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    A Donald Trump le gusta fintar, es su estilo. Lo viene haciendo con los aranceles y con su imposición o cancelación como una especie de premio y castigo.

    Los efectos de esta vorágine se muestran en pérdidas económicas, pero sobre todo en el establecimiento de un esquema en el que todo puede ocurrir.

    Quizá todavía más delicada, por sus implicaciones, es la directiva al Pentágono para que el ejército de los Estados Unidos actúe contra blancos específicos del narcotráfico.

    Como la ambigüedad es lo que impera, no se sabe con claridad el nivel de acciones que se podrían desatar, ni en cuales países, ya que la instrucción es contra organizaciones del narcotráfico que cuentan con presencia en América Latina.

    De acuerdo con el gobierno de México, en los planes no está nuestro país, porque existen las pautas de cooperación y coordinación adecuadas y porque, contra la costumbre de la Casa Blanca, la presidenta Claudia Sheinbaum fue alertada, con anticipación, de que se estaba trabajando en proyectos de esa naturaleza. Aunado a ello, en Palacio Nacional han sido firmes en el respeto a la soberanía como condición irrenunciable.

    Pero, ante la iniciativa misma de Trump, más allá de si es viable y encuentra la cobertura legal que se requiere, hay que tomar las cosas con la debida cautela.

    Es poco probable que se desplieguen tropas, porque ello encontraría resistencias y para empezar en el propio Pentágono, donde no suelen congeniar con las excentricidades de Trump.

    Otro ángulo, que no hay que perder de vista, es que los partidarios del presidente Trump son reacios a las aventuras militares, ya que lo que quieren es un país encerrado, una América grande, pero es su propio contorno. Son derechistas de andar por casa.

    Lo que sí es factible, es el acompañamiento en capturas específicas, como de alguna forma se ha hecho en el pasado por los niveles de intercambio de información. Por regla general las presiones son para que las autoridades mexicanas se ocupen del trabajo más arduo y riesgoso.

    Pero situaciones parecidas al secuestro de Ismael “El Mayo” Zambada entran en el marco de lo factible. El dilema, en todo caso, consistirá en los niveles de colaboración con las agencias mexicanas de seguridad. Ahí estará la clave del asunto.

    Después de todo, cárteles como los de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación son considerados terroristas por las autoridades de Estados Unidos y eso permite una margen de actuación mucho mayor.

    A ello habría que añadir los señalamientos específicos sobre las implicaciones de Nicolás Maduro, el mandatario venezolano por el que se ofrecen 50 millones de dólares para quien colabore en su captura, con los sinaloenses.

    Los tambores de guerra de Trump puede ser solo escenografía, una puesta en escena, pero también un aviso, en ese caso más que ominoso, porque actuaciones en territorio mexicano, como en otros países al sur del nuestro, no van a terminar nada bien y solo exacerbarán los ánimos y permitirán coberturas a los propios criminales que es, en principio, lo que se debería evitar.

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    Twitter: @jandradej

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