La investidura de Rodrigo Paz Pereira como presidente de Bolivia marca un punto de inflexión en la historia reciente del país y, en buena medida, en el mapa político sudamericano. Tras casi dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS), encabezado primero por Evo Morales y luego por Luis Arce, el relevo político simboliza no sólo un cambio de liderazgo, sino el cierre de un ciclo ideológico. Paz asume el poder con un discurso que reivindica la reinserción internacional de Bolivia y el rescate de la institucionalidad democrática, pero también con el peso de una herencia económica compleja y un escenario social frágil.
El nuevo mandatario, hijo del histórico dirigente centrista Jaime Paz Zamora, llega al poder con la promesa de reconstruir un país que, en sus propias palabras, “recibe devastado”. Las reservas internacionales se encuentran en su nivel más bajo en tres décadas, las exportaciones de gas —motor tradicional de la economía boliviana— han caído, y la inflación presiona sobre los sectores más vulnerables. El desafío no es menor: reactivar la economía sin perder estabilidad social, atraer inversión extranjera sin renunciar a la soberanía sobre los recursos naturales y, sobre todo, restablecer la confianza en las instituciones.
El discurso de Paz se distancia del modelo estatista que caracterizó a los gobiernos del MAS, proponiendo una visión de apertura, diversificación y eficiencia. Sin embargo, el desafío político radica en gobernar sin mayoría legislativa, en un entorno donde los movimientos sociales —históricamente movilizados y con fuerte capacidad de presión— observan con cautela las primeras decisiones del nuevo Ejecutivo. La gobernabilidad será, por tanto, el primer gran examen del presidente: lograr consensos en un país donde el poder se fragmenta entre regiones, etnias y proyectos ideológicos divergentes.
En el plano internacional, Paz busca reposicionar a Bolivia como un actor confiable y cooperativo. Su gobierno ha expresado la intención de revisar acuerdos estratégicos, particularmente en materia de litio, con empresas chinas y rusas, para abrir espacio a nuevos socios europeos o norteamericanos. La presencia en su toma de posesión de líderes como Javier Milei, Gabriel Boric y Daniel Noboa revela una región expectante, donde la diplomacia boliviana podría transitar de la retórica ideológica a un pragmatismo económico. Este giro plantea una oportunidad para fortalecer la inserción del país en las cadenas globales de valor, especialmente en la transición energética, donde el litio ocupa un papel estratégico.
No obstante, la apertura internacional no garantiza resultados inmediatos. Bolivia enfrenta un contexto global volátil, marcado por la desaceleración económica china, el reacomodo energético europeo y la competencia por los minerales críticos. La clave estará en la capacidad del nuevo gobierno para diseñar políticas públicas que equilibren la atracción de inversiones con la protección ambiental y social, evitando repetir los errores de extractivismo sin desarrollo sostenible.
A nivel interno, la legitimidad del nuevo gobierno dependerá de su habilidad para ofrecer resultados tangibles en los primeros meses: estabilizar los precios de los combustibles, garantizar el abastecimiento básico y recomponer el vínculo con las comunidades indígenas, que fueron columna vertebral del proyecto político anterior. La reconciliación social será indispensable para consolidar una transición pacífica y evitar el retorno de la polarización.
Desde una perspectiva regional, el triunfo de Paz se inserta en una nueva etapa política latinoamericana caracterizada por la heterogeneidad y el pragmatismo. Lejos de los bloques ideológicos rígidos que definieron la primera década del siglo XXI, los gobiernos actuales buscan alianzas flexibles y resultados económicos concretos. Bolivia, con su vasto potencial energético y su ubicación estratégica, puede desempeñar un papel clave en la integración del Cono Sur, siempre que logre estabilidad interna y credibilidad externa.
En términos prospectivos, los próximos meses serán decisivos para medir la viabilidad del cambio. Si Paz logra equilibrar las expectativas ciudadanas con las restricciones económicas, Bolivia podría iniciar un proceso de modernización institucional y reinserción global. De lo contrario, la frustración social podría reavivar las tensiones que el nuevo gobierno promete superar.
El cambio de mando no representa sólo una alternancia, sino la posibilidad de redefinir el contrato político y económico de Bolivia. La promesa de Rodrigo Paz de “abrir Bolivia al mundo” es, en el fondo, un llamado a reconstruir la confianza: hacia afuera, en su papel como socio confiable; hacia adentro, en la capacidad del Estado para responder a su gente. Entre la esperanza y la incertidumbre, el país andino inicia un nuevo capítulo que pondrá a prueba su madurez democrática y su talento para reconciliar desarrollo y equidad.
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