Una experiencia que transforma el concepto de lujo en algo más difícil de medir: lo que permanece en nosotros después del viaje.

Había leído varias reseñas positivas sobre sobre este proyecto de bienestar ubicado en Playa del Carmen. Sabía que era una propuesta diferente, inaugurada en 2019 por Alex Ferri, pero no imaginaba hasta qué punto su filosofía atravesaría cada detalle de la experiencia.
Llegué ya entrada la noche, cansada y con la mente ocupada por varios temas. Desde la recepción sentí una energía muy tranquila. Me recibieron con una toallita húmeda y un agua fresca preparada con sakate limón, agave y menta, un gesto simple que parecía marcar el tono de todo lo que vendría después. Durante el check-in me explicaron el concepto del hotel y me colocaron una pulsera de madera con la característica hoja de Palmaïa, que además funcionaba como llave de acceso a la habitación. También me mostraron un código QR desde donde podía acceder a toda la información del hotel: actividades, restaurantes, experiencias y detalles de la filosofía del lugar.
través de ese mismo sistema entré en contacto con los Nomadic Guides, una figura que podría compararse con un concierge, aunque desde una mirada mucho más cercana y personalizada. Desde ese momento me integraron a un grupo donde distintos miembros del equipo se iban turnando durante la estadía para compartir recomendaciones, resolver cualquier necesidad y acompañar la experiencia de forma constante.
Luego subí a un carrito de golf que me llevó hasta la torre donde me hospedaría durante los siguientes días. El recorrido atravesaba un puente rodeado de selva y vegetaciónexuberante. En mi habitación me esperaba una vista privilegiada al mar, una carta de bienvenida y unos chocolates artesanales con forma de hongos de colores, un detalle que más adelante entendería como parte del universo simbólico que atraviesa todo el hotel.
Esa primera noche cené en Mar de Olivo, una propuesta mediterránea con influencias italianas. Mientras me dirigía al restaurante, me contaron el origen de su nombre: está inspirado en algunas regiones de Sevilla donde la inmensidad de los olivares crea la sensación de estar observando un verdadero mar de olivos. Poco a poco entendí que en Palmaïanada parece estar ahí por casualidad; detrás de cada espacio existe una historia, una intención o un significado.
A la mañana siguiente desperté temprano. Preparé un café y me quedé contemplando el mar turquesa desde la terraza. La playa estaba impecable y sin sargazo, algo que hoy se valora enormemente en Riviera Maya.
Mi primera actividad fue una sesión de Yoga Flow inspirada en Animal Flow, una práctica diferente, dinámica e ideal para comenzar el día con energía. Después participé en una clase de arte con Iva, donde aprendí técnicas de sombreado con lápiz. Más allá del dibujo, me llevé un aprendizaje que me gustó mucho: entender el arte como una forma de expresión. Iva me enseñó que, al observar, debía prestar atención principalmente a las formas, los tamaños y los contrastes de luz. A partir de ahí, simplemente dejarme llevar. Fue una experiencia tan sencilla como reveladora. Nunca me habíasentido tan cómoda dibujando, no ha sido desde la infancia mi fuerte y esta vez lo disfrute.
Luego fui a desayunar a Plantissa, una cafetería basada en plantas que me sorprendió muchísimo. Probé un Bomblet, una especie de omelette elaborado completamente a partir de ingredientes vegetales. Fue ahí donde entendí mejor el concepto de Bioma Nutritivo, una filosofía que busca que la alimentación no solo sea vegana o vegetariana, sino que también aporte nutrientes reales al cuerpo.

