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    La única motivación de fondo que compartimos los seres humanos es la incomodidad. Sin ella, el conformismo y la desgracia marcarían nuestra agenda diaria. Esa incomodidad, discreta pero constante, encuentra en el lenguaje su canal favorito de interacción con el entorno.

    No hablamos porque sí; hablamos porque algo nos inquieta: el hueco de una duda, el ángulo de una idea, la necesidad de ser comprendidos. Si estuviéramos completamente satisfechos, callaríamos como los objetos. Pero el ser humano es un animal que duda, que se desajusta, que oscila entre lo que sabe, lo que ignora y lo que pretende. 

    La palabra es el puente entre el saber y la incertidumbre, entre lo que conocemos y lo que aspiramos a comprender. Hablar es siempre un intento, nunca un destino definitorio.

    La digitalización del lenguaje

    El lenguaje cotidiano refleja tanto prioridades como preocupaciones. Basta revisar cualquier conversación digital para notar cómo hemos transformado el vocabulario: los emojis son un nuevo lenguaje emocional y los términos tecnológicos se infiltraron en los diálogos más íntimos.

    Hace algunos años, decir que alguien “hacía clic con nosotros” era una expresión marginal, usada casi exclusivamente por entusiastas de la informática. Hoy, hablar de informática como especialidad remite al Pleistoceno; el riesgo latente es no hacer clic en la conversación cotidiana. 

    Los emojis, por su parte, han asumido la responsabilidad de un problema que Marshall McLuhan anticipó: los medios digitales enfrían la comunicación al conectar a personas que no comparten un mismo espacio. ¿Cuántos malentendidos surgen en los chats por usarlos como sustitutos de una conversación en persona?

    Así, sintetizamos la complejidad del ánimo humano en un pulgar levantado, una cara con corazones en los ojos o una lágrima solitaria. ¿Puede un ? capturar la reacción ante la propuesta de cambiar el nombre del Golfo de México al Golfo de América? Quizás el emoji nos protege del riesgo de exagerar cada emoción.

    ¿Qué dice el lenguaje de ti?

    Nuestro lenguaje se adapta para ser eficiente, como si cada frase fuera un mensaje que debe enviarse antes de que la conexión a internet se pierda. Decimos que necesitamos “desconectarnos de todo” cuando buscamos un respiro, nos “reseteamos” tras una crisis emocional y entramos en “modo avión” para aislarnos preventivamente y bajarnos del mundo un ratito. Cada aspecto de nuestra vida se reconfigura con usos del lenguaje tecnológico, no solo para sonar cool, sino para ser comprendidos en la vida cotidiana.

    Sin embargo, este fenómeno plantea preguntas más profundas. ¿Qué sucede con las emociones que no caben en un emoji? ¿Qué ocurre con las experiencias humanas que no pueden traducirse a términos tecnológicos? Existe el riesgo de que lo que no podemos nombrar se diluya en nuestra percepción, como si el lenguaje filtrara la realidad y determinara qué merece ser vivido.

    Tal vez sea momento de reflexionar sobre lo que el lenguaje dice de nosotros, del mismo modo en que lo hacemos con el peinado o el vestir. No se trata de rechazar emojis ni desterrar términos digitales, sino de moldear nuestras prioridades en lugar de aceptar pasivamente las que dicta el mundo digital.

    Contacto:

    * Eduardo Navarrete es especialista en Estudios de futuros, periodista, fotógrafo y Head of Content en UX Marketing.

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