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    En política económica, la confianza no se mide con encuestas, sino con ingresos. Cada peso entrante al erario es una declaración silenciosa de certidumbre en el rumbo y promesa de retorno. Si la inversión es el pulso del mercado, la recaudación es el pulso del gobierno.

    Y en la Ciudad de México, ese pulso al cierre del tercer trimestre de 2025 registró ingresos totales con un crecimiento de 8 por ciento respecto al año anterior.

    Más que una cifra contable, ese incremento expresa una forma de estabilidad política traducida en comportamiento económico. Lo advirtió el titular de la Secretaría de Administración y Finanzas, Juan Pablo de Botton Falcón, al comparecer ante el Congreso capitalino: los ingresos crecen no solo por la eficiencia institucional, sino porque la ciudadanía confía en que sus impuestos están bien administrados.

    El mérito no radica únicamente en las políticas fiscales —que incluyen incentivos por pago anticipado con más de 2.5 millones de beneficiarios entre predial y tenencia—, sino en el tipo de relación simbólica que el gobierno capitalino, encabezado por Clara Brugada, construye con las y los contribuyentes.

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    La teoría económica ha explicado esta relación con distintos enfoques. Uno de los más influyentes es el de la “capacidad fiscal”, desarrollado por el economista alemán Richard Musgrave y ampliado por el estadounidense Joseph Stiglitz, según la cual la recaudación depende tanto de la estructura tributaria como de la legitimidad del Estado. Dicho de otro modo: la disposición a pagar impuestos crece cuando el ciudadano percibe que el gasto público genera bienestar y no se diluye en la opacidad.

    En la práctica, esto significa que los capitalinos están viendo resultados concretos. La Ciudad de México ha sostenido inversiones en infraestructura, movilidad, seguridad y programas sociales que fortalecen el tejido urbano y social. Esa tangibilidad convierte la tributación en un círculo virtuoso: se paga más porque se confía, y se confía porque se ve el retorno del pago.

    Desde el punto de vista conductual, la recaudación también es una narrativa colectiva. El “contrato fiscal” entre Estado y contribuyente se consolida cuando existe reciprocidad: los ciudadanos no huyen del fisco si perciben que el sistema es justo. Esa reciprocidad se traduce en datos como el aumento del cumplimiento anticipado y la disminución de la morosidad tributaria en la capital.

    Al final, recaudar es gobernar, y la salud de las finanzas públicas no se mide en pesos, sino en confianza.

    Sobre el autor:

    Salvador Guerrero Chiprés es Coordinador General del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano (C5) de la Ciudad de México.

    X: @guerrerochipres

    www.c5.cdmx.gob.mx

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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