Era sábado al mediodía cuando salí desde Cancún rumbo a la Riviera Maya. Venía casi que desempacando maletas, llegando desde Uruguay, con lo que implica un viaje tan largo al sur de Sudamérica.
Conocía Mayakoba, había estado en la zona en otras ocasiones, pero nunca me había hospedado ahí. Tampoco me había quedado antes en un Rosewood. Iba, como muchas veces, sin saber del todo qué iba a encontrar.
Rosewood Hotels & Resorts es una marca de lujo con presencia internacional que se distingue por su filosofía A Sense of Place: una forma de entender la hospitalidad que busca interpretar cada lugar desde su identidad propia, en lugar de replicar un modelo único.
En la Riviera Maya, Rosewood se inserta dentro de un desarrollo concebido bajo un enfoque de hospitalidad sustentable, rodeado de lagunas, manglar, selva y playa.

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Rosewood Mayakoba: habitar el equilibrio
La llegada, comienza antes de llegar al hotel. El acceso se hace a través de la caseta principal de Mayakoba, con señalización clara y ordenada que conduce directamente al punto de registro.
El recorrido es largo. Se avanza varios minutos en coche entre árboles,
vegetación densa y fauna propia de la región.
Al llegar al lobby, el espacio se abre de forma natural. Ahí se concentran algunos de los puntos centrales del hotel: la Casa del Lago donde está la alberca principal que es divina y el Zapote Bar, un restaurante bar mediterráneo de diseño cuidado y carácter propio.
La bienvenida incluye un trago llamado “Chayarita”, preparado con hoja de chaya, una planta emblemática de la región.
Por esa misma zona se encuentra el restaurante Agave, junto con las boutiques y otros espacios comunes, todo dispuesto de manera fluida y sin excesos.
Luego de observar el entorno, me invitan a bajar unas escaleras caracol y ahí me espera la embarcación que recorre los canales de la laguna. Se trata de embarcaciones eléctricas eco-friendly que navegan en silencio, integradas al paisaje como parte natural del recorrido. El traslado por agua confirma que, en este lugar, el entorno no es un decorado, sino parte activa de la experiencia. Me sentí como en “la Venecia del Caribe” porque fue algo inesperado y por lo tanto, maravilloso.
Mientras avanzábamos, iba contemplando el paisaje: muchas suites dan a la laguna, y yo seguía absorta hasta que el bote se detuvo en el muelle.
Ahí me estaban esperando para llevarme a la habitación. Me recibió mi mayordomo, ya que el hotel cuenta con servicio de mayordomo las 24 horas.
La suite donde me alojé fue una Ocean View. Como había anticipado, el acceso fue desde la laguna: la embarcación se detiene en un pequeño muelle, subes unas escaleras y apareces en un sendero con varias casitas/habitaciones todas numeradas y con sus bicis en la puerta.
Al abrir la puerta, me encontré con algo que no había anticipado: la habitación a la que me dirigía estaba a pie de playa, con vista directa al mar. Quedé, literalmente, de boca abierta.
Dentro de la suite me esperaba una mesa con guacamole y pico de gallo, acompañados por un mezcal. El mayordomo se ofreció a preparar una mezcalina u otro trago y me explicó el sistema de agua: se trata de Agua Chaac, embotellada dentro del propio hotel con el objetivo de reducir el consumo de plástico y ofrecer una alternativa sustentable.
El espacio de la habitación es amplio y bien resuelto. Combina cama, sofá, bar y el baño con un espacio aparte de espejo tocador y un jacuzzi de piedra preparado con sales, esponja vegetal y jabones artesanales. También tiene ducha normal y otra al aire libre de chorro.

Luego de darme la vueltita por los rincones de la habitación por supuesto que sali a la terraza y me acerqué al mar. La transición es inmediata, literal estas a pie de tu playa privada. La terraza cuenta con área de estar, comedor, alberca y un espacio reservado en la playa con camastros y sombrillas.
Tienen “servicio a tu puerta” , es decir, los meseros super buenos anfitriones se preocupan por lo que necesites sin invadir. Pedí un ceviche y pasé la tarde ahí, entre el mar, la contemplación de lo simple,
caminando por la playa y jugando a las paletas de madera.
La comida fue un punto alto durante todo el viaje, pero la cena en Punta Bonita merece una mención aparte. Ahí probé el carpaccio de res más rico que he probado hasta ahora.
El espacio es reciente; fue remodelado y reabierto hace poco y se nota. La propuesta combina cocina mediterránea con sutiles influencias españolas y francesas. Sin duda, es un restaurante que repetiría en cada visita.
Después de la cena regresé a la suite. La cama invitaba al descanso y la idea de despertar frente al mar terminó de cerrar el día.
El amanecer del domingo fue hermoso. Salí a hacer mi práctica de mindfulness para establecer la intención del día. Después comí algunas frutas, me preparé un café de los que tienen de cortesía en la habitación y me quedé un momento más frente al mar.
Más tarde tomé una de las bicicletas que el hotel pone a disposición de los huéspedes. Todo el desarrollo está conectado por senderos y puentes y el desplazamiento puede hacerse tanto en bicicleta como en carritos de golf. Yo por supuesto, elegí la bici.
Durante el recorrido llegué a La Ceiba Garden & Kitchen, un espacio abierto rodeado de huertos donde se realizan experiencias culinarias algunos días de la semana. Ahí cultivan hierbas como menta, albahaca y hoja santa. Me explicaron que el día anterior no se había realizado la experiencia por una boda, por lo que quedó como pendiente para un próximo viaje.
También me hablaron del Nature Trail, un sendero natural amplio y bien señalizado, exclusivo para bicicletas que conecta todo el desarrollo Mayakoba y permite incluso ingresar a los otros hoteles si así se desea.
En el trayecto hay distintos puntos de interés, como El Pueblito y áreas naturales donde se encuentra un mariposario y un cenote. El recorrido atraviesa tramos de vegetación densa, árboles de distintas especies y fauna local.
A lo largo del camino, el sendero bordea también el Camaleón Golf Course que aparece integrado al paisaje. El recorrido terminó siendo más largo de lo previsto, fui parando, observando y disfrutando cada tramo.
Después del paseo volví a la suite y me di un chapuzón en el mar. Más tarde, al atardecer, entré a la alberca privada climatizada de mi habitación.
Es en ese momento cuando el aire empieza a refrescar y la sensación del agua tibia se vuelve especialmente agradable. Al caer la noche opté por una cena ligera en Agave Azul, el restaurante
del hotel con una propuesta centrada en mariscos de Baja California con sutiles influencias asiáticas. Fue una buena forma de cerrar un día intenso sin excesos.
Después regresé a la suite con la intención de descansar temprano y despertar una vez más con el amanecer, para desayunar en Aquí Me Quedo antes de emprender el regreso a Cancún.
El amanecer del lunes fue hermoso. El sol apareció justo frente a la ventana de la habitación y la experiencia fue tan simple como levantarme de la cama, abrir las cortinas, salir y agradecer.
Mi reflexión final es la siguiente:
Llegué cansada, con el cuerpo todavía atravesado por un viaje largo y sin demasiadas expectativas. Y eso, curiosamente, fue lo que permitió que todo ocurriera.
No hubo búsqueda ni intención previa. Solo estar, recorrer, descansar y dejar que el lugar se revelara a su propio ritmo. Talvez, en definitiva, de eso se trate, llegar a un lugar y permitir que sea su propio entorno, su tiempo, su paisaje y su silencio el que marque el sentido de la experiencia.
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