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    En México, lo provisional dura aún más que lo permanente. Se instala como emergencia, echa raíces por colmillo y termina siendo costumbre inofensiva. Algo así pasó con la presencia militar en la vida pública. Surgió como una medida excepcional. Después, una estrategia política. Ahora vemos soldados en los aeropuertos.

    De eso se ocupa el periodista Ernesto Ledesma, como coautor del libro Cruzando la línea. Su preocupación, que debería ser compartida por la ciudadanía, es que el ejército pasó de realizar tareas de seguridad, a ocupar espacios que antes pertenecían al espacio civil. Hoy gestionan puertos, aduanas, aeropuertos y obras estratégicas. ¿Qué busca un país que empieza a resolverlo todo con uniforme? ¿Será que pretende corregir una falla o cambiar el carácter del propio país?

    La iniciativa no vino de la nada. Las policías locales son de adorno y la corrupción se volvió manual interno. Pero una cosa es apoyarse en las Fuerzas Armadas y otra es entregarles funciones civiles, dice Ernesto Ledesma. Es como si la debilidad del Estado se curara multiplicando soldados.

    Como en la actual escena partidista, el núcleo del problema parece estar en la ausencia de contrapesos. En cualquier democracia, un poder que gana territorio necesita, por diseño, ganar también vigilancia. Pero estamos en un proceso invertido: mientras más atribuciones reciben los militares, menos discusión pública hay sobre sus límites. La opacidad se disfraza de disciplina y la disciplina, de solución general.

    En todo esto hay algo muy mexicano. Como no pudimos construir instituciones civiles que funcionen, decidimos admirar a la única estructura que al menos parece obedecerse a sí misma y que por lo mismo guarda una residual admiración social. La fascinación por el orden empieza como remedio contra el caos, pero hay evidencia de que termina como arrepentimiento histórico.

    También hay algo que ayuda y es una vieja costumbre nacional: confundimos seriedad con solemnidad y autoridad con silencio. En México, al funcionario civil se le pide rendición de cuentas, al menos en papel; al militar, no queda claro. Uno tendría que dar resultados. El otro basta con que aparezca, se cuadre y salude.

    El diagnóstico de Ernesto Ledesma obliga a voltear a ver algo que el país prefiere no pensar: la militarización no solo responde al fracaso civil, también lo vuelve más cómodo. Si va a haber soldados que cubran la fractura, ¿para qué reconstruir policías, fiscalías y gobiernos locales? México perfeccionó una trampa muy suya, convertir la indolencia institucional en estrategia.

    Y esa estrategia tiene una ventaja política nada despreciable, desde la óptica de Ernesto Ledesma: el ejército no discute en conferencias matutinas, no hace plantones ni huelgas, no pelea por reflector, ni compite en elecciones. Es el elemento idóneo para cualquier poder que busque decidir sin que lo fastidien: obediente, vertical y con una reputación que pocos se atreven a cuestionar.

    Solo que la realidad trasciende al mando. ¿Cuántas ciudades militarizadas siguen padeciendo el mismo nivel de inseguridad? Podemos poblar de retenes y cuarteles el país, pero sin las garantías sociales indispensables del pacto social. La paz y la tranquilidad de los ciudadanos no se logra viendo más uniformes, sino recuperando la vida civil. Esa que está extraviada desde hace décadas y se pretende resolver con decretos y declaraciones.

    Incluso, parece que hasta el criterio se rindió. Cuando candidatos, se perjuraba el orden civil. Hoy, ya ni siquiera discutimos si la expansión militar es temporal. Damos por hecho que llegó para quedarse, como si los estados de excepción vinieran con suscripción vitalicia. Normalizamos lo extraordinario por apatía, flojera o desdén.

    Cruzando la línea propone regresar a hacernos preguntas. A extrañarnos. A levantar la ceja y cuestionar quién le pone límites al poder cuando el poder se expande como quiere. Porque las crisis aquí, ya sean micro o macro, tienen la mala costumbre de hacerse costumbre. Y cuando eso ocurre, la sorpresa se va incrementando hasta que un día descubrimos que lo civil quedó arrinconado, sometido y pidiendo permiso en su propia casa.

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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