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    El código civil es el último refugio de nuestra arrogancia frente a la naturaleza. Parecemos convencidos de que la única manera de salvar un ecosistema es obligarlo a comportarse como un ciudadano. Le otorgamos personalidad jurídica y esperamos que un río se defienda en los tribunales con el colmillo de un litigante. Sobre esta triste aberración yace el núcleo de Mal de río (Alfaguara, 2025), novela de Luisa Reyes Retana. 

    A partir de la inminente construcción de una hidroeléctrica que amenaza con asfixiar al Usumacinta, la autora enfrenta la esterilidad del derecho frente a la fuerza del caudal. El libro elude la complacencia del panfleto ecológico y plantea un dilema abisal: nuestra trágica necesidad de traducir lo salvaje al papeleo para fingir que tenemos el control.

    El protagonista, Príamo, es un abogado que sufre la condición que da nombre al libro. El mal de río no es una bacteria suelta en el ambiente, sino una somatización del territorio. Es lo que pasa cuando el cuerpo entiende lo que la ley ignora: que el paisaje no es un escenario, sino un órgano vital que nos estamos extirpando. 

    La autora prueba una tesis puntiaguda para el activismo de escritorio: la defensa legal del medio ambiente es, con frecuencia, una especie de duelo anticipado. Príamo intenta detener la hidroeléctrica con amparos y recursos, herramientas de una lógica humana que terminan siendo irrisorias frente a la indiferencia del agua.

    Así, la novela navega con la premisa de que la derrota no es el final de la resistencia, sino su estado más puro. Mientras que la narrativa occidental nos entrenó para exigir victorias épicas donde el héroe detiene la maquinaria en el último segundo, Luisa Reyes Retana recuerda que el Usumacinta fluye al margen de las victorias o fracasos humanos. El río tiene agencia propia. Una voluntad de ser que no requiere validación jurídica. Querer otorgarle derechos al río es, en el fondo, un acto de absurda colonización: es decirle al agua que solo vale si se parece a nosotros.

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    En Mal de río, la autora (abogada de formación) tunde la certeza de su propio oficio. Muestra que la justicia es una narrativa que nos contamos para pretender ordenar el caos, pero que se desmorona cuando se enfrenta a la violencia fundacional del progreso. La presa hidroeléctrica no es presentada como el arquetipo del antihéroe, sino como la manifestación física del olvido. El concreto que silencia el rumor del agua para encender focos en ciudades que ni siquiera saben de dónde viene su luz. Y muy probablemente ni les importará.

    Sentir nostalgia por el agua que corre libre es el primer síntoma de que todavía no somos del todo máquinas.

    Luisa Reyes Retana recuerda que en México la tragedia parece ser una atmósfera. Al situar la novela en un “casi” (ese hilo que no termina de romperse donde la catástrofe promete suceder, pero hoy no), la autora logra retratar la violencia sin necesidad de salpicar sangre. La amenaza de la presa funciona como un eco de todas las otras violencias que han azotado la región. Es el nervioso silencio antes del estruendo. Príamo no solo lucha contra una constructora, lucha contra la inercia de un país que normalizó la desaparición de sus paisajes con la burocracia con la que archiva sus muertos.

    ¿Cómo habla un río? No con palabras, sino con caudales y sequías. En lugar de antropomorfizar la naturaleza para lograr empatía, Luisa Reyes Retana opta por respetar su misterio natural. El río no debe explicación a nadie. Somos nosotros quienes balbuceamos leyes y amparos ante una fuerza que nos precede. Y que, con toda seguridad, nos sobrevivirá.

    Entonces viene el conflicto del protagonista: la pérdida del lugar como extensión del cuerpo. Para Príamo, el Usumacinta va más allá de presentarse como un recurso hídrico. Para él es una extremidad punteada. La autora explora cómo la defensa del territorio es, en última instancia, una defensa de la cordura. Cuando nos quitan el río, no solo nos despojan del agua. Nos quitan el telón donde suceden los recuerdos. Mal de río es, así, una novela sobre la orfandad de quienes se quedan sin piso, obligados a habitar un código postal que dejó de significar “casa”, mucho menos “hogar”.

    Al final, la literatura de Luisa Reyes Retana logra lo que ningún expediente judicial: restituye la escala de nuestra insignificancia. El mal de río infecta porque intuimos que el río, con o sin personalidad jurídica, con o sin nosotros, seguirá buscando su cauce hacia el mar. Y esa indiferencia es, quizá, la única y la más legítima de las justicias.

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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