Recién estrenamos el mes y ya estamos sumergidos en un torbellino de compromisos, sensaciones, pensamientos, prisas, reflexiones. En los tiempos de aceleración social, diciembre es un complejo tapiz de emociones. Lo es para mí y para muchas personas ya que entrelaza la alegría de las fiestas, el recuento de logros así como de las pérdidas y los tropiezos. El último mes del año juega al ajedrez del alma, y en la mayoría de los casos, más que hacer un balance puede surgir un sentimiento de encajonamiento. Si lo permitimos, el síndrome del impostor hace de las suyas.
Las reflexiones revelan la dualidad de la celebración y la alegría, de la tristeza y el dolor, especialmente con eventos significativos. Por un lado, algunos habremos tenido grandes éxitos, cumplido sueños y traspasado metas, pero también habremos tenido pérdidas, destrozado sueños o desandado pasos. Eventos que ocurren en estrecha sucesión mientras se confronta el pasado y se evalúa las metas. Eso, en el ámbito personal.
Y, el el profesional, de pronto, nos damos cuenta que la ejecución de la estrategia no fue lo que habíamos planeado. Difícilmente lo es, las variaciones en los resultados son moneda de uso común. Y, en las juntas de evaluación, justipreciamos si alcanzamos el objetivo planteado, si nos acercamos, nos alejamos y en qué porcentajes. Y, aunque nuestros números sean buenos, podemos llegar a sentir que somos incapaces de internalizar logros y sufrimos un miedo persistente a ser descubierto como un fraude. ¿Por? En medio de tantas prisas, no nos damos la oportunidad de reflexionar.
También en le ámbito de trabajo en equipo. En diciembre llega el momento para verificar lo que significo nuestra colaboración. Llega el tiempo en el que se apuntará al que más sobresalió, el que no entendió el juego, la que fue una pieza clave, quien fue una piedra pesada de cargar. Estos balances pueden destapar al síndrome del impostor cuando el éxito no es satisfactorio, porque al poner metas tan altas, siempre se piensa que se podría haber hecho mejor.
Por supuesto, no podemos dejar de lado lo que sucede a nivel comunitario, en el mundo en el que vivimos. Al elevar la visión, podemos contemplar un profundo cambio de perspectiva después de un evento tan significativo como la mega atrocidad de la guerra —en donde quiera, lo mismo en Medio Oriente, en Ucrania o en donde vuelven balas y haya muerte. Un trauma como ese puede despertar gratitud por las bendiciones cotidianas que a menudo damos por sentado. Este nuevo aprecio por las alegrías simples de la vida es una fuente de fortaleza y motiva a perseguir aspiraciones, incluso en medio de la adversidad.
Nos toca revisar lo vivido. Nos reunimos con nuestros compañeros de trabajo para evaluar los resultados. Cenamos con nuestros amigos —algunos de los que vemos sólo una vez al año— para contarnos cómo nos fue este año. Y, en medio de esa cascada vertiginosa de eventos, vale la pena detenernos a pensar. Frente al espejo, nos miramos y descubrimos algo que no había ahí el año pasado. Hacemos recuentos y calificamos el grado de cumplimiento de los buenos deseos del año pasado.
Hay que observar con cuidado. Tener un fuerte impulso por el logro, a menudo al borde de expectativas poco realistas, al mismo tiempo que se siente el peso de la insatisfacción constante, puede ser asombroso pero también agotador. Tal vez podríamos aprender a abrazar un equilibrio que me permita satisfacer mis ambiciones mientras disfrutamos de placeres más simples: leer con calma, caminar o sentarnos a platicar cara a cara con nuestros familiares.
Sin embargo, la mente torturada trabaja hacia atrás. En el momento en que se deja llevar, hay algo de pesimismo. ¿Será que algo malo va a pasar? Nos preocupamos por nuestros negocios, por los resultados académicos nuestros o de nuestra gente, o tal vez, por alguna enfermedad —que es posible que ni siquiera exista—. De pronto, parece que la felicidad es difícil de alcanzar.
Para los perfeccionistas, el éxito para estas personas no suele ser satisfactorio, porque al ponerse metas tan altas, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. los individualistas rechazan la ayuda. Sienten que, si piden ayuda, no demuestran su valía. Los que sienten la obligación de ser los expertos suelen pensar que no han sido honestos en la selección y temen ser descubiertos. Los genios naturales se juzgan a sí mismos, se estresan y se agobian si no hacen las cosas con fluidez, rapidez y a la primera. Los súper humanos se presionan para trabajar más duro y dar la talla, pudiendo dañar su salud mental y relaciones sociales de las mismas.
Insisto en lo cuidadosos que debemos ser para tener a raya el síndrome del impostor, es decir, esa sensación de que nuestros logros son pequeños y nuestros traspiés son inmensos. Se trata de una valoración exagerada para aumentar lo negativo y minimizar lo positivo. La solución llega a través de la respuesta a una pregunta simple: ¿Podemos tenerlo todo?
Sabemos que no es así. ¿A qué estoy dispuesto a renunciar y por qué? ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar de mi personalidad imposible para encontrar algo de paz mental? El jugo se derrama en la computadora; necesito un descanso, quiero ir de vacaciones, necesito visitar a mi familia. No podemos todo, al menos no todo al mismo tiempo.
Tendemos a ver el vaso medio lleno, a veces incluso rebosante. Otros momentos sentimos que un segundo que no paso cumpliendo mi destino se desperdicia para siempre.
Así es diciembre, nos vamos balanceando entre la animación y la melancolía. Nos reímos y se nos brotan las lágrimas. Serán momentos de reflexión. Mirar al frente, fijar los ojos hacia el brillante cielo nocturno lleno de estrellas y sonreír al darnos cuenta de que cada año continúa resonando la historia de nuestras vida, una palabra a la vez.
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