La inseguridad tiene múltiples repercusiones en la calidad de vida de las personas; ser víctima o presenciar un delito deja secuelas psicológicas en menor o mayor medida. La sensación de vulnerabilidad no solo exacerba prácticamente todas las condiciones psicológicas preexistentes, sino que constituye en sí misma un problema cuyas repercusiones impactan las diversas esferas de la vida.
La percepción de inseguridad en México se situó en 61.9 % según cifras del primer trimestre de 2025, cifra lamentablemente creciente. Este sentir popular indica que la violencia seguirá «igual de mal» o «empeorará». Los datos que revela la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) contrastan con las encuestas de aprobación gubernamental y con las cifras oficiales sobre la disminución de homicidios. ¿Será que no le creemos al gobierno, pero aun así aprobamos su gestión? O, ¿simplemente ya normalizamos la violencia como una acompañante cotidiana?
La impunidad es la principal causa para que el miedo se instale en una sociedad. Pues, al no verse castigados los delitos —o, peor aún, al saber que los delincuentes tienen, de facto, más garantías procesales que las víctimas— se desalienta la cultura de la denuncia y se gesta un desamparo colectivo de consecuencias imprevisibles.
Por otro lado, en la percepción ciudadana existe una profunda desconfianza hacia las autoridades encargadas de la procuración de justicia. La gente teme a los policías, ve con recelo los retenes de la Guardia Nacional y del Ejército, al tiempo que no entiende los largos y tediosos procesos judiciales donde los únicos que parecen ganar son los abogados. Además, pareciera existir una cifra creciente de falsas denuncias y un subregistro de denuncias que nunca se interpusieron porque hubo autoridades omisas, apáticas o que simplemente recibieron la instrucción de desviarlas a otra fiscalía para no impactar las cifras en una u otra entidad o demarcación.
Además, la percepción social del homicidio en México lo atribuye mayormente a conflictos entre el crimen organizado —cuyas tasas son las que, oficialmente, van a la baja—; pero el robo, el asalto, la extorsión, el fraude, el despojo, el secuestro y el feminicidio son acompañantes frecuentes de las narrativas sociales y las conversaciones entre familiares, amigos y compañeros de trabajo.
El ya complejo transporte público no solo es una fuente de estrés por las multitudes, las horas pico y los tiempos de traslado, sino que también se vuelve un foco de miedo ante nuevas modalidades delictivas, como los «pinchazos», donde los usuarios deben cuidarse no solo de carteristas y acosadores, sino ahora también de esta nueva inventiva delictiva.
La responsabilidad de la prevención del delito parece haberse trasladado a la víctima: no traer objetos ostentosos, cuidar las pertenencias, tener dos celulares (uno «para el ladrón»), no sacar dinero de cajeros automáticos, no usar ciertas ropas, no soltar a tus hijos de la mano, no viajar de noche —como si la población eligiera sus jornadas de trabajo— y un sinfín de recomendaciones similares. No vaya a ser que acabemos siendo víctimas propiciatorias.
En esencia, la política pública de prevención del delito es insuficiente, y esto trasciende al presente gobierno, pues nunca lo ha sido y quizá nunca lo será. Los valores fundamentales deben gestarse en el hogar y ser reforzados en los centros educativos, culturales y deportivos empoderando a maestros y entrenadores.
Si bien hemos perdido la capacidad de asombro, no perdamos la capacidad de reacción. No basta con aplaudir a otras culturas, como algunas asiáticas donde un objeto perdido casi siempre es devuelto a su dueño. Necesitamos sembrar semillas de cambio, transformar la cultura desde la infancia. Son los menores los mayores defensores del medio ambiente y los mejores protectores de los derechos de los animales; han hecho suyos esos temas. Ofrecer deporte y cultura a la niñez y la juventud es más que una estrategia para evitar el ocio; el esparcimiento es un derecho de los menores y una obligación de los adultos. Quien aprende a tocar un instrumento musical, escribe un cuento, practica un deporte competitivo o un arte plástico, difícilmente tomará un arma o cometerá un delito.
Si promovemos el deporte y la cultura, podemos prevenir adicciones y conductas de riesgo. Las diversas disciplinas no solo fomentan la disciplina personal (tan necesaria en una sociedad de progreso), sino que también abren mundos y posibilidades. No basta con prohibir ciertos géneros musicales, como los corridos, si a cambio no se enseña la música como un concepto amplio, donde se comprenda que el ruido es la ausencia de armonía, así como los delitos son la ausencia de valores. Estética y ética como potentes armas de paz.
Si el tejido social está roto, remendémoslo entre todos. Soñemos con un país donde las únicas batallas se libren en la arena deportiva, en el tablero de ajedrez o en los concursos de poesía, baile y canto.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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