Llevo años sospechando que mi vida es una prueba de Turing mal aplicada. Cada mañana las noticias me piden demostrar que soy el humano que creo ser: en el Captcha identifico semáforos, pasos peatonales y bicicletas; la página tarda en creerme. Y cuando accedo a los titulares, aparece Ray Kurzweil con gasolina metafísica revelando que, además de estar atrapados en una rutina laboral, también podríamos estar atrapados en una simulación algorítmica. Vaya alivio: lo de no tener control sobre nuestras vidas ya tiene justificación científica.
Kurzweil, el entusiasta de la IA que predijo que las máquinas serán mil millones de veces más inteligentes que nosotros para 2049, debe haber tenido una infancia compleja. El futurólogo no solo cree que viviremos rodeados de inteligencias superiores, sino que es posible que ya estemos viviendo dentro de una simulación a escala universal. Viéndolo frugalmente, esto explicaría algunos misterios: los presidentes populistas, el reguetón y hasta la valentía al desafiar o ignorar las inmensas señales del cambio climático.
Según el planteamiento de Kurzweil, nuestra existencia podría ser apenas un algoritmo ejecutado por otra civilización. En otras palabras, no somos los autores de la obra, sino los personajes secundarios de un aburrido guion digital.
La hipótesis suena aventurada, pero tiene un linaje respetable: Platón sospechó que lo único real eran sombras proyectadas sobre un muro; Descartes dudó de los sentidos al imaginar un genio maligno que los manipula, l@s Wachowski nos dieron píldoras azules y rojas para elegir la ficción conveniente y el Budismo nos abofeteó diciendo que nada existe como aparece a los sentidos. Kurzweil solo actualiza la sospecha con el vocabulario de Google: el universo como código, la conciencia como software, la muerte como error 404.
Y claro, si aceptamos esta hipótesis, el concepto de “realidad” se vuelve tan inútil como un paraguas bajo el mar. Lo real no sería más que un acuerdo temporal entre pixeles. Pero ¡no hay bronca!, nos dicen los expertos: aunque estemos atrapados en una simulación, no hay nada que podamos hacer. Salvaje alivio: es la misma sensación que nos queda luego de pagar impuestos. Y aquí está la genialidad de todo: como no podemos verificar nada, entonces todo es posible. ¿Dios? Tal vez un programador freelance. ¿La muerte? Un game over en bucle. ¿La reencarnación? Una actualización de sistema operativo. ¿El renacimiento? Ctrl+Alt+Supr.
El problema no es que la realidad sea falsa, sino que, en caso de que esto sea una simulación, alguien nos está observando y no ha cerrado su sesión. ¿Qué clase de espectáculo estamos ofreciendo? ¿Una Casa de los Famosos sin casa, sin fama y con actores amateurs? ¿Un experimento de “¿Qué pasa si dejas a los humanos solos con un algoritmo aprendiz de sus deseos y un libreto enganchador?”
Lo preocupante no es tanto que alguien nos programe, sino la consecuencia empresarial del hallazgo: ¿a qué clase de compañía perteneceríamos si fuéramos un servicio? ¿Estamos en la versión beta de un sistema plagado de bugs? ¿O somos un producto freemium, con anuncios que duran tres eones? La metáfora tecnológica no apunta al origen del mundo: describe nuestra forma de habitarlo. Logramos naturalizar que lo real sea una pantalla con actualizaciones periódicas.
Y si por algún giro trágico del destino estamos aquí para alimentar con nuestros errores la base de datos de una superinteligencia, sólo cabe aplaudir la creatividad del código. Porque hay que reconocerlo: el guionista de esta simulación tiene un sentido del humor absurdamente refinado. Pandemias, fake news, influencers, realities políticos, bodas en la playa y rupturas vía WhatsApp. Todo en menos de dos décadas. Un verdadero sprint ágil del colapso civilizatorio.
¿Hay algo que distinga la vida real de esta simulación? Si el dolor duele, si el amor complica, si la pizza engorda… entonces, simulación o no, el sufrimiento es canon.
Quizá el verdadero reto no sea descubrir si somos simulación, sino qué hacemos con esa sospecha. Si cada día fuese un script, ¿por qué lo interpretamos como si no hubiera alternativa? La simulación, real o imaginada, debería ser un recordatorio de que nada es permanente, de que siempre existe la posibilidad de reprogramar.
En última instancia, creer que somos un software de otra civilización no es tan perturbador como aceptar que vivimos en un mundo diseñado por nosotros mismos. Así que, apreciado lector simulado, te dejo esta pregunta: si todo es una ilusión, ¿quién diablos programó los lunes?
Sobre el autor:
* Eduardo Navarrete es especialista en Estudios de futuros, periodista, fotógrafo y Head of Content en UX Marketing.
Linkedin: https://www.linkedin.com/in/eduardo-navarrete
Mail: [email protected]
Instagram: @elnavarrete
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
Sigue la información sobre los negocios y la actualidad en Forbes México









