Por Edgar Alonso Angulo Rosas*
De todos los crímenes presentes en las sociedades contemporáneas, pocos duelen más que los cometidos contra las mujeres y, dentro de estos, privar de la vida a una mujer representa una completa sinrazón. Matar es reprobable desde todos los puntos de vista: jurídicos, morales, religiosos, personales, bioéticos; pero matar a una mujer supone, además, un agravio contra todos. Más allá de la condena unánime, debemos estudiar las múltiples causas, algunas de ellas invisibilizadas por las fuertes emociones que provoca la crudeza de las noticias que vemos cotidianamente.
Ya sea una madre buscadora, una influencer, una joven que camina sola, una ama de casa o una niña de preescolar, la impotencia colectiva se apodera de nosotros. Resulta difícil enfrentar el miedo que supone hacer denuncias, aunque sean anónimas, o encarar a los violentadores: lo primero, por la desconfianza en el aparato de justicia y, lo segundo, por la propia seguridad personal y familiar. Se supone que no estamos entrenados para las confrontaciones físicas, mucho menos cuando entre los victimarios es común el uso de diversos tipos de armas, además del miedo a las represalias. En este contexto, hoy en día, la acción colectiva, salvo raras ocasiones, no logra ser un mecanismo de protección efectivo para la mujer. Y cuando la frustración social ante la inacción o ineficacia de la justicia estalla, pueden ocurrir linchamientos, lo que nos lleva a cuestionarnos si la justicia por propia mano es el camino correcto.
Pero ¿cómo explicamos que, en la era de la posmodernidad, de la inteligencia artificial, de los grandes avances científicos y tecnológicos, sigan existiendo conductas tan primitivas? ¿Cómo entender que incluso entre el crimen organizado se haya roto el “código de honor” que supuestamente impedía atacar a mujeres y niños? ¿Qué factores rodean a las víctimas y cómo podemos prevenir y disminuir la comisión de este delito?
Un diagnóstico adecuado permitirá que la política pública sea más acertada y que lleguen a las familias estrategias de prevención; además, en cierta forma, permitirá empoderar a las mujeres en relación con su propia seguridad.
Muchos de los actos criminales en el mundo se cometen bajo el influjo de drogas, incluido el abuso del alcohol. Si bien es cierto que la mayoría de los consumidores de drogas nunca cometen delitos, la mayoría de los delincuentes sí los cometen bajo los efectos de sustancias o ante los efectos de la privación de estas.
Sabemos que aquellas mujeres que se relacionan con hombres con problemas de consumo de sustancias están expuestas a un sinnúmero de afectaciones emocionales, psicológicas y físicas. La mayoría de los perpetradores del feminicidio son parejas, exparejas y conocidos de la víctima, quienes bajo el influjo de alcohol y otras drogas cometieron los crímenes; además, en no pocas ocasiones, también sus víctimas estaban intoxicadas, un hecho del que poco o nada se quiere hablar.
Es crucial entender, sin ánimo de revictimizar, que el abuso de alcohol y otras drogas en mujeres –incluidas aquellas que se les proporciona sin su consentimiento– puede colocarlas en una situación de vulnerabilidad extrema, donde los criminales se aprovechan de las desventajas físicas que estas sustancias pueden generar.
La prevención del abuso de sustancias previene también la comisión de delitos. La normalización de las tasas de consumo es un factor de riesgo creciente. No, las causas no radican únicamente en el machismo sistémico, la misoginia, la desigualdad de género y la impunidad, ni exclusivamente en los celos patológicos y la violencia internalizada en los varones; es todo eso, sumado al efecto de las drogas –alcohol incluido–, lo que hace posible que la conducta deje de ser reprimida y el acto criminal suceda. Un cerebro intoxicado toma malas decisiones y puede anular la capacidad de empatía o autocontrol.
Digámoslo con claridad: el abuso de alcohol y el consumo de otras drogas también son cómplices del feminicidio y, en ocasiones, agentes feminicidas directos o indirectos. Por citar un ejemplo, estudiemos el consumo de tabaco activo y pasivo. De los ocho millones de muertes que ocasiona el tabaco al año, un diez por ciento ocurre en fumadores pasivos, mayoritariamente mujeres; además, el consumo de tabaco en mujeres es cada vez más preocupante. Pensemos también en los accidentes de tráfico donde las mujeres son acompañantes de conductores en estado de ebriedad, quienes, a veces bajo presión social o dinámicas de poder en la relación, arriesgan sus vidas y terminan como víctimas colaterales. A esto se suma el incremento reciente de todo tipo de consumo de drogas en la mujer, incluido opioides como el fentanilo y nuevas drogas disponibles, con los riesgos inherentes sobre su salud, seguridad y vida.
Debemos pensar en estrategias de prevención más efectivas, centradas en los riesgos particulares que enfrentan las mujeres. El feminicidio nos lacera a todos, y no basta con alzar la voz; es imperativo entender para prevenir.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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