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    Por Guillermo Gutiérrez Leyva*

    Durante años, la industria musical construyó buena parte de su lógica de negocio alrededor de una métrica: las reproducciones. Los streams se convirtieron en el nuevo disco de oro, en el argumento para firmar a un artista, en la vara con la que se medía el éxito. Era una cifra limpia, objetiva, verificable. O eso creíamos.

    En marzo de este año, un tribunal federal en Nueva York cerró la primera condena penal por fraude de streaming en la historia de la industria. Michael Smith, un hombre de 54 años de Carolina del Norte, se declaró culpable de haber generado más de 8 millones de dólares utilizando cientos de miles de canciones creadas con inteligencia artificial, reproducidas miles de millones de veces mediante redes de bots. Su sentencia se dictará el 29 de julio y podría enfrentar hasta cinco años de prisión. El fiscal fue directo en su resumen del caso: las canciones eran falsas, los oyentes eran falsos, pero el dinero era real. Dinero desviado de artistas reales que se lo merecían.

    El caso Smith es el más visible, pero no es el único síntoma. Deezer reveló este abril que el 44% de todas las canciones nuevas que llegan a su plataforma cada día han sido generadas por IA, casi 75,000 pistas artificiales diarias. Y hasta el 85% de las reproducciones de ese contenido se detectan como fraudulentas. La IFPI, en su informe global de 2026, fue contundente al respecto: calificó el fraude en streaming como “un robo, así de simple”.

    Lo que estos números revelan no es solo un problema de seguridad o de tecnología. Es un problema de confianza. Y la confianza, una vez rota, cambia los comportamientos de toda la cadena.

    Nadie en el negocio de la música en vivo contrata hoy a un artista basándose únicamente en sus streams, porque esa cifra se ha convertido en algo que no garantiza público real en los conciertos. Eso es un cambio de fondo. Durante una década, los streams fueron el argumento más poderoso en cualquier negociación — con promotores, con marcas, con medios. Hoy generan escepticismo. Y ese escepticismo tiene consecuencias concretas en cómo se financia, se programa y se desarrolla una carrera.

    Desde el rol del A&R, esto obliga a una pregunta incómoda pero necesaria: si el stream dejó de ser una métrica confiable, ¿qué mide el éxito hoy? La respuesta no es nueva, pero adquiere una urgencia distinta en este contexto. Lo que mide el éxito real es lo que nunca se pudo falsificar: el sold out, la comunidad que vuelve, el artista cuyo nombre genera conversación fuera del algoritmo. Las entradas vendidas no tienen bots. La fila afuera del venue no se puede inflar con software.

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    Paradójicamente, el fraude está haciendo algo que la industria tardó demasiado en hacer por cuenta propia: obligarla a volver a las métricas que siempre importaron. La conexión real entre artista y audiencia nunca fue un número de reproducciones. Era, y sigue siendo, la capacidad de llenar un espacio, de que alguien pague por estar ahí, de que una canción sobreviva al algoritmo que la empujó.

    Un estudio de CISAC estima que cerca del 25% de los ingresos de los creadores podría estar en riesgo en 2028 si no se toman medidas coordinadas, lo que equivale a hasta 4,000 millones de euros anuales en pérdidas para la industria global. Las plataformas están respondiendo, pero de forma fragmentada. Deezer lidera con transparencia y ha puesto su tecnología de detección a disposición de otras plataformas. Spotify y Apple Music trabajan en sus propias políticas sin ofrecer todavía datos comparables. La sentencia de julio puede acelerar una respuesta más coordinada, o puede quedar como un caso aislado si la industria no aprovecha el momento.

    Lo que está en juego no es solo el dinero desviado. Es la credibilidad del ecosistema digital que la industria construyó durante veinte años. Un ecosistema donde los números son la moneda de cambio y esos números ya no son confiables tiene un problema estructural que ninguna actualización del algoritmo resuelve sola.

    El stream no va a desaparecer. Pero su reinado como métrica única e indiscutible ya terminó. Y eso, aunque incómodo, puede ser una oportunidad para que la industria recuerde que el valor de la música nunca estuvo en un contador de reproducciones.

    Sobre el autor:

    *Guillermo Gutiérrez Leyva es Senior Vicepresidente de A&R, Sony Music Latin Iberia.

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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