Una foto bien tomada puede ser la prueba de un momento que nunca ocurrió. Pensemos en una comida familiar. A la hora del pastel, uno de los primos toma varias imágenes. El teléfono rescata la mejor sonrisa de cada rostro, corrige la luz, retoca imperfecciones y borra al espontáneo que se atravesó en el encuadre. La escena queda limpia. Todos salimos mejor que nosotros mismos, pero nada parece cierto.
De eso habla Mario Campos en Batalla por la verdad (Aguilar, 2026). No solo de las mentiras que circulan, sino del momento en que cualquier imagen, voz o documento empieza a parecernos sospechoso. Una falsedad puede desmentirse, pero la desconfianza, una vez instalada, aprende a moverse sola.
Cuando le pregunté qué busca en el fondo la desinformación, Campos movió el reflector de lugar. Una noticia falsa rara vez se presenta a sí misma como propósito final. Sirve para conseguir dinero, influencia, miedo o ventaja política. La mentira hace el trabajo sucio, pero hay alguien que cobra después.
El daño tampoco termina cuando se descubre el engaño. Para entonces es muy probable que hayan cambiado algunas percepciones, confirmado prejuicios y debilitado la confianza en una institución. Pero hay más. La mente empieza a confundir la duda razonable con una sospecha permanente que se presenta como mirada crítica. No creer en nada puede parecer una forma de lucidez, hasta que uno termina aceptando solo aquello que coincide con su punto de vista.
La verdad no nos obliga a estar de acuerdo. Apenas ofrece una base desde donde discutir. Sin ese acuerdo mínimo, una elección política se convierte en la versión del ganador y un reporte financiero en propaganda.
De este modo, Mario Campos comenta que pedirle al usuario que verifique antes de compartir, suena sensato y hasta cívico. También resulta bastante cómodo. De un lado está una persona cansada, distraída y con el pulgar ansioso por scrollear. Del otro, plataformas que llevan años observando qué la retiene, qué la irrita y cómo consigue que vuelva. El ciudadano no tiene culpa alguna por caer en la trampa, es como castigar al ratón por no haber leído las especificaciones de la ratonera.
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Campos usa una expresión que se me quedó pegada: “custodios de la verdad”. No se refiere a una secta con las llaves del conocimiento, sino a las instituciones que creamos como sociedad organizada para comprobar hechos y producir referencias validables, como universidades, organismos públicos y el periodismo mismo. Su debilitamiento nos deja solos frente a una voz hegemónica que irremediablemente tendrá agenda propia.
Las empresas tampoco pueden seguir tratando la desinformación como un problema de redes sociales que resolverá el becario con una hoja de cálculo. Una organización puede proteger sus servidores y perder, en unas horas, el control sobre su narrativa. La desinformación necesita ocupar un lugar junto al fraude y la ciberseguridad, no junto al calendario de publicaciones.
Ahí aparece otra advertencia de Mario Campos: el desmentido casi siempre llega tarde. La confianza no puede improvisarse en un war room. Se construye antes, cuando no hay urgencia, con información clara, canales abiertos y relaciones que no existen solo para pedir paciencia cuando revienta un problema. Muchas organizaciones protegen sus sistemas, sus finanzas y sus edificios, pero siguen tratando la credibilidad como un asunto estético, hasta que alguien descubre cuánto vale destruirla.
El periodismo enfrenta una dificultad parecida. Verificar sigue siendo fundamental, pero desmontar cada falsedad por separado apenas contendría el daño. También haría falta mostrar el mecanismo, es decir, saber quién obtiene ventaja, qué emoción se explota y qué condiciones permiten que el engaño circule mejor que su antídoto. Los hechos necesitan pruebas. Las mentiras suelen arreglárselas con algo mucho más barato, parecer verosímiles.
Mario Campos llama a la verdad un piso común. La imagen parece modesta, casi de trabajo doméstico, y por eso es tan familiar. Sin ese suelo, cada quien conserva su pantalla, su opinión y su propia versión de los hechos.
La foto familiar seguirá luciendo impecable. Todos tendremos los ojos abiertos y la sonrisa correcta. El problema será cuando, al mirarla, ya no sepamos con certeza si estuvimos ahí.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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