempo de echar las campanas al vuelo. Está claro que las grandes marcas todavía tienen enormes fábricas en China. Pero, también lo es  que ahora fabrican principalmente zapatos que se venden en China. Y, sí: Vietnam ha superado a China como la fuente número uno de tenis vendidos al mundo por Nike, Adidas y Brooks y otros.

    Claro que Vietnam no las trae todas consigo. Después de que el presidente Trump amenazó a Vietnam con un arancel del 46 por ciento, los precios de las acciones de Nike y Adidas se desplomaron. Desde entonces, los dos países han anunciado un pacto comercial inicial que redujo los nuevos aranceles al 20 por ciento.

    Nos toca aprender de los asiáticos. China abrió su economía. Vietnam vio lo bien que les estaba yendo y también lo hizo. Las industrias comenzaron a viajar por Asia en busca de costos y salarios más bajos en la década de 1970. Fue entonces cuando muchas marcas recurrieron a fábricas asiáticas para aumentar los máragenes de utilidad. Uno de los mejores ejemplos es la industria del calzado. Las fábricas en el este de Asia podían hacer zapatos baratos, rápidos y a gran escala.

    China abrió su economía a las empresas extranjeras en la década de 1980, y con ella el acceso a cientos de miles de trabajadores. De repente, China era más barata y atractiva. Las empresas surcoreanas y taiwanesas que trabajan para marcas globales de zapatillas trasladaron rápidamente gran parte de sus fábricas a territorio chino.

    Pero, subitamente, todo cambió en 2020, cuando China cerró sus fronteras cerca del inicio del brote de Covid-19. Los líderes empresariales con fábricas que cerraron se dieron cuenta de lo dependientes que eran de China. No fue una decisión difícil para los ejecutivos del calzado comenzar a trasladar recursos a Vietnam. Una cadena de suministro con “poca dependencia de China”.

    Si China es una fábrica que puede empezarse a encoger, el mundo empresarial debe estar atento para detectar las oportunidades que se pueden generar. Existe la necesidad real de imprimir velocidad a la comercialización y los socios a largo plazo ya han realizado inversiones en la cadena de suministro.

    ¿Qué debemos hacer frente a un punto de quiebre en el crecimiento acelerado de China? Algunos podrán entrar en pánico: es mucho lo que dependemos de ellos. No obstante, el análisis que lleva a la parálisis no sirve. Se trata de estar atentos y darnos cuenta de que frente a un evento de semejante magnitud, podemos estar vislumbrando grandes oportunidades. Se ha hablado tanto del nearshoring. Es momento de exigir que esas ventajas se traduzcan en efectos positivos, no hay tiempo que perder.

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