Por Luis Javier Álvarez Alfeirán*
Hace unas semanas escuchamos una historia que parecía más salida de una serie de acción que de una realidad. El robo del Museo del Louvre. La joya del turismo francés que atrae a millones de visitantes cada año admirando en él tanto su arquitectura como sus invaluables obras de arte. El Louvre no sólo es un atractivo turístico sino un símbolo más de la Ciudad Luz, pero ¿qué nos deja este acontecimiento más allá del sensacionalismo mediático?
Pareciera que un robo así se haría de la forma más fantástica que la imaginación nos presente y, sin embargo, las imágenes muestran otra cosa. Frente a todos, una escalera y un camión bastaron para completar tan increíble faena. Pero lo inteligente del robo es que supieron los ladrones aprovechar la creciente invisibilidad que estamos alcanzando como sociedad. Somos invisibles a plena luz, fantasmas en la multitud.
Viajar en metro por las ciudades, detenerse en una plaza a observar el comportamiento de las personas debería consternarnos si no asustarnos, al darnos cuenta de que los teléfonos celulares nos cubren con un manto que no nos permite ver la realidad que sucede a nuestro alrededor. Ya no diferenciamos entre lo ordinario y lo extraordinario.
En medio de la hiperconectividad estamos desconectados de nosotros mismos y de los demás. La causa es lo importante si queremos entender el fenómeno que vivimos y evitar que suceda de nuevo. Para el filósofo Heidegger, esto se llama inautenticidad, es decir; vivir distraído por lo cotidiano o lo impersonal., o quizás es más bien como una fuga de la libertad, como diría Jean-Paul Sartré, donde vivimos evadiendo nuestra realidad para no hacernos responsables de ella.
En el primer caso, lo que preocupa es el cansancio que vivimos como personas en comunidad; el poco interés que nos genera aquello que no tenga que ver con nosotros mismos. Nos ha “agotado” la cantidad de información que tenemos a nuestra disposición y preferimos vivir distraídos en una dosis masiva de videos en tik-tok. La lectura seria, la cultura como valores humanos parecen ahora sólo otro medio de distracción, casi en extinción. El turismo como medio de crecimiento cultural y experiencial, –como ejemplo podríamos verlo en el mismo Louvre–, se ha vuelto un ansia por la fotografía famosa (un edificio, una pintura, un paisaje), los porqués no importan, importa sólo la apariencia, mostrar que “hemos estado allí”, pero ¿hemos estado verdaderamente?
En el segundo caso, que parecería más preocupante, la responsabilidad se evade disociándonos de nuestra realidad y trascendencia en el mundo. Es decir; nos aleja de nuestra condición trascendente de ser persona. La bondad, la belleza y la verdad que para Platón eran manifestaciones de una única realidad superior y que Aristóteles lo lleva más a fondo; al campo de la ética, a la búsqueda del bien como principio de toda acción. En nuestra sociedad moderna, dichas virtudes se van diluyendo en la invisibilidad de una vida vacía y superficial, una en la que un gran museo pude ser robado frente a nosotros y ni siquiera, –y aquí lo más grave–, lo notamos.
Hoy la noticia, por la importancia y relevancia de este, es un museo, pero la desgracia de mi vecino pude ser también un hecho cotidiano, la enfermedad de un familiar, la ruina de un amigo. ¿qué somo como sociedad si dejamos de estar dentro de la misma? ¿qué futuro estamos construyendo?
Hoy Europa vive en parte las consecuencias de este exagerado individualismo, su población, que buscó muchos años la comodidad y el bienestar individual decrece, y la ocupación de nuevas culturas aumenta amenazando su estilo de vida, su historia y patrimonio. No se trata sólo de inmigración, porque no hay una adaptación a la cultura receptora, por el contrario, se busca imponer las tradiciones de origen y en algunos casos incluso con violencia.
Los países parecen apenas despertar esperando que no sea demasiado tarde. La tolerancia no significa dejar de lado la responsabilidad de nuestra vida y de nuestra sociedad. No se trata de hacernos invisibles alienando nuestras costumbres y valores a la volatilidad superficial del adormecimiento cultural y personal.
Sobre el autor:
*Luis Javier Álvarez Alfeirán, MA, es director de Le Cordon Bleu-Anáhuac.
Correo: [email protected]
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