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    Nos armamos, casi sin darnos cuenta, un refugio contra el mundo real. Si hace frío, si ataca el hambre o se asoma el aburrimiento, basta con frotar la pantalla del teléfono para que un repartidor materialice el consuelo en la puerta. En ese afán por esquivar la incomodidad a toda costa, terminamos fundando la religión del microondas: la ingenua certeza de que basta desear algo con mucha fuerza y apretar los puños para que el universo nos lo entregue caliente y empacado en quince segundos.

    Frente a esta farsa, Millán Ludeña, autor de Inevitable (Grijalbo, 2025) y quien cuenta con un récord Guinness por correr desde el sótano del planeta hasta el punto más cercano al Sol, propone un diagnóstico personal. Habla de una nueva especie: el “ser humano planta”. Somos nosotros, anclados al sillón de la sala, haciendo una triste fotosíntesis con la luz azul del monitor. Sobrevivimos a base de likes, diminutos impulsos de validación que nos van secando el intelecto. Y para muestra, el síntoma más agudo. Después de pasar la semana apagando incendios ajenos, se estrella en la cara la “neurosis dominical”, un domingo por la tarde inmenso y vacío, un abismo de tiempo propio que corremos a tapar tragándonos media cartelera de streaming o comprando cosas que ni necesitamos.

    Conversar con él desarma excusas. Lo cuenta como quien habla del clima, pero Millán Ludeña creció librando ataques epilépticos, metido en tubos de tomografía y arrastrando una tartamudez severa desde los diez hasta los treinta y cinco años. La receta médica era una vida de fragilidad, quietud y sombra, pero su trayectoria ilustra que el destino es una sugerencia que uno tiene la opción de rechazar.

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    La propuesta para salir de la maceta es, sobre todo, terrenal. No tienes que visualizar la gloria ni abrazar al universo. Basta empezar tendiendo la cama. El cerebro, que es terco y adora las rutinas, anota ese minúsculo triunfo matutino y comienza a tejer algo parecido a la autoconfianza. 

    El autor advierte que la obsesión por el éxito de manual solo fomenta la cobardía. Con tal de proteger el ego y evitar manchar el currículum, achicamos la cancha y apostamos a lo seguro. Ludeña, quien planea ir a correr al espacio de la mano de Richard Branson, renunció al título de hombre exitoso para asumir el de “intentador”. Durante un ascenso ciego a la montaña, rodeado de niebla y sin recompensa visual en la cima, comprendió que el verdadero botín es la ruta. El apego queda en la expectativa del éxito; el desapego, que demanda una profunda humanidad, es lo único que nos libera de una frustración cíclica. 

    Solo que sacudirse el letargo implica un corte de caja, una desintoxicación dopamínica que obliga a soltar el teléfono y mirar de frente las heridas que, a menudo, dictan las acciones en automático. 

    Si los líderes y los tomadores de decisiones operan desde el egocentrismo y la falta de empatía, es indicio de un sistema diseñado para tapar vacíos en lugar de resolverlos. Al final, el reto que lanza Millán Ludeña es negarse a invertir tiempo en proyectos que no provoquen asombro o un miedo genuino. El cerebro es una máquina alambrada para procesar problemas y adversidades, no para coleccionar pretextos desde la comodidad de un sofá.

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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