Tengo un amigo que alardea con la promesa de que vivirá 125 años. Sus proyecciones dividen la mesa en la que comparte el tema, no solo por estridente, sino por preciso.
Más rápidos, más altos, más fuertes, más viejos. El espíritu Olímpico puede inspirar una superación hilvanada con los valores humanos más encomiables, como el esfuerzo y la disciplina, pero hay voces, como la del futurista Jim Dator, que se preguntan si el sentido del progreso humano está puesto, solo en romper récords que dan forma a una visión incrementalista de la realidad.
¿Se puede vivir hasta los 125?
La expectativa de vida se ha alargado conforme domesticamos nuestras ansiedades, pero el umbral de la misma representa una nueva carrera espacial que se libra contra el enemigo común, la impermanencia.
Jeanne Calment es el nombre de quien tiene la marca de haber vivido más años hasta el momento. La francesa llegó a los 122 y este hecho desencadenó que la ciencia médica se hiciera algunas preguntas al espejo.
Una de ellas apuntó al promedio real de vida que tiene el cuerpo humano como diseño sistémico. Algo así como la duración de la batería del celular. Varios científicos —entre ellos Aubrey de Grey (Fundación SENS), David Sinclair (Harvard) y George Church (MIT) piensan que el verdadero límite biológico del cuerpo ronda los 125 años y si no alcanzamos este umbral se debe al impacto negativo que las costumbres y el medio ambiente generan en nosotros. Nos hemos vuelto rehenes de los descuidos históricos.
Aun así, el mismo Dr. de Grey asegura que en menos de 8 años tendremos terapias para frenar el envejecimiento y —conforme se vayan perfeccionando— estas permitirán al ser humano vivir indefinidamente.
Los siguientes pasos de la ciencia
Es de dominio público que Elon Musk pretende poblar Marte y envasar su conciencia en un Tupperware para reinsertarla en otro cuerpo en un futuro. Por encima de la anécdota, esta concreción de imágenes funciona como un conjunto de pivotes en el desarrollo especulativo de la ciencia y la tecnología.
De ahí que no son pocos los billonarios que recientemente han puesto inversiones en empresas de longevidad biotecnológica en busca de métodos científicos y procesos que retrasen la muerte.
Un ejemplo dentro de esta carrera es la intervención génica, que busca reprogramar la información celular para revertir el envejecimiento. También están las terapias regenerativas y la intervención de células madre, que tendrían la función de reparar o reemplazar tejidos para extender su vida útil hasta que sean reemplazados —por medio de ingeniería de órganos— con impresión 3D.
Pero no es necesario ir tan lejos, los diabéticos tienen en sus manos un medicamento —la metformina— que es parte de su tratamiento y que se encuentra bajo la lupa (o el microscopio). Resulta que este compuesto parece contar con el potencial para extender la vida al mejorar la respuesta del cuerpo ante los efectos del envejecimiento. Y así van surgiendo nuevas referencias y posibilidades de investigación y cultivo de la longevidad, como la farmacología del envejecimiento.
¿Para qué morir?
No mueras, dice Bryan Johnson en sus gorras y playeras que buscan propagar el sistema Blueprint, un método de biohacking con el que su creador de 46 años, redujo 5 —a su edad biológica— en 12 meses y su meta es regresar a los 18 años.
Preguntar “para qué” puede sonar iluso y revelador a la vez. Hay quien ve en la extensión de la vida, segundas oportunidades o una mera puerta de ampliación de trivialidades. Vivir más —por sí mismo— necesita el componente “mejor” para sentarnos entonces a discutir las repercusiones éticas, ambientales, económicas y sociales.
Que el cuerpo envejezca más lento puede referir a un ideal humano en su intención por hacer propio lo ajeno. Ante el espejo, hay quien sigue buscando la imagen de otro.
Contacto:
* Eduardo Navarrete es especialista en Estudios de futuros, periodista, fotógrafo y Head of Content en UX Marketing.
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