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    Las narrativas pueden ser un bumerán. Es lo que ocurrirá en los próximos meses, cuando quede claro que los jueces no eran el principal problema del sistema de justicia.

    El presidente López Obrador sostuvo que el cambio en el Poder Judicial era necesario por la corrupción que imperaba en tribunales y juzgados. Colocó a la Suprema Corte, y en particular a la ministra Norma Piña, como el centro de sus ataques, como el objetivo a derrumbar.

    Pero los problemas de impunidad, que llegan al 95 % de los asuntos, anidan, sobre todo, en la débil eficacia de las fiscalías y en la renuncia a la construcción de cuerpos policiacos profesionalizados.

    La 4T ya tiene a sus jueces y a un pleno de la Suprema Corte a la medida, producto de una votación en las urnas modesta, ya que solo uno de cada 10 empadronados optó por ejercer su derecho al voto.

    Los porcentajes interesan, porque nos encontramos ante uno de los cambios más profundos al sistema de justicia, los que se hicieron sin diagnóstico, con deficiencias legislativas evidentes, y con una mayoría calificada que se logró, en el Senado, comprado a personajes emproblemados, sujetos, inclusive, a órdenes de captura, como es el caso de Miguel Ángel Yunes.

    La Reforma Judicial se aprobó sin consenso alguno, donde se despreció a los expertos en el tema y se hicieron oídos sordos ante advertencias, documentadas, de los riesgos que implicará la llegada de jueces sin experiencia y en algunos casos con historiales criminales comprometedores.

    La respuesta ciudadana en las urnas muestra que no había mandato ciudadano en términos destructivos y que la purga en el Poder Judicial responde a su captura, a la disolución en los equilibrios que existieron al menos en los pasados 30 años.

    Pero el daño ya está hecho y ahora vendrá una etapa en la que los costos de lo que se hizo tendrán que recaer en los grupos que impulsaron lo que es, a todas luces, un punto de quiebre en términos constitucionales.

    El problema será el lidiar con las expectativas, no las de la propia elección de este domingo, que siempre fueron bajas, sino con las que tienen que ver con la mejora de la justicia, lo que difícilmente ocurrirá en los próximos años y mucho menos con los tropiezos con que da inicio.

    Será como el síndrome de Wald Disney, que se refiere a una emoción generada de antemano, donde el listón sobre lo que experimentará suele no estar acorde con la realidad. Es la decepción del niño que llega a Disneylandia y se da cuenta de que las cosas no son como se esperaban.

    Hay una fórmula que explica esto, donde la satisfacción es igual al resultado menos las expectativas (S = R -E).

    “Por eso es un error de la comunicación política muy frecuente elevar el exceso de expectativas sobre lo que harás o logarás”, como señala con precisión Luis Arroyo.

    Será interesante observar cómo es que capotean, los que gobiernan, las diversas frustraciones que se irán sumando ahora que cada peldaño del sistema responde (o puede hacerlo) a una sola directriz.

    ¿Somos ya el país más democrático del mundo? Esa es la promesa, pero tendrá que pasar por el filtro de la realidad y ello será más que complejo.

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    Twitter: @jandradej

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