Después del desayuno me fui directo al mar. Aunque vivo en Cancún, hacía tiempo que no disfrutaba de un baño de sal tan reparador como ese.
Más tarde participé en la Ceremonia de la Tierra dentro del Gypsy Tent. Más que la experiencia en sí, me llamó mucho la atención el tipo de huéspedes que atrae Palmaïa. Sentí una presencia genuina, una intención compartida y una energía muy particular entre quienes participaban de las actividades.
Después caminé por la playa hasta Charly´s Vegan Tacos, elfood truck del hotel, donde probé unos tacos de setas inspirados en el tradicional taco al pastor. Nuevamente me sorprendió la creatividad de una cocina capaz de reinterpretar sabores tan conocidos. Durante ese recorrido también conocí AïA, la gran escultura de madera ubicada frente al mar y junto a un cenote. Según la filosofía del hotel, representa la voz interior que conecta a las personas con la naturaleza y la conciencia colectiva. Fue otro momento en el que entendí que Palmaïa no funciona solamente como un hotel, sino como un ecosistema de símbolos, experiencias y significados.
Fue también a lo largo de ese primer día cuando empecé a entender mejor el concepto de Gifting Lifestyle que atraviesa toda la propuesta de Palmaïa. Más que un modelo todo incluido, se trata de una filosofía que busca liberar al huésped de la lógica constante de calcular, decidir o pensar en pagos adicionales para que pueda concentrarse plenamente en la experiencia. La idea no es que el regalo sea la habitación, la gastronomía o las actividades en sí mismas. Según la visión del hotel, el verdadero valor está en aquello que cada persona puede llevarse consigo al partir: inspiración, herramientas, conciencia y nuevas formas de relacionarse consigo misma, con los demás y con el entorno.
Regresé caminando hacia mi habitación para descansar un poco antes de la última experiencia de la noche. Mientras revisaba el calendario de actividades, me di cuenta de que esa noche había un concierto de piano en el Mixology Lounge. La curiosidad pudo más y decidí acercarme un rato para descubrir de qué se trataba. Me encontré con un ambiente íntimo y relajado, donde la música acompañaba naturalmente el final de la tarde. Fue también otro recordatorio de algo que me había llamado la atención desde mi llegada: la cantidad de experiencias que Palmaïa pone a disposición de sus huéspedes. Entre ceremonias, clases, rituales, actividades creativas y propuestas musicales, el calendario ofrece alrededor de 50 experiencias semanales, todas integradas dentro de la estancia. Después de disfrutar un ratito del concierto, me dirigí a la cava de vinos del hotel, donde me esperaba una experiencia muy especial. El chef Rafael me había invitado a una cena degustación privada que reunía dos de los conceptos gastronómicos más interesantes de Palmaïa: Ume, inspirado en cocina asiática, y Lek, una propuesta mexicana reinterpretada desde una mirada muy creativa. Me sentí muy agradecida y agasajada por toda la experiencia. Los platillos, el entorno y la calidez con la que fui recibida hicieron de esa cena un cierre perfecto para el día. Sin duda, fue una forma muy especial de cerrar la noche y de conocer, en un mismo recorrido gastronómico, dos de las propuestas más representativas del lugar.

El amanecer del domingo fue especialmente lindo. Como hago todas las mañanas, salí a la terraza a realizar mi práctica de meditación y establecer la intención del día frente al mar.Después fui a conocer la zona de gimnasio ubicada en medio de la selva. Lo que más me sorprendió fue que siendo domingo por la mañana, el gym, estaba lleno. No es algo que me haya pasado en otros hoteles y fue otra señal de que muchos de los huéspedes parecen compartir una misma búsqueda: bienestar, movimiento y una forma más consciente de habitar el tiempo.
Luego me fui a desayunar a Su Casa, el restaurante ubicado al pie del mar. Tenía muchas ganas de conocerlo porque, además de su ubicación privilegiada frente a la playa, ofrece una propuesta inspirada en la cocina india. Algo que me encantó descubrir es que, como ocurre en todos los restaurantes de Palmaïa, no existe el servicio de buffet. Cada espacio cuenta con una propuesta propia y todo se sirve a la carta, permitiendo disfrutar cada comida de una forma mucho más pausada.
Después del desayuno participé en la Ceremonia de Gratitud, una práctica que me resultó especialmente cercana por la importancia que tiene la gratitud en mi vida cotidiana.
Al terminar tomé una de las bicicletas disponibles para los huéspedes y decidí recorrer la propiedad sin un rumbo específico. Fue una de esas decisiones espontáneas que terminan regalándote momentos inesperados.
Mientras avanzaba entre los senderos rodeados de vegetación, me encontré con un espacio dedicado a los bonsáis. Siempre he sentido una conexión especial con ellos. Hubo una época de mi vida en la que llegué a tener varios y disfrutaba enormemente de su cuidado. Encontrarlos ahí, en medio del recorrido, fue una sorpresa que me regaló un momento de pausa. Me quedé varios minutos en la contemplación y por supuesto, tomando fotos.
A medida que avanzaba por los senderos también fui descubriendo cenotes, pequeños rincones inspirados en la cosmovisión maya y distintos espacios que reforzaban esa sensación de misticismo presente en todo el hotel.

Más adelante me encontré con el espacio dedicado a los niños, una propuesta que me sorprendió gratamente. Lejos de los formatos tradicionales, aquí también se incorporan actividades vinculadas con la creatividad, la naturaleza y la atención plena. Inmediatamente pensé en Maximo y en las ganas de regresar algún día para compartir con él una experiencia tan alineada con muchos de los valores que forman parte de nuestra vida cotidiana. Antes de despedirme del hotel regresé una vez más al mar. Quería disfrutar esos últimos momentos frente al Caribe, caminar por la playa y guardar conmigo la calma que me había acompañado durante toda la estancia. Mientras me preparaba para regresar a casa, volví a pensar en aquella sensación que había tenido al llegar la primera noche y que entonces no había sabido explicar del todo.
Con el paso de los días entendí que no tenía que ver con una actividad en particular, ni con la gastronomía, ni siquiera con los espacios que hacen de Palmaïa un lugar tan singular. Tenía que ver con la coherencia.
La misma visión parecía estar presente en todo: en la relación con la naturaleza, en la alimentación, en los Arquitectos de la Vida, en las ceremonias, en la música y en la forma en que cada experiencia acompañaba al huésped.
Quizás por eso el concepto de Gifting Lifestyle termina cobrando sentido de una forma muy distinta cuando se vive. Porque no se trata únicamente de todo lo que está incluido durante la estancia, sino de aquello que cada persona integra y decide llevarse consigo cuando regresa a casa.
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